





Mario Halley Mora 

Memoria adentro


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ndice
Memoria adentro
Presentacin
Prlogo
Justificacin
Captulo I
Captulo II
Captulo III
Captulo IV
Captulo V
Captulo VI
Captulo VII
Captulo VIII
Captulo IX
Captulo X
Captulo XI
Captulo XII
Captulo XIII
Captulo XIV
Captulo XV
Captulo XVI
Captulo XVII

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Presentacin
Nuestra Editora nace con esta novela de Mario Halley Mora, consolidando desde el inicio mismo, su intencin de acoger a las ms notorias y consagradas firmas intelectuales del Paraguay. En la serie de Literatura irn desfilando aquellos que han sido consagrados por el pblico, como tambin autores jvenes que, a juicio de nuestros asesores literarios, merecen la alternativa de demostrar su talento. As, de la misma manera que editaremos a triunfadores, editaremos tambin a los que merecen triunfar, o por lo menos, tener su oportunidad, esto ltimo, porque nuestra filosofa empresarial nos indica que si editar a autores jvenes es un riesgo, el riesgo vale la pena si ayudamos a descubrir un talento nuevo. Entretanto, ya nos encontramos montando la infraestructura para iniciar una serie de Poesa Paraguaya, obras histricas de inters general, y postulaciones polticas, culturales y econmicas que encuentren en el libro, la va ms idnea para su expansin y penetracin.
Entretanto, nos satisface y enorgullece que don Mario Halley Mora haya consentido en entregarnos sus originales de la presente novela, de lectura atrayente, apasionante, como es toda la produccin de este ilustre compatriota.
Asuncin, Marzo de 1989
Roberto Cabaas
Editor. [I]



Prlogo
Lo comn cuando se prologa un libro es hacer un comentario sobre el mismo. Esto es en cierta forma un anticipo. En ocasiones, sin embargo, el prologuista nos cuenta hasta el final, bien en forma sucinta, bien saturando tantas o ms hojas que el autor, lo que en verdad no hace sino irritar al lector, segn mi propia experiencia personal como tal.
Por todo esto, al comprometerme a estas breves palabras de presentacin, entre autor y libro, he pretendido elegir al primero, sin preferir a su hijo literario que es parte y parto de su personalidad, al envolver su autora.
Tampoco mi eleccin ha sido fcil, ya que al decidirme a escribir sobre una personalidad tan conocida, de comedigrafo, ensayista, poeta, narrador y periodista, acaso necesita Mario Halley Mora una presentacin?
Pienso que no. Que quien se est presentando es el que suscribe, que en cierto modo cambi el comercio, el campo y otros intereses que ha dejado de cultivar no totalmente, por la tarea de mayor plenitud de profesor titular de la Universidad Nacional de Asuncin o en sus escarceos por el PEN CLUB y otras instituciones culturales, de las cuales, o de la mayora uno ha sido distinguido como miembro.
Como deca ms arriba, al presentar me estoy presentando, error de vanidad en el que muchos incurrimos, o solamente justificacin ante terceros de por qu presento yo a una persona tan madura, conocida y triunfadora en el campo de las letras como mi respetado, admirado y querido amigo Mario Halley Mora.
Sin duda es porque l siempre me distingui dndome sus escritos para leer y escuchando mis opiniones sobre los mismos.
Mi opinin sobre Memoria adentro es ptima. Los lectores lo apreciarn, y mi opinin sobre el escritor es tambin la mejor, pero quiero enfocar un aspecto sobre Mario, que puede haber sido discutido en su personalidad de escritor: el de periodista. Para muchos, el periodista mata al escritor, bien por la inmediatez, la urgencia de la noticia, bien por su naturaleza de periodista condicionado por el peridico en el cual escribe, que al fin es la respuesta [II] a aquello de ganars el pan... 
etc.. En el caso de Mario Halley Mora, es colorado y no creo que niegue ni reniegue jams de esa definicin poltica. Tuvo que hacer un periodismo comprometido. El ltimo alud lo arrastr, pero cay de pie. No se uni al vocero insultante que precedi al derrumbe de 34 aos de un sistema que lamentablemente vivi una agona de furias. Nunca agravi a nadie, ni dedic poemas a nadie. En medio de los hierros de la pinza del captulo final, conserv su independencia intelectual, y siempre se neg a ser cortesano.
Los hombres que huelen a tinta son explosivos o mansos, pero al fin son hombres de ideas que son lanzadas como misiles en el alma del lector. 
Son hombres que debieran ejercer una libertad plena, pero me pregunto si existe tal cosa, cuando la amarga experiencia ensea que la restriccin es la norma, y el periodista, en ese caso, le quita al autor tiempo y libertad.
A mi presentado lo conozco hace ms de 30 aos (llevo de hispano-paraguayo 35). Lo he conocido en la funcin pblica por un tiempo, hasta 1970, ltimo ao en que fue funcionario pblico. Desde entonces no conozco decreto alguno que le nombre en ninguna parte, en ningn cargo grande o pequeo que constituya privilegio o sinecuras, ni que le libere de impuestos un slo automvil -de hecho, el que posee ahora, es mau-. 
En 1977 fue nombrado Jefe de Redaccin del Diario Patria, rgano periodstico de un gran partido poltico. No lo he conocido como activista poltico, ni como consejero de ninguna corporacin o ente autrquico estatal, ni como candidato a ningn cargo electivo, ni como miembro de ninguna Junta Electoral, ni como oyente ni disertante de ninguna academia de formacin poltica, seminario, panel o lo que fuere. Eso s, supo hacerse de grandes amigos entre los cuales me place figurar. En fin, si hizo poltica, la hizo como periodista y como colorado que nunca perdi la fe en su Partido, que no es lo mismo que la fe en los hombres. Y ah est el quid de la cuestin. A Mario Halley Mora, escritor consagrado se quiera o no se quiera pues su obra lo rubrica, le falt, como siempre lo dije, saltar las lneas nacionales para consagrarse y ser ms conocido en el exterior, bien con la singular caracterstica de su paraguayidad con la que est saturada toda su obra -que lo digan Ernesto Bez y Carlos Gmez - bien con la universalidad de sus personajes, porque siendo estos singulares, se convierten en clsicos y lo clsico es universal.
Por lo dems, la contestacin que se primaveriz el 2 y 3 de febrero de 1989, tuvo su inicio casi en el nivel subliminal, en la dcada de los aos 60 y parte del 70 con las obras de Halley Mora en el Municipal, atiborrado de multitudes, de gente que an vive, que [III] daba razn a Ernesto Bez cuando deca que representar a Halley Mora es un deleitoso peligro. Entre todas esas obras que fueron introduciendo cuas, citemos solamente, por dar un ejemplo: La Madama, ahora y entonces de candente simbolismo.
Halley Mora ha sido destituido de Patria. Curioso que se sostuviera all contra la llamada militancia y fue arrastrado por ella en su cada.
Pero qu estupendo!
Vuelve a adquirir su libertad de escritor sin perder su condicin de colorado. Pero acaso los autores o los grandes hombres tienen color o se ven condicionados por ideas polticas? Yo dira que s, desde Aristteles a Montesquieu, pasando por Locke hasta Martnez de la Rosa a Jacinto Benavente, o desde Julio Correa a Augusto Roa Bastos o Mario Halley Mora. 
Cada uno de los personajes, cada parcela de la Sociedad que crean o nos describen, es un pedazo de la vida, y la vida es un quehacer y toda accin dentro o fuera del Estado es poltica, porque el hombre es un animal poltico, un Zoon Politcokon, un animal cvico, poltico, econmico, religioso y moral, y el autor, al crearlo o extraerlo de la realidad social y entregarlo al lector para que lo juzgue, ya hace poltica.
Pues bien, seores. Aqu el soneto es ms largo que el poema. Lean el poema, olvdense del sonetista y critiquen. Eleven a los altares la obra del que yo considero un gran escritor, o hndanla en un pozo de sordidez. 
Ah est la libertad de juzgar.
Terminar diciendo que por lo que a m me toca, me gusta ms la plvora que el incienso, y que agradezco a mi buen amigo, autor de Memoria adentro, haberme elegido para prologar este libro, que creo ser una estupenda aportacin a la cultura paraguaya.
Toms Mateo Pignataro
Marzo - 1989 [IV] 



Justificacin
He sentido de pronto la compulsin de ordenar mis apuntes, notas, recortes de diarios, e ir contando todo tal como creo que sucedieron las cosas. Garantizo la verdad de lo esencial, y esto conviene aclararlo porque a ms de quince aos de distancia se produce la trampa del recuerdo que incide en el estilo, la descripcin y las palabras pronunciadas. He tratado de escapar de esa trampa preocupndome de descorrer ese velo que pone el tiempo sobre los hechos y que nos hace verlos sin la crudeza de sus colores y el filo descarnado de sus aristas. 
He tenido tiempo, y medios, mediante Noelia, de leer mucho, que acaso signifique aprender mucho, o aprender algo, como narrar coherentemente lo que me ha conducido hasta aqu, en esta media docena de cuadernos. En el curso de este trabajo de narrar he descubierto algo inslito, como que de la misma manera en que los hombres maduros exudan (1) cierta irona con respecto a los jvenes, tambin la irona est presente cuando se trata de la propia juventud, y tanto es as que me veo a m mismo, quince aos atrs, como otra persona y yo al mismo tiempo, instalados en un espacio temporal en que la experiencia juzga (y re) de la inocencia. Algo parecido sucede -he vuelto a releer mi manuscrito- con algunos prrafos absolutamente delirantes que no atino a atribuir al yo-joven sumergido en la fiebre de aquellos acontecimientos, o al yo-ahora intoxicado por la fenomenal futilidad que fue mi vida, especialmente en el tiempo en que ocurrieron las cosas, de 1987 a 1989.
Siempre me acompaarn las imgenes de la pattica Natalia Valois, que incidi de manera directa o indirecta en las vidas de tanta gente; del pobre Valentn y mis otros amigos, de mi hermana, mis padres, Ruth, la juda que ms se aproxim al ncleo de mi desesperacin. Y de Noelia y su hermano. Y es en recuerdo de ellos, vivos y muertos, que alo mis notas, mis recortes, mis recuerdos y mis fantasas para escribir esta historia que acaso alguna vez se publique.
Erasmo Arzamendia.
Asuncin, Octubre de 2004.- 


Si debes morir, huye.     
Si debes matar, mata.
Haz infinito
Tu tiempo de vivir.
Haz oportuno
Tu instante de matar.
No permitas
Vivir la vida muriendo
Y no vivas la vida
Poco a poco
Ni mueras de repente
Por una causa
Perdida de antemano
Como todas las causas
Que son los cementerios
Donde los muertos claman
Por un vivir de nuevo.



Del manuscrito Manual para Vivir de la Dra. Jorgelina Bez de Doldn -Abogada-que figura en esta crnica.  



Captulo I
Fue cuando estaba arreglando el paraguas, concentrado en aquellas varillas que antes se hacan de acero y ahora de no s en qu Taiwn, pero mal, porque no se doblan sino se rompen, cuando not que mam me observaba desde la puerta de lo que yo llamo mi taller. El viejo reproche flua de su postura y de su pose, y no necesitaba regaarme porque toda mi madre se haba convertido en un regao viviente.
- Ayer fue una licuadora -dijo con tono acusador.
- Y antes de ayer los patines del judiito de la esquina. Y por favor, mami, no agregues eso de me pregunto adnde vas a parar.
- Es que me pregunto adnde vas a parar arreglando paraguas y otras basuras.
- Ests a punto de agregar Pero sos Bachiller, hijo!. Pues s, soy Bachiller. Intent tres veces ingresar en la Facultad, y tres veces fall. 
A este paso me convierto al judasmo y adopto las murallas de la Facultad como mi Muro de los Lamentos, mam.
- Como que no segus ningn cursillo, como los otros...
- Como que no tengo plata para seguir ningn cursillo.
- Pedile a tu pap!
- Pap es de los pelotudos que creen que por ser Bachiller uno ya est entrando en la Facultad por la puerta grande. Adems, ya hizo su aritmtica y su clculo de costos. Si un cursillo va a costar un ojo de la cara, razona que seis cursos en la Facultad va a costar dos huevos...
Mam qued callada. Pobre mam. Legtima mam que hierve por dentro pensando que no pari un hijo para que termine arreglando paraguas y patines, calefones y licuadoras. Lo que no es todo, porque est mi hermana, el segundo clavo para su cruz. Y el tercero, aquel que le inmoviliza los pies debe ser pap, que se cas con ella cuando era Reina de Belleza de Presidente Hayes, le prometi un balcn sobre la calle, bao moderno con agua caliente y sirvienta fija sin retiro, y la ancl en una casa alquilada, sin balcn y con letrina al fondo. Pienso que desde que se estrell contra la realidad, al da siguiente de su noche de bodas, no empez a gestar hijos en su vientre, sino desquites en su alma. Que ella parira su venganza contra la traicin a sus sueos de novia, y tendra hijos que redimiran su juventud perdida por medio de una vejez orgullosa. 
Pero eso tambin estaba fallando. Su hijo, yo, Bachiller en Ciencias y Letras, sobreviva arreglando porqueras, y su hija, Luca, Lucy ahora, era modelo, o pretenda serlo, porque al parecer an no haba terminado la  conscripcin que consista en saltar, es un decir, de cama en cama. Y eso que tambin era Bachiller.
Y que se me perdona que insista en esto de Bachiller. Nos dan un diploma en un da de jolgorio, de fiesta y de adioses ms o menos sentidos, ms o menos hipcritas. Y all est el punto crucial, como dijo aquel viejo profesor de trigonometra que sentaba a las chicas con minifalda en los primeros asientos, que al vernos partir con nuestro cilindro de cartulina con lazo carmes murmuraba:
- Ahora empieza el proceso de seleccin de la cucarachada -mientras anunciaba a las chicas con minifalda que estaba organizando -baratsimo- cursillos preuniversitarios en su domicilio.
- Profe, no sea tan pesimista -le haba reprochado alguien.
- No soy pesimista -babeaba el viejo.
- Lo que acaba de decir...
- Lo que acabo de decir es cnico hijo. La Universidad es como el cielo, donde muchos son los llamados y pocos los elegidos.
Y rea exhibiendo el teclado de piano de su dentadura postiza, con esa risa de viejo que re el dolor de los dems, o re su propio dolor de ser viejo, y de saber demasiado como para aguantarlo. O de vivir de prestado un tiempo que no era el idlico que l conoci all cuando el tiempo empezaba a andar.
Tena razn aquel anciano que exhiba su caspa sobre su saco negro como un manto de armio. Proceso de seleccin. Eso fue. Lo s porque fui y sufr en los exmenes de ingreso, y llegu a percibir el olor del miedo, a conocer que la angustia produce un sudor cargado de una sal espesa, y a sentir que una mierda dura como el cemento intenta asomarse al ano, mientras el corazn se desboca, la memoria sale de madre y el pobre conocimiento tembloroso camina sobre un campo minado.
Pas por eso tres veces y dije basta. Estaba condenado a la mediana en la cucarachada, y cucaracha asumida como me sent, tom el diploma, lo reduje a tiritas como tallarines que deposit en un plato, le agregu salsa golf, mayonesa y un poco de sal, y me lo com. Nadie dira que puesto a serlo, no era yo una cumplida cucaracha.
Y mont mi tallercito, molest a pap acumulando triciclos viejos, licuadoras vencidas, ventiladores torcidos y mquinas de coser herrumbrosas en el patio, innominables cilindros y tubos y barras y aros y espirales de metal que en alguna ocasin, sujetaban, atornillaban o enlazaban una cosa con otra; y molest mucho ms a mam no siendo lo que ella soaba que fuera. Pobre vieja.
La pobre vieja estaba all, an observando mis torpezas de paragero. 
Senta su presencia, el olor a grasa rancia de su vestido y olor a vida rancia de su cansancio.
- Tu padrino te puede ayudar...
- Madre, la ltima vez que fui solo me ayud con consejos.
- Deberas seguirlos.
- Para seguir los consejos de un viejo con plata hay que tener plata, mam.
- Te dije que puedes vender el terrenito.
Ah estaba otra vez. El terrenito. Aquel que compraron de jvenes, y que sirvi para que pap se pasara las horas dibujando planos que ya contemplaban la pieza para los chicos cuando an no haba chicos. Y hasta llegaron a comprar hace incontables aos tres mil ladrillos, que no fueron el principio de la realidad del sueo, sino el monumento a la abulia de pap y a la impotencia de mam. All estaban an, cubiertos de matorrales, los tres mil ladrillos verdosos de moho. Pero aun as, el terrenito era el salvavidas de las esperanzas de mam, que las mantenan a flote, y que alguna vez pap, con un humor negro inesperado en l, quiso dar en trueque por un panten en el Cementerio del Sur.
- Por lo menos despus de muertos vamos a estar en algo nuestro -deca, y rea a carcajadas, como si morirse fuera el gran chiste final.
Mam rechazaba con disgusto la macabra propuesta, y ya era la ensima vez que me ofreca el terrenito como punto de partida de mi prosperidad econmica.
- Mam... ya hemos acordado que el terrenito es tu seguro contra la vejez.
- Yo pensaba que mi seguro contra la vejez eran mis hijos.
Profunda estocada, ms aguda an porque en sus ojos brillaban lgrimas. Sent lstima. Y enojado conmigo mismo, por ser tan incivil que no era capaz de darle una miga de contento. De modo que promet:
- Mam, maana voy a ver a padrino -y me hice la promesa de cumplir mi promesa.
Toribio Achucarro era mi padrino. Empez de joven como administrador de las cuadrillas que empedraban las calles de Asuncin. Aprendi tan bien el negocio, que dej de ser administrador y se volvi empresario. El ascenso de su fortuna fue simple como todo lo genial. Cuando el vecino no poda pagar el afirmado, mi padrino compraba su propiedad... descontando el valor del empedrado que l mismo haba instalado. Ms tarde, viejo y soltern, y cuando los riones ya no le daban para ir controlando sus cuadrillas, ya era inmensamente rico, abandon su empresa y se dedic a prstamos usurarios. Tal era el hombre que frente a la pila del bautismo prometi a nuestro seor Jesucristo encaminarme y orientarme por la senda de la pureza cristiana.
Cuando a la maana siguiente llegu a su casa, me atendi a Sixta, tan duea y seora del gran casern que sola imaginar que cuando el arquitecto dise la casa, incluy a a Sixta en el proyecto porque era imposible concebir el casern, su piso de baldosas pulidas y sus muebles oliendo a cera de lustrar, sin la presencia de a Sixta. Creo que a eso llaman simbiosis.
- El seor ya te atiende - dijo, cerr la puerta en las narices y me dej afuera, no sin mirar con clara aprensin la suciedad de mis zapatos.
Diez minutos despus la puerta se volvi a abrir y apareci mi anciano padrino, vistiendo un fresqusimo y suelto conjunto de piyama, cuyos anchos pantalones no impedan que se viera el bamboleo de sus grandes bolas de toro viejo al caminar. Viendo aquellos pndulos maysculos, por asociacin de ideas, record una confidencia de mi hermana, Luca, a quien mam le haba contado de que el compadre haba querido llevarla a la cama. Luca an dudaba si la cosa ocurri o no. Yo apost siempre por mam. Las mams como mam no se van a la cama con los compadres. Pero el recuerdo sirvi para que odiara un poquito ms al vejete.
Entr en la sala, me ofreci asiento y l se qued de pie.
- En qu andas?
- Y as, as, padrino.
- Tienes la cara de no comer bien.
Le quise replicar que tambin tena el estmago de no comer bien. 
Pero l prosigui:
- Cuando uno se alimenta bien no necesita remedios. Tocas la guitarra?
- Cmo dice, padrino?
- Si tocas la guitarra.
- Bueno, padrino, me acompao...
- De modo que cantas. Pero qu bien!
Se frotaba las manos y sonrea, y yo me preguntaba adnde estaba la buena noticia. Quizs estuviera a punto de aconsejarme que fuera al Canal 13 a inscribirme en el concurso de talentos cantores.
Sin aviso alguno se march a la profundidad de la casa, y no tard en volver con una lustrosa guitarra. Llena de aplicaciones de marfil. Oliendo a madera noble y a la aoranza de algn pobre msico que no pudo pagar capital ms intereses. Me alcanz la guitarra.
- Me cantas un bolero, esos de los aos cuarenta -orden.
- Dijo bolero, padrino?
-Pero s, hombre! -refunfu con impaciencia-. Como aquel que dice... -se puso a cantar-. Nosotros, que nos queremos tanto y tililn tililn... Ese.
Afin como pude el instrumento y cant aquella letra que destilaba exceso de melaza para mi gusto personal.
- Magnfico! -casi saltaba de alegra sacudiendo los pndulos aquellos.
- Puedes aprender otros?
Respir hondo.
- Padrino -le dije-. Ayer hice a mam la promesa de venir a verle. Se supona, o mam supona que por esta vez no me ofrecera consejos, sino trabajo y me encuentro con que no me ofrece consejos ni trabajo, sino me pone a cantar cretinadas.
Me levant, deposit cuidadosamente la guitarra en el silln, y empec a marcharme.
- Te estoy ofreciendo trabajo, hijo!
- Como cantor no, gracias.
- No se trata de eso.
Entrelaz las manos atrs, ech abajo la cabeza y se encamin a mirar por la ventana, un trozo de su gran patio donde se alzaba un nudoso yvapur con sus frutos maduros tan parecidos a las uvas apindose en sus troncos y en sus ramas. Acaso esa extraa especie vegetal le suscitaba recuerdos al hombre, y digo recuerdos porque nadie mira por la ventana para contemplar un yvapur, sino para contemplar trozos de pasado.
- Como sabes, nunca me cas -me inform por fin. Y esper. No supe qu decir. Quizs no se cas calculando el costo de la comida para dos, o vaya a saber uno qu.
- ...y no es que no estuviera enamorado -confes.
Casi solt la risa. Resultaba grotesco que el empedrador con alma tambin de piedra tuviera corazn. Pero me domin. Jams mi padrino me haba hecho confidencias de ninguna naturaleza. Como tampoco jams haca nada que no apuntara a algn objetivo. Si parte de ese objetivo se traduca en trabajo para m, bienvenido el objetivo, y las confidencias con las que se iba abriendo paso hacia l.
- Ella vive an...
Di por sentado que ella fue la amada.
- Y est muy enferma.
Lgico, tendra un poco menos que los 83 aos de mi padrino, que se haba sentado en uno de sus mullidos sillones, juntaba las manos entre las piernas, se volva de repente mohno, lastimoso y, susurraba:
-Es todo lo que me queda. 
Me sent sorprendido. Es todo lo que me queda, deca. Y eso lo decan aquellos que tuvieron algo, o a alguien. Pero l no tuvo nada, salvo dinero e innumerables propiedades. Razonando framente llegu a la conclusin de que para l, el todo lo que me queda no era cuestin de apenarse, porque estara acumulado en los Bancos y registrados en las oficinas inmobiliarias. No saba qu pretenda decir con eso de que una vieja enferma era todo lo que le quedaba. Quedaba de qu? De qu secreto? De qu vida no vivida?
Tal vez la soledad de los viejos fuera tan tramposa que el fracaso tuviera valor, sobre todo cuando era lo nico que quedaba despus de un largo hasto vivido... y descubierto demasiado tarde.
- Creo entender -murmur.
- No entiendes nada! -casi grit.
- Entonces cuente.
- Es difcil empezar...
- Empiece por los boleros, padrino.
- Ah, s, los boleros. Hubo un tiempo en que la historia de los jvenes se escriba con la letra de los boleros. Es msica espaola, verdad?
- No s, puede ser, padrino, podra Ravel ser el padre de todos los boleros.
- Ah, s, el Bolero de Ravel, siempre me conmueve.
- Sorprendente.
- Sorprendente qu?
- Sorprendente Ud., padrino. No me lo imagino conmovido por la msica.
- Sos demasiado joven para juzgar a la gente.
Acept el reproche. Qu saba yo de l? Lo que mam contaba con asco y lo que pap contaba con envidia. Descubr inesperadamente que me haban educado para odiar a mi padrino. Eso tambin era sorprendente.
- Sorprendente... -deca y sus palabras eran como un eco de mi pensamiento, pero se referan a otra cosa-. Es sorprendente que lo hayan creado los espaoles. Cuando naci el bolero se estaban comiendo las entraas en una Guerra Civil. Salan fotos horribles en los diarios, de curas castrados y monjas violadas, sabes?
Asent, y l prosigui:
- Creo que fueron los mexicanos. S, fueron los mexicanos -se sumergi en una especie de ensoacin-. Los mejores eran los mexicanos. 
Los oa en la radio. No s si eran mexicanos porque cantaban boleros o cantaban boleros porque eran mexicanos -hizo una pausa, ms metido an en las turbulencias de su memoria-. Lo tengo en la punta de la lengua, Jos Mojica, Ortiz Tirado, Pedro Vargas, Fernando Torres, Juan Arvizu, Eva Garza... Qu hembrn sensual, mi hijo!, y Fernando Albuerne y Tito Guizar, un maricn que cantaba como los dioses, aunque un poco aflautado, para mi gusto...
Era como si yo no existiera. Y l mismo no era l. Era un muchacho que soaba ganar dinero no importa cmo y mientras tanto se estremeca con las voces que dieron dulzura a su poca, y ahora, en esa habitacin donde entraba la luz de la maana, el sol pareca retirarse y volverse la neblina propicia por donde desfilan los fantasmas empollados por la nostalgia. Sent fro, y lstima, y miedo de ser viejo alguna vez...
- Noche de ronda, que triste pasas, que triste (2) suenas por mi balcn...
Cantaba. Y era como si estuviera masturbando su alma, y yo callaba, porque al fin y al cabo la masturbacin es un acto ntimo.
- Farolito que alumbras apenas mi calle desierta...
Una lgrima increble resbalaba de uno de sus ojos. Quizs fuera la ltima gota que le quedaba, en un solo ojo, y la estaba gozando, alejado de todo, de m, de su casa, de su vejez, hasta las ltimas consecuencias, como dicen los polticos.
- Mujer... si t puedes con Dios hablar, pregntale si yo alguna vez...
Algo duro y pesado le gorgote en la laringe. Su gran nariz bulbosa se puso roja y un cargamento de moco le cort la respiracin. Extrajo un gran pauelo, se son. Tom conciencia de que yo estaba all, y sonri con cierto aire de vergenza.
- Perdn, me dej ir.
- Quizs muy lejos, padrino. Con eso de los jvenes escriban sus historias con letras de bolero. Me resulta difcil creer.
- Solo es una manera de decir. Posiblemente no vivan boleros, sino nos escondamos detrs de los boleros.
- De qu?
- Vaya! De una vida puerca, o de una muerte puerca. Y demasiado cercana. Guerra mundial y todo. Y aqu, contando los muertos de la ltima revolucin y haciendo apuestas de dnde saldra la prxima. Mi madre era previsora. Y mientras discutamos si sera la Marina, la Caballera o la Artillera, ella compraba una bolsa de galleta y un cajn de carne conservada -ri con la poca alegra que le quedaba-. Las mams de entonces eran mams sitiadas por el miedo.
- Esa es tu manera de ver, padrino...
- No te ofendas. No era mi manera de ver. Era nuestra manera de vivir. Quizs me equivoque, pero lo recuerdo as. Y entonces los jvenes tratbamos de vivir escurrindonos de las esquinas abiertas al tiroteo de los cantones. Los que podan, estudiaban y se iban a bailar al Mbigu o al Sajonia. Y los que no, si eran puritanos paseaban en tranva con la novia y la futura suegra y los putaeros bamos a bailar al Balalaika, el Mango, Puyol y al Bamb ejercitando con las putas nuestras experiencias de bailarines...
- Qu son cantones?
- Los puntos altos de la ciudad. Ahora los usan para mirar el paisaje o hacer desfiles de modelos. Antes servan para poner una ametralladora y disparar contra todo lo que se mova.
- Peleaste en algunas revoluciones?
- No, me refugiaba entre las galletas y la carne conservada de mam.
Aquella visita a mi padrino me estaba resultando increble. No era el de siempre. Contempl su cara arrugada, sus ojos velados de viejo, sus matas de cabellos resecos, rojizos, con brillo de cobre que seran blancos si no estuvieran saturados de tinte barato. Y su ineludible vejez, posiblemente el tiempo tambin ineludible en que el mundo interior se abre para dejar escapar confesiones que no se deben llevar a la tumba. Pero por qu a m? Coleg que no tena amigos. Que es difcil tenerlos cuando se ha pasado la vida exprimiendo gente y sembrando rencores como el de mi pap, aunque a decir verdad, pap, creo, nunca fue deudor suyo, y no porque no le haya pedido dinero (para eso lo habr hecho compadre) sino porque l se lo neg, herido, supongo, de que mam se haya negado a acostarse con l. Si tal cosa hubiera ocurrido. As es la vida, carajo, e impacta un poco descubrirla a los 23 aos.
Sin embargo, estaba ella, la anciana enferma. Y que est enferma no importa. Basta que sea ella, substituta de todo, depositaria, confidente, consuelo, velamen para seguir tirando y ancla para inmovilizarse en una baha de sosiegos mansos. Por qu no se derrama en ella? Se me ocurri que ella haba vivido su mismo tiempo, pero una vida distinta. Que haba sido joven y vea perspectivas, mientras l era joven y ejercitaba la crudeza de su cinismo conformista. Qu tendran que decirse entonces? Decirse? No basta que los viejos compartan su vejez en la que la comunicacin sobra porque solo se pide una compasin mutua, o en el ltimo extremo, una tolerancia mutua? Compaa para la soledad, y punto. Qu ms?
- Quin es ella? -quise saber.
- Quin?
- La vieja enferma que an vive.
- Se llamaba Natalia.
- Llamaba?
- Se llama an, claro -ri-. Es raro que las personas cambien y los nombres no. Me pregunto qu tiene que ver una anciana desdentada con una rubia que reciba una serenata, y la muy... se soltaba la cabellera para salir al balcn a agradecer...
- Se soltaba la cabellera rubia a la luz de la luna y la luna palideca de envidia.
- De dnde sacaste eso?
- Es de un poeta, Jos Luis.
- Era as. Cmo puede tener el mismo nombre?
- Fue su gran amor?
- S, pero yo no fui el suyo, hijo.
- Y entonces?
- Ahora soy su gran consuelo. Y tambin el mo, y ya que memorizas a los poetas, apunta esto de que consolarla es mi consuelo.
Es extrao cmo el prejuicio construye en nosotros la imagen de una persona. Y cuando los prejuicios se diluyen, salta como de una caja de sorpresas una imagen nueva. Alma dura, corazn fro, garras de avaro, ave de rapia, mi concepto sobre don Toribio Achucarro se estereotip desde mi niez. Y de pronto estaba descubriendo un hombre, nada de ngel, sino un hombre, con esa extraa dualidad para el bien y para el mal que estaba aprendiendo a captar en mis veintitrs aos, con una regla demasiado repetida para ser negada.
Si al fin de cuentas era verdad que se dedicaba a la usura, habra hecho la desgracia de mucha gente. Pero no poda afirmarse que haba hecho su propia felicidad. Y hasta es posible que se sintiera en paz con la vida y con su conciencia, y no sera yo quien las pusiera en entredicho.
- Esprame un momento. -Me dijo y desapareci en la otra habitacin. 
Ya era cerca de medioda, el caluroso sol de diciembre resplandeca afuera y los frutos del Yvapur nudoso parecan querer reventar prendidos al ramaje. Un moscardn azul volaba entre las flores y una lagartija bruida observaba sin consuelo aquella presa demasiado grande para ella.
Don Toribio volvi con un cheque en la mano. Me lo tendi. No lo acept.
- Padrino. No vine a mendigar dinero. Pensaba en un trabajo, o en la oportunidad de un trabajo.
- Ests trabajando para m -dijo, y me introdujo el cheque en el bolsillo, y luego, sin ceremonias, me empuj hacia la puerta-. Te espero el viernes a las diez de la maana, no antes -orden perentorio.
Cuando quise replicar, la puerta ya estaba cerrada. Qued all, desconcertado, con el sol ardindome en la cabeza, inmvil, con una vaga conciencia de que detrs de aquella puerta haba quedado algo de m, y que en m vena pegoteado algo de una persona que al fin, aun siendo mi padrino, fue siempre desconocida para m.
Mam me esperaba con el almuerzo y con una pregunta en los ojos, cmo te fue con el padrino. Pap dorma la siesta en la hamaca y roncaba. Mi hermana estaba tendida desnuda al sol, all el patio, asndose inmisericordemente. Me sent a comer, y mam se sent en otra silla, las manos sosteniendo el mentn. Le gustaba verme comer, como acaso antes le gustaba verme mamar. Tena un concepto casi sagrado de la alimentacin, mi querida mam. Saqu del bolsillo el cheque del padrino y se lo entregu. 
Mir la cifra, que alcanzara para cuatro meses de alquiler, y de soportarme mejor, y a mi hermana, de paso. Mir aprensiva a pap que jams se enterara de la existencia de aquel cheque, y se lo meti en el escote.
- Es de don Toribio? -pregunt, y yo asent.
- Trabajas para l?
- S.
- En qu?
- An no lo s. Cant un bolero y escuch viejas historias, y me pag -vacil un poco-. Mam. Quin es don Toribio? Y no me respondas que es mi padrino, eso ya lo s. Me refiero a qu es, qu fue.
- Lo conoc poco, en un tiempo fue el patrn de tu pap. Fue entonces que se hicieron compadres. Trabaj poco tiempo con l. Ya conoces a tu pap. Cuando no lo echan, se cansa y se va.
- No respetas mucho a pap.
- Te tengo a vos, y basta.
-Te acostaste con l?
Se ruboriz. An era bella, y tom conciencia de que solo tena 42 aos, aunque representaba ms. Pero el rubor la embelleca.
- Se te enfra la sopa...
- Y la curiosidad me quema.
- l te dijo algo?
- Nada.
- Tu pregunta es malsana, hijo.
- Acabas de decirme que s, mam.
Inclin la cabeza, ahora apoyando la mejilla en las manos y miraba a mi padre roncando, y en su mirada haba la pregunta si vale la pena serle fiel a un atorrante. Insist, y realmente me senta malsano, pero quera saber.
- Fue por amor?
En aquel tiempo ya haba aprendido cmo la gente re de un chiste malo. No es risa, sino mueca, y estaba torciendo la boca de mam.
- Fue por amor... a l -y seal a mi padre-. O por amor a vos, no s. Ya habas nacido. Tu padre era cobrador de los empedrados, y se quedaba con el dinero. Muy simple, muy torpe. Don Toribio le dio un plazo de dos das para devolver el dinero...
- Que se haba volatizado el hipdromo, me parece conocer la historia.
- Estaba segura que ira preso. Me aterroric. Su alma de pjaro bobo no soportara el encierro. Me aterroric por l, por m, por vos. Y fui a suplicarle.
Sus ojos echaban miradas a un recuerdo todava vivo. Tal vez record el acoso y se llev la mano al pecho, apretando su corazn, o el cheque, no s.
- Fui a suplicarle, y l me suplic a m. Por lo menos tuvo esa cortesa. Poda haberme exigido, pero suplic. Me hizo ms fcil ceder. 
Cuando un hombre consigue que una mujer le compadezca est a medio camino de alcanzar lo que quiere. O... no nos hace parecer tan difcil. Jess, hablo como una puta! -y esta vez s que ri con risa ancha, abierta, cristalina, como un cntaro de agua que se rompe alegremente-. Y ahora ya lo sabes, hijo. Me firm un papel y todo acab all. Qu vas a hacer, escupirme en la cara?
- No, mam, te quiero ms. Pero empiezo a reodiar a don Toribio.
Haba terminado con la sopa, tragndola al mismo tiempo que tragaba una ntima furia. Y ya no quera decir nada, y simulaba prestar toda la atencin de un ingeniero de la Nasa para untar el picadillo de carne con el pan, que de paso, era el segundo plato, y el ltimo.
-Qu es eso de reodiar? -pregunt ella.
- Me fui de aqu odindolo. Conversamos mucho. Me dijo cosas que me hicieron conocer a un hombre que no mereca odio, y pens que dejaba de odiarlo. Ahora lo vuelvo a odiar. Por lo que te hizo.
- Yo no. No lo odi entonces ni lo odio ahora.
- Me inclino ante tu bondad mam.
- Es que... me dio una satisfaccin enorme.
- Mam!
- No en la cama. En el alma. Me di el gusto de tirarle el papel en la cara a tu pap.
Imagin aquella escena pattica. La adltera arrojando a la cara del esposo intil la prueba de su estrenada cornamenta, y dicindole que aqu est el precio de tu libertad, badulaque, y mrame... Mrame! Es la cara de una mujer que por fin se acost con un hombre! Pero mam me arranc de mis fantasas dramticas.
- Lo hice. Se lo tir a la cara, y cay al suelo. Lo recogi, ley. 
Movi la cabeza como quien piensa que cosas raras pasan en este mundo, y se fue a tomar terer. Pero desde entonces, nunca ms... 
Y mir all, al patio, donde mi hermana haba girado y ahora tostaba el trasero desnudo.
- Nunca ms?
- Su valenta para castigarme, o para castigarse, no s, lleg solo hasta all.
All en el patio, los abultados hemisferios del trasero de mi hermana, demasiado grandes para una modelo, y demasiado tentadores para la serie de viejos golosos que capitanean el negocio parecan querer reventar bajo los cuarenta grados de diciembre. Mi hermana era posiblemente mi media hermana! Posiblemente? Era! Con razn pap no perda el sueo cuando no volva de noche. Aunque a decir verdad mam tampoco, pero las razones eran distintas. A pap no le importaba, a mam porque la tipa ya no tena remedio.
Mi madre se levant de la mesa, me dio un beso y se fue. Fui a contemplar a mi padre, que roncaba sumergido en el mejor de los mundos, si bien no era necesario que durmiera para estar en el mejor de los mundos. 
VIVA en el mejor de los mundos. Vivir y dejar vivir. E ir tirando como se puede. As y todo, haba logrado hacerme Bachiller, y a mi hermana. Pero eso no era todo, de modo que dej tranquila a aquella asquerosa mosca azul de las carroas pasear entre su boca abierta y su nariz. Camin hasta donde estaba mi hermana, que haba volteado de nuevo. Tena pechitos de nia, y la haba visto dndose masajes angustiosos, y cadera de matrona romana. Nunca sera modelo. El tringulo negro de su bajo vientre brillaba al sol.
- Tienes que broncear tambin la vagina?
- Basta con que no mires, vicioso. -Y gir de espaldas.
En su tipo, era una mujer esplndida, de aquellas que dicen que gustan a los jeques rabes, con muchos petrodlares y con los ojos comidos por el tracoma.
- Deberas ir a Arabia Saudita, hermana. O a cualquiera de esos pases que flotan en petrleo.
- Por qu? -Pregunt sin mirarme.
- Haras carrera por all. Y djate de asarte. Las prefieren blancas y abundosas. Ac no sers jams modelo, aunque tus amigos compitan en pagarte el curso.
- Miren al entendido!
- Las modelos no son seres humanos, son perchas con patas. Vos sos un ropero.
- Estpido. No lees? Las flacas estn pasando de moda. El look es ahora de las rellenaditas.
- No lo creo. 
- Viste a Graciela Borges cuando vino al desfile de modelos? Vino como la mujer ms elegante de Argentina. Era culona.
- Graciela Borges es Graciela Borges, tiene derecho a ser culona. Y hasta es posible que eternicen su trasero en un molde yeso, para la posteridad. Pero vos sos Luca Arzamendia.
- Quers dejarme en paz?
Lo hice. Ahora eran dos las moscas azules anticipando a pap las delicias del sepulcro. No busquen en m un modelo de amor filial. Mam estaba acostada en su lecho. El de pap estaba al lado, sin hacer, entonces comprend por qu, ninguna mujer arregla el lecho de donde la han expulsado. Me tend al lado de mam, y hund mi cara bajo sus axilas. Es delicioso y reconfortante el olor a mam. Me revolva el pelo. Me sent bien, con Edipo a miles de aos luz de nuestra ternura.
- Luca lo sabe, mam?
- Cuando empez esto de sus aventuras hacia la pasarela, tu padre se lo dijo. Le dijo que no era su padre, cuando descubri que era impotente para funcionar como padre. Si ella hubiera ido a la Universidad, no se lo hubiera dicho.
All estaba el Juan de Dios Arzamendia perfectamente retratado. No me traigan problemas, triganme soluciones. Haba odo mucho de eso. No me compliquen la vida. Endlcenmela.
- Cmo le sent a Luca?
- Qu quieres decir?
- Solo te pregunt si ests segura de que sigui siendo la misma.
Me dio la espalda, y le susurr a la pared:
- No s -y suspir hondo, con ese suspiro que dice y ahora djame dormir.
La dej dormir, o fugarse. No s.
Me levant y fui a buscar aquel paraguas que deba llevar a su duea, cerca de casa. Luca haba terminado su sesin de parrilla. Estaba en su cubil, (ella llamaba as a su habitacin) que mereca el nombre, porque lo ms grande que caba all era un espejo que cubra toda una pared. El resto era una cortina que ocultaba un palo horizontal de pared a pared del que colgaban perchas, y de las perchas sus patticas galas. Completaba un grueso colchn tendido en el suelo, y una mesita de luz que no serva para nada a un colchn en el suelo. Ella se haba puesto un dos piezas, con la prenda interior de los que tapan adelante y descubren atrs. Asuma poses y se miraba al espejo. Me vio en el cristal, de pie en la puerta.
- Amo mi cuerpo! -me dijo en tono burln y grandilocuente-. Me va a llevar lejos. 
- Hacia arriba o hacia abajo?
- Tienes que ser siempre tan antiptico, vos?
- Perdname, Luca.
Gir para mirarme, aunque poda mirarme lo mismo a travs del espejo. 
No poda ocultar cierta sorpresa.
- Sabes que es la primera vez en muchos aos que me pides perdn por algo? Es que ests creciendo por fin, Erasmo Arzamendia?
- No es eso. Es que de repente sent el deseo de pedirte perdn.
- No me ofendiste, ni me humillaste...
- Yo no.
Sus pechos empujados hacia arriba y sus nalgas de msculos contrados hacia afuera, volvieron a su sitio de costumbre. Ya no era la modelo. Era una mujer. Quizs una nia cuyo secreto, o dolor, rompan sus velos.
- Mam te dijo algo?
Call, y ella adivin. Ahora se va a poner a llorar -pens-. Un llanto torrencial que viene despus de romperse viejos diques. Pero me equivoqu. No llor. Los pechos volvieron a su posicin profesional, y los glteos tambin, desafiantes.
- No necesito a nadie! -su voz era un poco ms chillona que de costumbre. Tengo mi poder!
La mir a ella. Bella, pero la belleza no es poder, solo una oportunidad. Y mir el cubil. All no haba poder, sino un principio demasiado humilde como para proyectarse arriba. Vio que no la crea.
- Entra -me dijo. Y entr. Abri los brazos, ofrecindose. -Abrzame, hermanito -la abrac tmidamente-. Como un hombre! -Desafi. No me atrev. Y entonces ella me apret contra s como una mujer, sent su aliento en la oreja, y la dureza de sus pechos, y el palpitar de su vientre. Me solt al fin. Me clav la mirada.
- Y?
- Ni fu ni fa.
Solt una carcajada. Estaba segura de su poder, pero no sera yo el degenerado que la certificase. Despus de todo, era mi hermana. O mi MEDIA hermana, conforme al cosquilleo que senta en la ingle. Elabor rpidamente una frmula tranquilizante que incompatibiliza las hormonas con el instinto de la reproduccin, y arrib sin consuelo a la conclusin de que mi hermana estaba decidida a ser puta, y rogu a Dios que le concediera la gracia de serla de lujo.
Demasiado aturdido, sal corriendo al patio y a mi taller, a ocuparme del paraguas. 



Captulo II
El viernes me dispuse a ir a la cita con mi padrino, y me encontr con que mam haba planchado mi traje. Y que adems, el faldn de mi camisa blanca haba desaparecido porque mi madre, con rara habilidad, lo haba convertido en un cuello nuevo. Agradec aquello y para no ser menos lustr mis calzados, en homenaje a Sixta y a sus pisos de baldosas brillantes.
Mientras lustraba, mi madre vino a pedirme que por nada del mundo le dijera a don Toribio que era el padre de mi hermana. Se lo jur, pero semejante juramento no haca falta. Que un desgraciado poseyera a mi madre era una cosa. Que la fecundara otra. La dignidad tambin se acoraza callando verdades. Adems mi madre era una mujer y no una hembra para un padrillo de ocasin, qu demonios.
Sal despus de consumir el desayuno, que no era el de siempre, porque el cocido con leche no iba con galletas, sino con dos sandwiches de queso, hechos por mam, pensando que necesitara algo ms que fuerzas morales.
En aquel momento pap no tena empleo. Pero trabajo s. Cuando sala lo vi manipulando el medidor del consumo de electricidad, tratando de atar con alambres un imn sobre el aparato. Cuando no trabajaba siempre andaba inventando cosas intiles, como los planos que hizo para la casita que nunca fue. Observ su trabajo, y se avino a explicarme.
- El imn frena un poco ms esa ruedita de mierda que gira ah dentro y que marca el consumo. Entonces pagamos menos. -Me dijo.
No vali la pena explicarle mis dudas sobre la eficacia de su sistema, como tampoco sirvi que anteriormente desprendiera el aparato medidor y lo pusiera del revs. Que en rigor sirvi, pero para pagar una multa a la Ande.
Cuando llegaba a la esquina a esperar el mnibus, Luca estaba apendose de un auto. No quise mirar quin lo conduca porque si fuera un hombre aoso y gordo me arruinara el da. Solo la mir a ella. 
Extraamente bella y fresca como una flor recin cortada, aun despus de haber pasado una noche vaya a saber dnde, cmo y con quin. Me salud con la mano y corri a casa. Por lo menos tiene aguante -me dije- y segu mi camino.
Esta vez Sixta mir con aprobacin mis zapatos. Y si a este relato le falta la descripcin de Sixta, basta imaginar un hipoptamo hembra, pero tena fama de ser una exquisita cocinera, y as debe ser, a juzgar por la grasa que criaba mi padrino, desde la papada hasta los tobillos.
Don Toribio, esta vez con piyama a listas, pero igualmente vaporoso, me esperaba sentado en el patio, bajo un inmenso yvapov, desparramado en un silln de mimbre y tomando terer cebado por Sixta, a quien ni se le ocurri invitar al husped con el brebaje. Antes de aceptar el asiento que me ofreca mi padrino -otro silln- mir con aprensin alrededor, y me sent aliviado, porque no estaba la guitarra. -Cul es la naturaleza de mi trabajo, padrino?
No me contest. Sorba la bombilla con fruicin y Sixta revolva la jarra de cristal donde los yuyos medicinales en el agua helada parecan un trozo de vegetacin submarina en una pecera. Arriba, en la fronda del Yvapov millares de gorriones histricos piaban y peleaban al mismo tiempo.
- Cuando poda, iba al Bar Vila -me contest, pens un momento y prosigui-. Tena orquesta, hasta por la maana.
Al cuerno con el Bar Vila. Cul era mi trabajo?
- All iba gente de las buenas -continu-. Claro que el Bar la Bolsa tambin era famoso. No iba mucho a ninguno. Bueno, iba mucho, pero no entraba. Fue en 1945 que ya pude comprarme el primer traje blanco de tussor, y entonces pude ir con mayor frecuencia. Adems, ya haba progresado. Ya tena mi negocio. Ahora no hay ms telas de tussor. Era seda pura. No exista el maldito nailon. Tussor, casimir ingls, brin italiano, piel de tiburn. Y qu sastres, hijo, artistas! Ruiz Daz, Zorrilla, Corina. Qu habas preguntado?
- En qu consiste mi trabajo.
- Ests trabajando. En 1945, ya estaba casada.
- Quin?
- Natalia.
- Ah, la vieja enferma.
- Creo que la vi por primera vez all por 1939. S, fue ese ao. La gente andaba alborotada porque un seor llamado Hitler estaba invadiendo Polonia. Y nuestro Presidente se llamaba Dr. Paiva. Usaba recorte cepillo, el Dr. Paiva, digo. No recuerdo si lo echaron o se fue de cansado. Aquel da fui al puerto a esperar a los bolivianos. Haban venido por tren hasta Formosa, y all tomaron el Ciudad de Corrientes.
- Dijo bolivianos?
- Ex prisioneros. Del Chaco. Sabes que hubo una guerra?
- Le algo al respecto, padrino. Ganamos, segn parece.
- Mis bolivianos eran ex-prisioneros. Cuando estuvieron aqu no la pasaron muy mal. A mi patrn le dieron como seis. Tenan la sabidura de la piedra. Tomaban un pedruzco y con cuatro golpes lo convertan en un cubo perfecto. Un tal Zrate era el mejor, aunque un poco tilingo. 
Deca que la piedra bruta tiene alma, que ansa ser perfecta, y revelaba su secreto al picapedrero. Termin la guerra y se fueron, pero despus Zrate escribi a mi patrn. Quera volver a trabajar aqu, ya como hombre libre, y traera tres colegas ms. De modo que mi patrn me envi a esperarlos al puerto, en el camin que sala de Pinoz y llegaba all. 
Llegu un poco temprano, y me entretuvo vagando por los bares de la plazoleta, y de la Recova, hasta que o la sirena del barco anunciando que entraba en la boca de la Baha y me fui al muelle. Entonces la vi.
A esta altura, ya haba descubierto por fin en qu consista mi trabajo. Estar presente para suscitar sus recuerdos, y hablarme. Hablar a otra persona y estar vivo, porque hablar a solas ya es estar medio muerto.
Re en mi descubrimiento. Tena un odo prostituto. Ni se enter de mi risa.
- Vena sentada al lado del padre, que manejaba l mismo el Studebaker. Sabes?
Asent, imaginando que Studebaker era la marca de un auto, posiblemente.
- No tendra ms de 18 aos. Has visto alguna vez una mujer dorada?
- Querr decir rubia, padrino.
- S, rubia tambin, pero dorada. El cabello, el cutis, los ojos celestes sobre una mejilla con pelusitas suaves, como de durazno. Bueno, al menos pareca dorada. Qued tan alelado que su padre me apart del camino. Poda hacerlo. Era un mdico, un sabio, el mejor especialista en arrancar amgdalas.
- Fue entonces que se conocieron?
- No. No nos conocimos, la conoc yo. Qu ms poda pretender en 1939? Apenas era el administrador de un empedrador de calles.
- Pero en 1945 haba prosperado y se haba comprado el traje de tussor.
- Ya te dije que en 1945 estaba casada. Mi traje de tussor lleg tarde, carajo.
- Entonces, padrino, hubo solo... un medio romance.
- Fue as. Fue la poca ms feliz de mi vida, hijo. La amaba...
Aquel hombre me revelaba rasgos increbles. Tuvo el coraje y la inmoralidad de quedarse con la empresa del patrn. Tuvo el mpetu para hacerse rico y de paso arruinar el matrimonio de mi madre. Pero la belleza de una mujer le acobardaba. No poda comprender algo as con mis pocos aos encima, de tal suerte que solo poda teorizar sobre aquel tipo de conflicto. l mismo lo haba dicho, una mujer dorada. Quizs se haba equivocado desde el principio. No vio una mujer aquel da en el Puerto, vio un ttem, porque en su corazn encallecido ya no poda haber amor, sino reverencia. Tena un alma sin vuelo y un cerebro aritmetizado. 
Estableca categoras falsas, y poda apostar que era de aquellos que se ponen firmes para hablar a un portero de hotel disfrazado de Almirante. 
Haba descartado desde el principio la posibilidad de que una mujer dorada perteneciera a un empresario de empedrados. Y entonces no la am, sino la ador a distancia. Escuchaba boleros y fantaseaba con idilios a la luz de la luna caminando por veredas tropicales tomados de la mano. Y en eso consisti su felicidad. No pude impedirme sentir lstima, y rogu que cuando me deslumbrara una mujer no fuera dorada, sino de carne y hueso.
- Tena una carpeta... -deca sacndome de mi ensoacin.
- Quin tena una carpeta?
- Yo tena una carpeta. Con su nombre, Natalia. All anotaba todo. 
Era maestra en la Escuela Repblica Argentina, 5 grado Pestalozzi, por la maana. De tarde estudiaba piano en el Instituto La Lira. Los sbados a la tarde iba al Parque Caballero con su hermanito a buscar trboles de cuatro hojas. Por la noche sala con su padre a cenar en el Rassmussen, y despus se desplazaban en el Studebaker hasta el Belvedere, a tomar helados. Y los domingos era mi da de luto: un cadete de franco la visitaba y caminaban por la acera de esquina a esquina, tomados de la mano. Saba tambin que ella adoraba los boleros. Su preferido era Perfidia.
- Cmo averigu todo eso?
- La segua... -haba en su voz un retintn de vergenza.
- Y ella no se daba cuenta?
- Ni eso... -la tristeza haba reemplazado a la vergenza-. Cierta vez que iba a la Escuela, llevaba el paquete de cuadernos de deberes corregidos. El cordn se solt y los cuadernos se desparramaron. Me lanc a recogerlos, apilarlos, atarlos de nuevo. Le alcanc el paquete rehecho, me sonri y me dijo gracias buen hombre.
- Era la oportunidad de iniciar una conversacin.
- Qu joven estpido!
- Gracias!
- No te cont que solo dijo gracias buen hombre? No gracias joven, ni siquiera gracias seor. Dijo buen hombre. Tome estas monedas buen hombre y cmprese medio kilo de hueso para la sopa. Pero fue el da ms feliz de mi vida. Me haba hablado! Me haba dicho Gracias, buen hombre.
Si Dios haba dado a ciertos hombres alma de perro, no me haba dado a m paciencia para soportarlo. Pero record que estaba trabajando, y aguant sospechando que yo tambin tena alma de perro.
- Vivi toda su vida as?
- No, renunci a todo en 1945. Cuando se cas.
- Con el cadete?
- Ya era oficial. Captulo cerrado para m. Haba vivido un hermoso sueo. Y an lo tengo guardado.
- No se cas, padrino?
- Qu esperanza! Mujere de lo lindo -se exalt-. Mujeres a montones!
Y entre ellas, en algn momento, mi mam, hijo de puta.
- Fue una linda poca -prosigui-. La guerra en Europa terminaba, pero estaba racionado todo. Una dama que se acostaba con medio gabinete del Ejecutivo consegua cupos y yo la financiaba y entre Ministro y Ministro se acostaba conmigo. El pobre Mariscal Estigarribia, qu macho, hijo, se haba matado tratando de llegar a San Bernardino volando en una pandorga. Y mandaba el General Mornigo, un av de tomo y lomo que no quera saber nada de los polticos, y lo dejaban tranquilo porque haba echado a todos los alemanes y hasta le declar la guerra a Alemania. Pero la guerra termin y le dijeron (3) que bueno General, gan la guerra la Democracia de modo que ponga tambin la Democracia en su pas, que est de moda. Entonces el General dijo que vengan todos los polticos y que Dios proteja a nuestra Patria. As empez la poca de la Libertad. Justamente por esa poca la vi con su marido.
- A Natalia.
- A quin ms? En el centro, en un mitin comunista.
- Mitin comunista? Padrino, no me imagino a Natalia, hija de un mdico burgus, su marido, un militar, y vos, padrino, un redomado capitalista fueran a un mitin comunista.
- No era por el comunismo. Era por Creydt.
- Quin?
- scar Creydt. Un gran orador, daba gusto escucharlo. La gente iba a los mtines comunistas como quien va a un concierto. A escuchar buena oratoria. Y hablaba tan bien que hasta los curas le aplaudan. Bueno, entonces eso era raro, ahora no s con este asunto de la Teologa de no s qu... Pero al fin de cuentas el Creydt ese result un atorrante, arm una Revolucin y se mand mudar. Al menos as lo entiendo yo.
- La revolucin de 1947, creo entender.
- Fue horrible. 
- Peleaste en ella?
- Yo? Y por qu? No era MI revolucin.
Aquel pas que me describa empezaba a interesarme. Pap entonces era un muchachito, segn deca, alumno de una Escuela de Artes y Oficios de la Marina, y sin edad para pelear. Como escuela no debi ser gran cosa, a juzgar por pap que sali de all sin arte ni oficio alguno que se pudiera mencionar. Pero don Toribio me estaba pintando algo distinto. La mano de hierro de un General medio indio, que no simpatizaba con los polticos, y despus los diques que se abren, y finalmente la revolucin. Me imagino al General, solitario en su despacho, oyendo el tiroteo y viendo volar los aviones y diciendo algo as como yo ya lo deca, yo ya lo deca....
- Dicen que muri mucha gente, padrino.
- Mucha.
- Quines?
- Soldados, campesinos. Aquellos muchachos que iban a escuchar msica al Vila o en la Bolsa, los que paseaban en tranva con sus novias, los que iban al Municipal a ver a Nelly Prono y Jacinto Herrera, y a Carlos Gmez y a Ernesto Bez, que nunca paraban de discutir en el bar de Villalba, all en la esquina del Municipal, donde ahora est la biblioteca ms ruidosa del mundo. O murieron, o pusieron pies en polvorosa, cruzando a Clorinda.
- Era la guerra de todos...
- As fue.
- Pero no la tuya.
- No lo digas con desprecio. Tena mi experiencia, y la de mi mam. 
Tomar bandera DURANTE una revolucin es apostar entre la vida y la muerte. 
Lo ms seguro era esperar a ver quin gana y DESPUS tomar bandera. Y no me mires as que a este pas no lo hice yo. Solo vivo en l.
- Me inclino ante tu idealismo, padrino!
- No te pago para que me tomes del pelo, hijo. No es cuestin de idealismo. Tampoco fueron idealistas aquellos que se fueron a Clorinda a vivir bajo las carpas, comiendo un amargo pan de gendarmes. O lo fueron, en alguna medida, hijo, por lo menos algunos, porque terminada la revolucin, la alternativa era de hierro. Volver a convertirse en hurrero, o seguir viaje al sur para convertirse en exiliado. Muchos vivieron aqu en catacumbas polticas.
- Vaya... la poca de la Libertad, como dices, desembocando en un bao de sangre. Resulta difcil comprender.
- Es por eso que me digo siempre que si la libertad lleva a eso, me cago en la libertad. 
- Tal vez otros piensen que vala la pena pagar el precio, padrino.
- No s, ni quiero averiguarlo. A vos a lo mejor te toca averiguarlo, y cuando lo sepas, por favor, no vengas a contrmelo, que quiero morir tranquilo.
Extrao, mi padrino. Am (ador?) hasta la locura. Renunci a ella desde el da que la vio, durante aos fue un puetero platnico. Encontr la manera de hacerse rico. Un traje de tussor blanco marc la frontera entre dos pocas. Joven an rehuy una guerra, y ya viejo, no quera conocerla en su significado profundo. Quera morir sin saber la razn de los muertos de ambos bandos, la amargura de los exiliados, ni siquiera la elasticidad espinal de los que volvieron de las carpas. Ojal los viejos de su edad no fueran todos como l, y tuvieran laureles que exhibir, cicatrices que mostrar, imprecaciones que gritar o furias y temores que callar, demostrando que s fueron jvenes. Mir a mi padrino y me dije filosficamente que estaba encontrando la peor manera de ser viejo: ser viejo sin haber sido joven. Cristo, que no me pase a m.
Ya era medioda, y se haba bebido como tres jarras de terer sin haberse levantado a orinar ni una sola vez. Tal vez Sixta, para quien gordura significaba salud, conoca de un yuyo metabolizable en grasa.
Se levant. Sin ceremonias sac del bolsillo del piyama otro cheque y me lo entreg y mir el monto. Mi papel de oidor me estaba pareciendo altamente rentable. Era su manera de despedirme, pero antes de irme me orden:
- Te vas a llevar la guitarra.
Antes de que terminara de hablar, ya Sixta caminaba con su bamboleo de pato viejo en direccin a la casa, a traer la guitarra, por supuesto.
- No veo para qu, padrino. -bamos caminando hacia el portn, pasando por el garaje, donde brillaba un auto a capota casi sin uso, aunque con las cuatro ruedas desinfladas ya.
- La prxima vez no vienes aqu. Vas a visitar a Natalia. Ya le avis. El viernes a las seis de la tarde. Y con la guitarra.
A cantarle boleros a una vieja invlida, Jess mo! La sensacin de que tena alas que me haba saturado al recibir el cheque se haba esfumado.
- Pero... cul es el juego, padrino?
- No hay juego, hijo.
Algo me dijo que Natalia era su consuelo y viceversa. Desde cundo?
- Dos aos o un poco ms. Supe que estaba enferma. Sola en su casa. 
 Cuidada por una enfermera. Reun coraje y fui a visitarla. Me recibi en su dormitorio. Me mir con sus ojos acuosos, como una estrella celeste vista entre la niebla, me pregunt mi nombre. Se lo dije, y entonces ella me pregunt: Debo conocerle, seor? Se me abrieron puertas de inesperada felicidad. La bendita arterioesclerosis haba consumido su memoria. Era una memoria en blanco, y all instal la memoria de nuestro viejo amor. Pero qu viejo amor? Te preguntas, lo leo en tus ojos. El amor que no viv, es la respuesta. Revivimos juntos lo que no vivimos. Y ella es feliz y yo tambin.
- ...y mi papel es sumarme a la comedia cantndole boleros.
- Exacto.
- Por qu no le compra un tocadiscos?
- No es lo mismo. -Sixta me ofreca la guitarra, sin funda. Aquel pobre msico por lo menos haba conservado la funda, como consuelo. Me iba. Me volv.
- No me dijo que era casada?
- Su marido muri en el 47. El teniente, recuerdas? Lo mataron y lo castraron o lo castraron y lo mataron, no se supo bien en qu orden.
Me fui, guitarra al hombro, deseando que al pobre muchacho -tendra mi edad o un poquito ms?- le hubieran matado antes de castrarlo. Me libr de sentimientos macabros y fui a una casa de msica a comprar casetes de boleros para aprendrmelos de memoria.
Como en la ocasin anterior, mam me esperaba con el almuerzo y con su curiosidad desenvainada. Esta vez conserv el cheque para m, pasando por alto su mirada codiciosa a mis bolsillos. Coma en silencio, hasta que ella no pudo ms.
- Cmo te fue con el padrino?
- Me cont muchas cosas. Y Luca?
- Est durmiendo. Lleg cuando te ibas.
- La vi.
- Cmo te fue con el padrino?
- Me cont cosas. A propsito, mam... Luca sabe que su padre es...?
- Por m no lo supo. Lo supo por su pap. El da aquel que casi se muere con el aborto, su pap se lo dijo en la cara.
- Lindo momento para enterarse.
- Bueno... se enter a medias. Tu padre le dijo que no era hija suya, pero decidi que viviera atormentada y no le dijo quin era su padre.
- Pero no te pregunt a vos, mam?
- Nunca.
- Por qu?
- Cuestin de orgullo, supongo. 
-Y por qu no se lo contaste vos?
- A lo mejor por otra cuestin de orgullo. O porque entiendo que si es difcil soportar un padre cornudo, ms difcil debe ser tener una madre adltera. Y adems ser bastarda.
De todos modos, pocas veces se haba notado mucha comunicacin entre Luca y mam, desde que mi hermana fuera nia. La razn, para m era un misterio. Nunca estuve en condiciones, ni ahora, de abrirme camino por las intricadas callejuelas obscuras y avenidas luminosas de la maternidad. No obstante, la gestacin extraconyugal de mi hermana debi establecer obscuros meandros mentales en mam, y despus en la misma Luca, cuando se enter.
Haba terminado la sopa y mam me estaba sirviendo el guiso de arroz con costillas.
- Sabes lo que es sinceramiento, mam?
- Tengo algunas ideas.
- Sospecho que no. Sincerarse es ponerse nariz a nariz y sacar afuera todas las verdades.
- Para qu?
- Para que las cosas se vuelvan definitivamente peores... o mejoren.
Mam dijo que al punto que hemos llegado... y se encogi de hombros. Ya haba aceptado plenamente la situacin, y se ajustaba a ella. 
Eso, en lo que concierne a Luca. Conmigo era distinto. Yo era el preferido, desde chico. El bendito y bienvenido hijo varn.
Cuando termin el almuerzo mam fue a acostarse a la habitacin conyugal, llevndose reverentemente la preciosa guitarra, cosa rara, sin preguntarme de dnde la haba sacado. All en la pilastra, los dos extremos del imn de pap apuntaban tramposamente a la ventanilla del medidor tras la cual giraba la ruedita de mierda con su marquita roja. Y el mismo pap estaba tensando las cuerdas de la hamaca, para hacer su siesta. Me acerqu a l.
- Pap... Cuntos aos tenas en la Revolucin del 47?
Me mir con cara de que con qu preguntas me vienes.
- Trece o catorce, o menos, me recuerdo. Estaba en la Escuela de Artes y Oficios, nos uniformaban de marineros.
- Y antes?
- Entr en 1945.
- Y qu hacas antes de entrar en la Escuela de Artes y Oficios?
- Viva. -Ya estaba satisfecho con las cuerdas y haciendo cierta gimnasia se acomod en la hamaca. Empec a mecerlo.
- No hagas eso que me mareo. -Dej de mecerlo.
- Ya s que vivas. De qu?
- Recuerdo que entre muchas cosas, reparta viandas. Comida a domicilio, en recipientes especiales -ri-. Me echaron cuando descubrieron que entre proveedor y provedo, se esfumaba la tercera parte de la comida. 
El culpable era yo, naturalmente. Vend diarios, recoga botellas de los basureros, me defenda.
- Y abuela?
- Qu abuela?
- Tu madre, naturalmente.
- Ah, cierto. Mi madre resulta ser tu abuela, nunca lo pens. Qu hay con mi madre?
- Nunca hablaste de ella.
- Hay poco que decir. Me quera de acuerdo al dinero que traa.
- Y mi abuelo?
- Te refieres a mi padre?
- Lgico.
- Bueno, anduvo con mam, me hizo a m y se fue. Yo era bastante descarriado, y la amenaza ms socorrida de mi madre era cuando venga tu pap vas a ver lo que es bueno -se sac un moco de la nariz y lo examin como si fuera una gema extrada de una mina, unt con l la hamaca, y prosigui-: Pero los dos sabamos que nunca vendra. Supongo que era la manera que tena mam de mantener viva la esperanza de tener de nuevo a su hombre.
- Cmo te lo describa mi abuela?
- Para qu quieres saber?
- Es que estoy descubriendo el pasado. Y vos estuviste all, viejo.
- Mi madre me deca que pap era navegante, pero en la vecindad se murmuraba que era embarcadizo. Los dos, marineros de agua dulce, pero al parecer el embarcadizo chapoteaba en la sentina y el navegante tomaba mate con el Capitn. Al fin, mi madre perdi la esperanza, o la puso en conserva, y vino a vivir a casa un suboficial msico de la Marina, que me llev como aprendiz. Me echaron pronto, el da que rob un clarinete y fui a empearlo en el Montepo. Me raparon la cabeza y me llevaron a la Escuela de Artes y Oficios. All aprend sastrera.
- Nunca me lo dijiste!
- Nunca me preguntaste. Y no ejerc jams. Yo no quera vestir a los dems, quera vestirme bien yo.
- ...haciendo el menor esfuerzo.
- Te parece?
- Te conozco desde que nac, recuerdas?
- Y cmo soy? -haba cierta curiosidad en su pregunta. Al fin de cuentas, no existe padre que no quiera ser admirado por el primognito. 

- Cmo sos? -reflexion, tal vez le viniera bien un araazo en el ego-. No creo que nunca ganes la Medalla a la Voluntad y a la Persistencia.
- Tu madre lo dice de otra forma, pero suena igual. En fin, ya que estamos desnudando el pasado, hijo, entre el ao 1950 y 1962 fueron mis mejores aos. Un mecnico me dijo que era simptico, buen hablador, y que poda vender autos. Autos usados, sabes? Mi socio los compraba, los pula. Le pona aceite nmero 90 al motor, cargaba la batera. Y la trampa estaba montada.
- No soy mecnico, pap...
- La trampa estaba en que a un motor se le pone solamente aceite 40, que es liviano. El aceite 90 es para la caja de velocidad y para el diferencial, y espeso como gelatina. Pero le ponamos al motor, y el motor funcionaba con un ronroneo delicioso, el cliente oa esa msica falsa y le decamos que estaba recin rectificado. El cliente se iba feliz con su auto rectificado... y volva a los tres das con el motor hecho pur. 
Entonces mi socio y yo nos ponamos iracundos, le tratbamos de irresponsable y le decamos que era un intil, incapaz de desarrollar un motor recin rectificado. Dur el negocio doce aos. Pero lo bueno nunca dura tanto. El ltimo cliente result hijo de un Coronel, yo desaparec y mi socio pas una larga temporada en el Batalln Cuarenta. Pero tena plata, me vesta bien. Iba a bailar al Sol de Amrica y al Presidente Hayes... y conoc a tu mam, Reina del Hayes. Eso fue en 1965. Vos naciste no recuerdo cundo.
Cuando le iba a contestar roncaba. Aceite 90. Eso s que era nuevo. O viejo, porque despus de todo, la historia de mi pap se reduce a ponerle aceite 90 a todo, para que PAREZCA que funciona bien, hasta la cornamenta.
Decid hacer la siesta yo tambin, no muy atrado por la perspectiva del catre en mi taller, pero era el nico lugar que quedaba para m, y cuando pas por la habitacin de Luca, la vi durmiendo en el colchn, refrescada por un ventiladorcito enano, y que en el colchn sobraba espacio para tenderme sin molestar a la bella durmiente. Me tend cuidadosamente sin desvestirme, pero ella me percibi en sueos, ronrone como una gata, suspir y me coloc los muslos sobre el vientre. Asegur mentalmente que nadie poda acusarla de estar mal entrenada, retir cuidadosamente el aterciopelado muslo, me levant y fui a tratar de dormir en mi catre. No pude, porque se me haba olvidado preguntar a pap si mi abuela viva an, o si despus del suboficial msico no hubo un guardiamarina por lo menos, de acuerdo a la vocacin marinera que pareca tener la buena seora.
Al anochecer sal, con nimo de encontrar a los amigos de la barra. En el San Roque no estaban, de modo que enfil para Villa Morra, en mnibus. Los encontr en la hamburguesera. Estaban todos, Rafael, que tena a su padre con lcera sangrante, que a su vez atribua a que Rafael usara por las noches su adorado BMW. Con una calvicie incipiente temprana, haca cuatro aos que Rafael se sostena en el tercer ao de Derecho. Como siempre, hablaba de autos, su pasin ms grande. Sergio, que quera ser pintor, desde que le conoc, cinco aos atrs, y que se sepa, todava no se haba decidido a empuar un pincel. Hijo de una viuda que de casada -dicen que- era insaciable en la cama, y a cuya agresividad ninfomanaca se atribua la muerte por agotamiento nervioso y vaya a saber de qu ms del marido, al enviudar haba dado una vuelta de ciento ochenta grados y se volvi beata, aunque el mismo Sergio pona en duda tal beatitud contabilizando la frecuencia con que su madre preparaba y llevaba budines de pan dorados y gustosos a la Iglesia, no precisamente para los pobres, sino para el cura, que tena la cara rubicunda del comedor de budn de pan, seal de sibaritismo que despertaba vehementes sospechas de Sergio sobre la virtud materna. No obstante, Sergio no se haca muchos problemas al respecto, y su tranquilidad iba en relacin directa con el dinero que le proporcionaba su madre, que le permita vivir sin trabajar, manejando un Santana mau, estudiar computacin (al menos eso deca a su madre) y cuando no estaba acostado con una mujer, no paraba de hablar de mujeres. 
Sandoval -nunca conoc su nombre- tena en sociedad con una hermana, una casa de modas especializada en alquilar vestidos de novia. Era homosexual asumido y los muchachos decan que gozaba ms que la hermana cosiendo y recosiendo sobre el cuerpo de las novias los vaporosos vestidos (4) usados una y mil veces. Siempre era bienvenido a las reuniones, acaso porque no negaba sus inclinaciones, contaba alegremente chistes de putos, y nadie se ofenda cuando de pronto vea un conscripto rapado llevando un bolsn de galleta a la casa de su oficial, y sala disparado tras su presa. No era raro que muchas veces volviera al da siguiente con un ojo amoratado o con el cuero cabelludo suturado con tres o cuatro puntos alrededor de un claro cortado en su espesa cabellera. Entonces las burlas eran sangrientas, pero quedaban all, porque el que ms rea era el mismo Sandoval. Si alguna vez se acua una Medalla al Coraje del Homosexual, le daran con justicia a Sandoval. Valentn era un campesino rudo, torpe y rico, que de alguna manera logr terminar el secundario en su pueblo natal. Su padre le alquil una casa en Asuncin, le pasaba una mensualidad, le dijo que escogiera una carrera universitaria, le dio su bendicin y le dej solo. 
Las tres veces que se inscribi para los exmenes de ingreso perdi el coraje a ltimo momento y no se present. Entretanto, sigui -mal- el consejo paterno de relacionarse con gente importante y se acopl a nosotros, tratando con ansiedad de digerir cultura y sobre todo aplomo, porque era de una timidez increble con las mujeres, lo que haca suponer que era vergonzosamente casto a su edad. Pero se le toleraba porque en primer lugar siempre tena dinero, exhiba una divertida furia animal ante los avances de Sandoval y prestaba su casa a quien quisiera ahorrarse el precio de un reservado. Sandoval se vengaba de sus rechazos afirmando medio en serio y medio en broma que cuando un amigo estaba fornicando en su casa, l, Valentn, miraba por el ojo de la cerradura y se masturbaba. 
Siempre sospech que eso poda ser verdad, aunque cmo lo averigu Sandoval, es un misterio para m. Yo le tena una simpata especial a Valentn, no del todo desinteresada porque ya me haba sacado de ms de un apuro econmico. Y hasta quise ayudarle en su vida sexual, tratando de meter en su gran cabezota de medio mulato, cuartern o zambo, que las mujeres no eran de una raza superior, que no todas las rubias eran gringas inalcanzables, y que dejara de decir seorita a las chicas y probara con che flaca. Nunca se atrevi.
Y finalmente, Ren con apellido impronunciable, menonita emancipado que un buen da, all en las calles polvorientas de Filadelfia o Loma Plata descubri que servir a Dios y servirse del indio no eran vida para l, y menos casarse con una mujer con pollera al pie y paoleta en la testa y no vestir jams nada ms elegante que un mameluco de brin azul. 
Reuni as los elementos necesarios para renunciar a su fe, vino a Asuncin, y excelente mecnico, puso su taller de experto en sistemas de inyeccin directa, se rode no se sabe cmo de herramientas y aparatos llenos de agujas y luces calibradoras, form clientela y viva dividiendo el da en dos actividades que resultaran incompatibles a cualquier mortal: serio, circunspecto y formal en el taller, y borrachn y mujeriego de noche.
Tal era el grupo de amigos con el que desde hacia horas estaba compartiendo cerveza en latas y hamburguesas grasientas, descubriendo al cabo que no estaba en onda, que me senta ms que aburrido, harto de la charla ertica de Rafael, que en ese momento hablaba de la mejor manera de hacer el amor en el asiento trasero del BMW, mientras Sergio, el pintor en potencia, ya borracho, trataba de averiguar con Sandoval, el invertido, sobre la dosis exacta de Leche de Magnesia Phillips que agregarle a la masa del budn materno para ponerle en aprietos al cura sin matarlo de deshidratacin, en tanto Ren se diverta como loco proponiendo al bruto de Valentn una adivinanza: si las rubias menonitas tenan en el pubis pelo rubio o castao o negro. El pobre Valentn, con el rostro arrebolado me miraba pidiendo ayuda.
- No me preguntes a m, que no pas por esa experiencia -le deca yo, compadeciendo los esfuerzos de Valentn de parecer hombre de mundo.
Me levant, dispuesto a irme. Senta una sensacin de rechazo. De qu cuernos estoy haciendo aqu.
- Ests entre tus amigos -me deca a m mismo.
- Ya s -me responda. -Pero lo que me pregunt es qu estoy haciendo.
- Se supone que has venido a divertirte.
- No me divierto nada. Parece que traje a cuestas un vaco.
- De dnde?
No atin a responderme. Haba chapaleado mucho en el pasado de la gente y del mundo en los ltimos das. Me estaba pesando el pasado, o la inutilidad del pasado que produca viejos que no fueron jvenes, padres sin artes ni oficios, boleros narcotizantes, jvenes maridos castrados, oradores comunistas, combatientes con cresta de color, como gallos enloquecidos, carpas donde el astuto empollaba su oportunidad de volver y el desencantado la decisin de hundirse mucho ms al sur? De ese linaje soy yo? Jess.
- Prefiero descender de los muertos -dije en voz alta, sin darme cuenta, y con tanta fuerza que la chchara de la mesa enmudeci, y todos se volvieron a mirarme.
- De qu muertos hablas? -pregunt Sandoval con femenil espanto.
- De los que murieron porque crean en algo -dije sin pensar lo que estaba diciendo.
- Y si en lo que crean era un error? -no poda ser otro ms que Ren-. Si yo hubiera muerto por los menonitas le hubiera pedido a Dios que me enve al puto infierno, por pelotudo -aadi, terminante, y vaci una lata de Pilsen.
- Moriras hoy por algo? -pregunt al ex-menonita y me contest con un eructo.
- Pero qu te pasa que te volviste fnebre de repente? -me preguntaba Rafael.
- Moriras por tu BMW?
- Jams. Morira EN mi BMW, a 160 por hora y con una pendeja a mi lado!
El coro de risas me hizo sentir ridculo.
- Yo morira por el amor de un marinero! -deca Sandoval, separaba  sobre la silla y meneaba la cadera como una bailarina rabe. El jolgorio creca en estruendo, con tanta furia desatada que desde las mesas vecinas la gente miraba sonriente el espectculo. Y de pronto, escuch la voz ronca de Valentn.
- Yo morira por un amigo -y me miraba con la cara de un perro que se merece un hueso. Sent lstima. El nico pobre diablo capaz de morir por un amigo, no tena un solo amigo. Los payasos no los tienen.
- Que se quede, que se quede, que se quede! -coreaban todos. El forzudo Ren me atrap en el portn y me devolvi a la mesa y me aplast contra mi silla. Los dej hacer.
- Si tenemos un programa formidable para esta noche! Juramos a Neida que iras con nosotros -deca Sergio.
- Adnde?
- A la discoteca, cretino!
Neida era el equivalente femenino de Ren, el ex-menonita. Con ttulos universitarios en computacin, trabajaba en la Binacional. Rafael deca que de da era programadora y de noche programera. Y no andaba equivocado, pues ya haba hecho el amor con todos y en todas las posiciones, salvo con Valentn, que no dej de ver a la seorita en aquella enana insaciable de piernas cortsimas, muslos como jamones y monumentales pechos. La cerveza se me revolvi.
- Voy al bao -dije.
Fui al bao, sal dando un rodeo y me encontr en la calle, respirando con ansiedad un aire que pareca nuevo.
Camin hasta el local de El Lector, donde se lanzaba el nuevo libro de una poetisa. En ese momento, un conocido escritor estaba presentando el volumen, con esa voz metlica y arzobispal que tanto envidiaba. La autora pona cara de modestia y probablemente lo que estaba diciendo el presentador era ms importante que todo el contenido del libro. Suele suceder, porque se supone que un presentador de renombre es como una topadora que va abriendo camino al xito, o por lo menos a las ventas, del libro en cuestin, sin contar, claro, con el sesudo prlogo, que suelen ser obras maestras de la literatura de compromiso. Social, se entiende.
Compr un ejemplar de Mecnica Popular, rico venero de ideas artesanales tiles en mi taller, y decid despus caminar hasta Repblica Argentina para tomar el mnibus a casa. En una esquina una vieja seora, con un estropeado vestido azul y zapatillas japonesas en los pies, miraba con melanclico aire de derrota una pirmide de pollos que giraba sobre el fuego. El cheque de mi padrino me estaba haciendo sentir rico y generoso. La anciana tena cabellos color zanahoria de las rubias canosas que se tien, ojos muy claros -poda ser el hambre que dicen que licua la mirada- y como una ltima concesin a la elegancia, una cartera que de nueva habra sido suntuosa, pero entonces ya no lo era.
- Le gustara comerse un pollo, seora?
Me mir con desconfianza.
- Es Ud. un vicioso, joven?
- Le aseguro que no tengo puesta la mirada en su virtud.
- A cambio de qu?
- A cambio de respuestas. Setenta aos?
- Un poquito ms. Pero solo un poquito.
Un pollo bien vala para ella algn gesto de coquetera, si despus de todo el jovenzuelo preguntn ERA vicioso.
- Qu haca en su juventud?
- Para qu quiere saberlo?
- Estoy reconstruyendo el pasado.
- Me parece Ud. algo loco. De veras lo del pollo?
- De veras.
- Y para qu quiere reconstruir el pasado?
- No s, doa. Se me meti en la cabeza. Eso es todo.
Me apunt con el dedo.
- Ud. estuvo viendo en la tele la historia del negro ese que fue al frica, a conocer sus races.
Me sigui apuntando con el dedo, como si ver la televisin fuera un pecado. Quizs lo era, despus de todo.
- No vi la serie esa. Pero volvamos a ahora. Ud. parece una mendiga...
- No lo parezco, lo soy.
- Pero ve tele.
- Cuando me cuelo en casa de mi hija.
- Suea extrao, doa. Si su hija tiene tele, algo debe tener para alimentarla a Ud.
- Apenas consigue que la alimente el marido. Y entre su marido y yo hay un mutuo sentimiento de aversin. Y el pollo?
Entramos al local donde nos ubicamos en una mesa. Ped un pollo entero, y antes de irse el mozo, ella agreg al pedido una botella de vino, mirndome con aire de disculpa y diciendo ya que estamos.... 
Reinici mi investigacin.
- Ud. parece una persona culta.
- Vieja tirada no soy. Fui maestra.
- Debe tener una jubilacin.
- Se perdi el expediente tres veces. La tercera me di por vencida.
Apareci el mozo con el pollo, cortado en cuatro pedazos, y la botella de vino. La anciana mir con hambre aquella carne crocante y dorada. Su mirada se desplaz del pollo a m.
- Para m sola?
- Ya cen, y tambin el vino -y justamente tapaba mi vaso para que el mozo no me lo sirviera. Le sirvi a ella, y ella mantuvo apretada la mano del mozo hasta que su vaso rebos. Se lo zamp todo de un trago, dijo al mozo que deje la botella a mi cargo y volvi a llenar su vaso. Esper que aferrara su pollo con garras hambrientas y que devorara (5). Me equivoqu, se sirvi delicadamente un trozo pinchado en el tenedor, y empez a comer modosamente. Algo de la maestra sobreviva en ella, hasta en el uso elegante de la servilleta, especialmente cuando envolva las puntas en un dedo y se limpiaba la comisura de sus labios. Con el vino tena modos menos cortesanos.
La vea comer.
- En los aos cuarenta debi ser una mujer atractiva.
- Rubia y con mucha cadera -dej de masticar-. Pero cintura fina. Es ese su vicio?
- Y dele con el vicio, doa. Ud. lo dijo, busco races.
- Perdn. Supongo que habr trado dinero para pagar el pollo.
- Claro. Y cmo era aquello?
Dej de masticar. Bebi medio vaso y se sec los labios.
- Tena muchos galanes. Pocos llegaron a amantes. Era divertida, bailaba hasta el amanecer.
- Dnde?
- Nada de locales de medio pelo. Yo era el tipo de muchacha que los hombres gustan de exhibir. Decan que me pareca a Anselmita Heyn, y no mire mi pobre nariz ahora, porque no me va a creer que comparaban mi nariz con la de Greta Garbo.
Todo es posible. Aquella nariz ganchuda poda haber sido ms hermosa. 
Fiera venganza la del tiempo, me vino a la memoria la letra de un tango que cantaba pap cuando se afeitaba.
- Dnde iba a bailar?
- Al Unin Club, al Circolo Italiano, a la Casa Argentina. A veces al Mbigu.
- Su madre le permita salir sola con hombres?
- No tena madre. Muri cuando yo nac. Pap se volvi a casar y fui a vivir con una ta vieja, soltera y amargada, que nunca se divirti y se vengaba alentndome a que no parara de salir y bailar. No termin puta porque era maestra, enseaba y como dicen hoy Uds., hay que cuidar la imagen. Antes no haba imagen, haba reputacin.
- No veo la diferencia.
- La imagen de Uds. no pasa por el sexo. La reputacin s. Ah tiene. 
Le dice algo eso del pasado que busca? 
- Algo. En todo caso Ud. no era una puritana.
- Rubia, alta, caderuda. Un poeta me dijo que Nuestro Seor me model para el placer. Le daba la razn con discrecin.
- Y los boleros?
- De qu boleros habla?
- Juan Arvizu, Ortiz Tirado, Jos Mojica... -rememor las remembranzas de mi padrino.
Ella suspir hondo. Haba tocado un nervio, estuve seguro. La masticacin se detuvo, sorbi el vino con la delicadeza de una mariposa sorbiendo nctar. No supe si sentirme feliz o arrepentido de haberle inyectado por fin nostalgia. En el fondo de la botella quedaba apenas una tenue (6) lnea de vino sobrante, y mi (7) invitada estaba evidentemente ebria. Y empez a cantar. No tena mala voz.
- Ven, mi corazn te llama.     
Ay, desesperadamente.
Ven, mi vida te reclama
Ven, que necesito verte...



Lloraba. Se enjug los ojos con la servilleta. Un seor gordo aplaudi discretamente. Su esposa, tambin gorda, le dijo:
- Siga, abuela.
Ella se irgui.
- S que volvers maana     
Con la cruz de tu dolor
Mira, qu forma de quererte
Ay, desesperadamente.

Los aplausos, algunos de admiracin, otros de compasin y los ms, burlones, sonaron en las otras mesas. Ella se encogi y ri con risita de nia avergonzada. Estaba gozando, al fin, de un protagonismo inesperado. 
Posiblemente senta su cuerpo joven, la amplitud de su cadera garbosa y el dorado resplandor de su cabello rubio. Solo un instante de gloria y regreso, segundos quizs, un alto delicioso en el camino a la sepultura.
- Eso era msica, msica, msica -deca con frenes, con un retintn juvenil, y agregaba-: Era msica, no ruido. Sabes que las trompetas tenan sordinas para llegar mansita la msica a los odos? Altavoces, puaj! Cuando paso por esas discotecas me parecen sucursales del infierno.
Estaba algo enojada. Por calmarla, dije que tambin tendran msica alegre. Sufri un inesperado arrebato, de borracha.
- Conga, Rumba, Samba, Foxtrot, Pasodoble! Hacamos temblar los tablones de la pista del Mbigu...!
Se levant de un salto, se puso la canastilla del pan sobre la cabeza y empez a bailar mientras tarareaba algo as como un galo de noite cant..., anunciaba que era la Carmen Miranda paraguaya y que vengan los aplausos. El pblico aplauda, y el seor gordo se levant a bailar con ella mientras la avergonzada seora gorda le tiraba del faldn de la guayabera. Un agente de polica asom, dud entre rerse o llevarla presa, opt por lo primero y empez a batir palmas l tambin. Para m, las cosas ya haban ido demasiado lejos. Pagu al mozo, y cuando me iba, ella estaba a mi lado, retenindome del brazo.
- Gracias -me dijo-. Hace tanto tiempo que no divierto.
- Por nada. Me permite una pregunta? Fue feliz?
- Tuve momentos felices. No hay que pedir ms a la vida.
- Adis, seora.
- Un momento, joven. Qu busca? Miserias?
- Tal vez.
- Para qu las busca en el pasado? Aqu, y ahora, estamos llenos de ella.
Sal a la calle, dialogaba conmigo mismo.
- La vieja te acus de buscar miserias.
- No tena razn.
- Pero esperabas una historia trgica.
- Escuch la de una libertina.
- Existieron en todos los tiempos. Adems no era libertina, era maestra.
- Era una maestra libertina.
- Y esperabas un final trgico. No alcanz a contarte, o no hubo tragedia en su vida.
Escuch un lamento horrible de gomas sobre el asfalto y un golpe. Un golpe blando, de carne machacada y hueso desarticulado. Me volv. En el piso yaca mi invitada, se sacuda con el temblor de la muerte y qued quieta. Una mancha corra por el asfalto. No era sangre, era orina, o vmito. Un pollo vomitado, la cena del condenado. El coche culpable haba acelerado como una centella, pero alcanc a ver. Era el BMW y Rafael iba al volante.
- La borracha se lanz frente al auto...
- Deca alguien.
- Alguien tom la chapa?
- Es uno de esos hijos de pap...
Solo escuchaba rumores. Un peso macizo ascenda por mi garganta. Tal vez fuera culpa, ma, de mi generacin. De Rafael. Pero yo por lo menos, estaba tratando de saber de dnde vena. No me consol, porque me vinieron las nuseas, y vomit mi hamburguesa.
- Bueno, hermano, ah tienes la tragedia que esperabas. 



Captulo III
Esa noche no pude dormir en el catre instalado en el caluroso taller. 
No por la aspereza del catre ni por el caliente vaho de diciembre que entraba por la ventana, haciendo competencia a los mosquitos, sino porque el corazn me lata con un largo susto que no terminaba de calmarse, despus de or algo de aquella vida y ver todo de aquella muerte. A los hombres les gustaba exhibirse conmigo haba dicho la anciana, con cierto orgullo. Le gustaba ser objeto, como a muchas mujeres hermosas, u opulentas, como en su caso. En eso no ha cambiado nada desde entonces -me dije- pero quedaba un motivo de reflexin, sobre qu clase de hombres es aquella en que ellos gustan de exhibir a mujeres hermosas, o exhibirse ellos a travs de la mujer hermosa. Caramba, eso es natural y de todos los tiempos. Quin se casa con una mujer fea? Pero lo que me importaba era que muchos de aquellos hombres haban pasado por una revolucin, o mejor por una guerra civil, o quizs no haban pasado sino quedaron enterrados en alguna fosa cavada a bayoneta, o se fueron al exilio, o se quedaron a usar los privilegios de la victoria, o volvieron a gozar de la flexibilidad del espinazo. No vean venir aquella quiebra sangrienta mientras exhiban a la rubia caderuda en el Unin Club o en la Casa Argentina? Qu hicieron para evitarla? Y por fin qu tipo de despojo de un tiempo imprudente era la pobre vieja que muri atropellada por el BMW de Rafael? Lament no haber sido ms preguntn. Haba mencionado una hija que no poda alimentarla porque apenas alcanzaba para ella la generosidad del marido. Hija de quin? Hija de qu? No alcanz a decirme que se cas, ni con quin. Mi insomnio taquicrdico se acentu cuando comprend que haba visto morir a una mujer sin historia. O con?
Mi reflexin me llev a Rafael, y sent la repulsin, que se alzaba de las profundidades de mi desconcierto con la sospecha de que Rafael haba atropellado deliberadamente a la anciana. Se diverta hacindolo con los perros, especialmente cuando estaba alcoholizado, y ese cretino buscador de sensaciones era muy capaz de averiguar qu se siente aplastando a un ser humano. Poda estar equivocado, pero cuando no se maneja un auto sino un Dios mecnico con poder de vida y muerte, la tentacin debe ser grande.
Lo nauseante era sentirme cmplice moral de aquel inmisericorde exterminio de una vida. No -me dije- Solo quise alimentarla. Ella pidi el vino. Pero una botella de vino no exime de culpas a gente como yo, Rafael, Sandoval, Sergio, Valentn o Ren, que quizs seamos de la misma pasta de aquellos que bailaban la rumba con la caderuda, sin sospechar que se desatara el infierno, o contribuyendo desencadenarlo.
Muchas de mis dudas se disiparon al da siguiente cuando lea el diario de la tarde. Una breve esquela fnebre deca que Selene Acosta de Garca, participa la trgica muerte de su madre Delia Acosta (de nadie ni viuda de nadie) e invitaba a las personas piadosas... etc. La rubia amazona apasionada por el baile no se haba casado. Tuvo una hija natural a la que llam Selene, quizs porque la gest sobre la playa arenosa del Mbigu, a la luz de la luna mientras el viento traa la msica de la fiesta. Despus de todo -coleg- tal vez no le dieron la jubilacin de maestra, solo porque se perdi el expediente, sino porque se perdi ella misma. Paz en su tumba. La debe necesitar mucho.
En las pginas de policiales -resumo- contaban un espectacular accidente de trfico ocurrido (8) en la madrugada de hoy, cuando el automvil BMW guiado por el joven Rafael Gaviln, de profesin estudiante (9), fue a dar a las excavaciones de la Avenida Madame Lynch, quedando con las ruedas al aire. El conductor result felizmente sin desgracia personal, descubrindose que en el momento del accidente el conductor estaba en avanzado estado etlico. Que la Polica encontr en el interior del coche siniestrado picaduras de marihuana, y jeringas desechables aunque hasta la fecha no se ha descubierto drogas en el automvil (busquen en el hueco del parlante trasero izquierdo del estereofnico le dije al diario). Agregaba que el coche tena evidentes rastros de sangre humana, y la Polica estaba conectando al conductor con la espantosa muerte de una anciana en la Avenida San Martn, quien fue atropellada dndose el conductor a una precipitada fuga (ests listo, Rafael, la lcera de tu viejo estar sangrando a chorros). Con relacin al mismo caso, la Polica busca a un segundo joven tambin de apariencia patotera, quien segn testigos presenciales haba embriagado deliberadamente a la anciana. 
Luego vena mi descripcin como de 1,75, de 23 a 25 aos, de cutis muy blanco (no tanto, estaba plido como un muerto) cabello negro rizado. 
Viste pantaln vaquero, championes blancos y remera blanca. Finalmente la crnica deca que se presume que la muerte de la anciana se debe a una broma macabra, o un desafo, de los jvenes irresponsables que tanto abundan en nuestra ciudad. De que me buscara la Polica no me preocup mucho. Yo haba visto a Rafael, pero Rafael no me vio a m, y si me vio, no le pasara por la cabeza que me fui de la hamburguesera para emborrachar a una vieja. Me sent ms tranquilo. Pero aquello de jvenes irresponsables que abundan por la ciudad no me sent bien. Yo no era de esos. Yo no apostaba la vida de nadie, pero mi amigo Rafael s era capaz de hacerlo, con lo que se borraba no poco la diferencia que quera establecer entre Rafael y yo. Aquella maldita botella de vino...
Cuando levant la vista del diario, observ en la calle que el suntuoso Oldsmobile Diesel de Valentn -una catedral sobre ruedas- se aproximaba a la acera y se detena. Fui a recibir a Valentn, a quien le invit a pasar, extraado de que me visitara, pues nunca lo haba hecho. 
Prefiri quedarse en la acera y sin mayores prembulos me dijo.
- Anoche te segu.
Mi taquicardia volvi. Pero call esperando que continuara:
- Not que te escapabas de la hamburguesera -dijo-. Yo tambin hice lo mismo. Te vi con la vieja en la pollera... y lo que pas despus.
- No tengo culpa alguna, Valentn. Solo quise ser generoso.
- Es lo que quiero que me expliques un poco. Siempre te cre mejor que los otros. Por qu lo hiciste?
- No alimentaras vos a una vieja hambrienta? Lo dems fue un accidente.
- En el diario dice que...
- Ya s lo que dice. Crees que caera tan bajo?
- No s. Yo siento a veces ganas de volverme salvaje y destrozar todo.
- Lo has hecho?
- No.
- Yo tampoco, Valentn. Y quiero recordarte algo que dijiste. Que moriras por un amigo. No te pido tanto. Solo te pido que calles. La Polica me busca. Estoy encontrando un trabajo. A lo mejor lo pierdo si salgo en los diarios como patotero.
- No soy delator, Erasmo.
- Me alegro. Pero lo que importa es que me creas inocente.
- Te importa? Por qu?
- Porque soy tu amigo. Y no te estoy comprando al decrtelo.
Su felicidad fue inocultable.
- Amigo de verdad?
Asent.
- Me hace sentir bien cuando me dices eso.
Andaba yo sintiendo el fro hmedo, como de tumba anticipada, de la soledad de los viejos. Y ahora estaba sintiendo la melancola cida de la soledad de un hombre joven, y el parpadeo de una iluminacin interior al encontrar un amigo. Despus de todo -me dije- no es tan bruto, y de seguro se senta tan solo como en su casa sin ruidos cuando estaba con la barra. 
Ahora tena la expresin de no estar solo. De estar comunicado, de no ser payaso, sino un hombre. 
Mi hermana llegaba taconeando por la acera, con prisa, pero tuvo tiempo al pasar a mi lado, para susurrarme:
- Te has comprado un chimpanc?
Me volv a Valentn, para pedir disculpas por si hubiera odo el exabrupto de Luca. Pero lo que l oa era otra cosa, campanas celestiales de cristal que taan convirtiendo el mundo en Navidad, a juzgar por la manera de mirar a mi hermana meneando el trasero con ese aire profesional tan gentil al subir los tres escalones de la entrada. Jams le haba visto a Valentn, mirar a una mujer de esta manera. Lo que acostumbraba era echar un vistazo y bajar los ojos, como si pensara para qu mierda mirar lo imposible. Pero ahora tena la mirada fija, aun despus de que mi hermana desapareciera en la pieza de mam. Conclu que si esto no es flechazo yo soy caca de perro.
- Quin...? -gorgote Valentn.
- Es mi hermana.
- Ah s.
No, mi querido Valentn. Por fin te has decidido menear el rabo, ests empezando a vencer tu quietismo hormonal. Tu libido se est soltando las trenzas, muchacho. No ser yo el que desperdicie este momento. Para eso somos amigos. Los pensamientos pasaban veloces por mi mente, y me jur que la cuestin no terminara con una formalista ah s....
- Me esperas un momento, Valentn?
Entr a la casa, desde el corredor llam a Luca, que charlaba con mam, sentadas en la cama.
- Luca, quieres venir un rato?
- Para qu? -por qu siempre andaba a la defensiva?
- Quiero presentarte un amigo.
- El chimpanc? No. Gracias.
- Por favor...
Luca se dirigi a mam:
- Tu hijito est experimentando un cambio. Para m que lo agarraron los mormones. Ayer me pidi perdn y hoy dice por favor.
Pero se levant y vino a m. En la acera Valentn simulaba mirar atentamente una golondrina, all arriba, muy arriba, lejos de la terrible cercana de aquella superhembra. Ella hizo un desganado movimiento de salir a la calle.
- Espera -le dije-. Mir aquel Oldsmobile.
- Lo miro, y qu?
- Es el auto del chimpanc.
Observ a mi hermana cuya expresin haba cambiado. Casi poda orse el ruido de engranajes de su cerebro haciendo clculos aritmticos.
- Qu esperamos? -dijo impaciente.
- Escchame un momento. Estoy casi seguro que nunca conoci mujer, como dice la Biblia.
- Te aseguro que la conocer de sobra -contest meneando la cadera.
- Es que... no quiero que lo lastimes. Es mi amigo.
- Tarado? -pregunt con aprensin.
- No, es del todo normal, si no tomamos en cuenta su timidez.
- Y qu quieres de m?
- Le debo un favor. Quiero que le hagas hombre.
- Es impotente?
- Eso tendrs que averiguarlo. Y no lo hieras, vuelvo a pedirte.
- Pero cul es mi papel?
- No ser la mujer de su vida, sino la primera en su vida. Algo as como empujarle al agua, para que sepa nadar.
- Y qu hay de la parte...? -con los dedos me dibuj en la frente el signo $.
- Suele ser generoso. Su pap es estanciero.
- Hermosa combinacin.
- No seas tan cnica. Y por favor, no te ofendas si te dice seorita.
- Soportar el insulto. Todo por mi hermano - me bes en la mejilla y de un salto estuvo en el portn, le dijo hola a Valentn, se aferr a sus hombros y le dio un beso en una mejilla y otro beso en la otra. Buena cristiana. No quise mirar, temiendo ver a Valentn salir disparado, subir a su auto y salir quemando cubiertas. No ocurri tal cosa. Jams vi cara ms arrebolada que la de Valentn y poco despus mi amigo ya entraba a casa, remolcado por mi hermana, que le traa de la mano y l la segua con el cierto aire atemorizado de quien va cruzando un cementerio en noche de tormenta. Solo faltaba que silbara para ahuyentar el miedo.
Mi padre sala en aquel momento, dentro de su traje marrn.
- Quin es ese tipejo? -dijo refirindose a Valentn.
- Es un amigo mo, pap.
- Se sent en mi hamaca -me inform con aire ofendido.
- Lo que me recuerda que debemos comprar un juego de sillas para el corredor.
- Vaya qu carro! -exclam pap, mirando el automvil de Valentn - -deca carro por influencia de la televisin en blanco y negro del dormitorio.
- Es del tipejo.
- Caficho?
- Todo lo contrario. Es un muchacho honesto. 
- No s qu quiere un hombre honesto en esta casa.
Y se fue, pidiendo que informara a mam que no vendra a cenar. Para qu? Le segu, camin a su lado hasta la parada de mnibus. Desde la esquina donde estbamos se volvi a mirar el automvil estacionado frente a su casa.
- Yo llegu a tener un Nash -dijo.
- Un qu?
- Un auto. Lo compr en el sesenta, del modelo 48. Cuando me cas con tu mam y tuvimos el terrenito, lo vend para hacer la casita. Apenas dio para 3.000 ladrillos.
- Mi abuela vive, pap?
- Mi mam? Muri. Su suboficial msico era tarambana, y mam era brava. Un hombre ya se haba burlado de ella y yo era la consecuencia. No permiti que otro hombre la burlara y cuando dorma le derram queroseno (10) en los odos. El hombre qued sordo de ese odo, vaya castigo para un msico. Mam fue al Buen Pastor, la soltaron despus de un tiempo. Fue a verme a la Escuela de Artes y Oficios, me dijo que ya era grandecito y poda valerme solo, me dio un beso, volvi a su casa de Varadero, tom unas cuantas cucharadas de Verde de Pars y muri.
- Qu razn tena para morir?
- No querer vivir. Le tena terror a la vejez.
- Te tena a vos, pap.
- Para cualquier mam no es gran cosa tenerme a m. Ah viene mi mnibus. Ojal tu hermana le enganche de las bolas al tipejo.
Volv a casa. Efectivamente Valentn estaba sentado en la hamaca de pap. En una silla, delante, Luca le serva terer. Valentn pareca ms animado. Hasta conversaba. Mam estaba oculta en mi taller.
- Qu haces aqu, mam?
- No quiero que ese mozo vea mi facha. Es cierto que es el dueo del auto ese? -se tendi en el catre, tirando de la pollera para no mostrar sus muslos gordos y blancos. Me sent a su lado y empec a hojear mi ejemplar de Mecnica Popular.
Pero no lea, ni vea. Oa a pap hablar sin pena del trnsito de su madre. Y senta a mam metida en un agujero, para no ser vista.
Bonito resumen de mi familia, al que le agregaba lazos y moitos de plstico barato mi hermana.
- Yo soy una buena persona, mam.
- Al que diga lo contrario lo mato -ri y me hizo cosquillas con el dedo gordo del pie entre las costillas.
Si supiera que lo deca porque me estaba comparando con ellos, su humor hubiera sido otro. Un padre intil. Una madre con abstinencia sexual forzada que a veces estallaba en rabietas y a veces en ternuras. Mi hermana. Me senta ms prximo a mam, aunque tambin ms arriba. Me tend a su lado, sin (11) tocarla, consciente de la sexualidad frustrada que exudaba (12).
- Mami, te quiero.
- Es una declaracin de amor? -estaba en vena alegre.
- No te lo dije antes?
- Cada vez es la primera vez -ri.
- Pintoresca!
- Por qu me quieres?
- Porque necesito quererte.
- Es muy lindo lo que dices -me bes la mejilla-. Hueles a cucaracha o es el cuarto?
Me levant. Sal afuera cuando Valentn se despeda de Luca en la acera. Abord su auto, arranc el motor diesel que pareca moler tuercas y sali con una violenta acelerada. Jams lo haca as. Sola soltar el embrague para que el coche se moviera con la suavidad de un cisne en un lago manso, y de repente, se disparaba como para ganar un Rally. Por fin haba cado en el pecado que lleva a un joven a despabilarse, el exhibicionismo. Mi hermana no perda tiempo. Y se lo dije.
- Es un tipo simptico -fue todo su comentario, y entr a la casa. 
Raro, ya no era un chimpanc. Era un muchacho simptico. La segu y la alcanc. Estaba preparando cocido con leche en el calentador a alcohol.
- Cmo te fue?
- Me hablaba de sus padres all en la Estancia. Tu amigo tiene padre y madre y 9.000 cabezas. Me miraba las piernas y te juro que yo las mantena modosamente unidas.
- Deberas haberlas abierto un poquito.
Se volvi a mirarme con sorna.
- Pretendes ensearme mtodos de seduccin?
- Jams.
- Entonces dejame tranquila.
La dej tranquila. 



Captulo IV
Lleg por fin el temido viernes de mi cita con la vieja Natalia. 
Parte de mi trabajo, y fui al centro, porque al revs de mi padrino, que viva all en el extremo sur de la calle Per, despus de tener su tramo comercial, su tramo residencial y finalmente su tramo proletario donde haba construido su mansin posiblemente uniendo cuatro lotes provenientes de empedrados impagos, Natalia viva en el centro, en la calle Mariscal Estigarribia, en esas dos cuadras residenciales de casas convertidas en clnicas, consultorios, laboratorios y oportunistas farmacias puestas al alcance del dolor humano, con una extraa manera de interpretar el trmino rentabilidad. Su casa era la nica que segua siendo casa, tena un zagun con sus tres escalones de mrmol, separado de una galera interna de cuatro lados rodeando un patio interior de pobladsimo jardn, crotos, jazmines, nudosos rosales y campanillas azules que cubran enteramente el andut de hierro que coronaba en el centro del patio, a un aljibe muerto. 
Ninguna de esas plantas tendra menos de medio siglo, y con seguridad ms, la rugosa planta de ovenia que creca en la acera.
Cuando puls el timbre, esper ser recibido por una rplica de Sixta, pero no fue as. Una joven mucama, fresca, sonriente, de guardapolvos nveo, cofia de juguete sobre sus cabellos lacios y brillantes, y que pareca deslizarse con suma gracia sobre sus zapatillas blancas de tennis, me recibi amable, mir mi guitarra con inters y sonri mostrando perfectos dientes, todos suyos; requiri si yo era Erasmo Arzamendia, le dije que s y me hizo pasar a la sala que no voy a describir porque tendra que describir un recinto donde se ha detenido el tiempo y no me siento capaz de hacerlo, contentndome con alzar la mirada al techo y contemplar la escena buclica de tres ninfas entre sonrientes y asustadas que huan de una turba de faunos en el verdor de un bosque helnico. El desconocido muralista no era moralista, pues pareca conocer a las mujeres, porque en la cara de las ninfas no se vea mucho miedo de ser atrapadas por los garridos faunos. Todo lo dems eran lmparas elaboradas, retratos de antepasados con bigotes y antepasadas en su mayora gordas, un retrato de bodas de una mujer dorada y un oficial casi nio que sacaba pecho y sonrea a la cmara, cuadros, bibelots sobre mesitas protegidas por carpetitas de encaje. Un gran piano negro con lustre de atad, y muebles que deban ser Luis con algn nmero romano. La ventana quedaba a la calle tena puerta-puerta, puerta con celosas, puerta con cristales y cortinas de voal, que supuse se escribe voile. Piso de baldosas sin alfombra, porque sera un crimen cubrir aquellos laberintos de color que terminaban formando dibujos geomtricos que parecan al mismo tiempo rosas, mariposas, tulipanes y si se forzaba la vista y la imaginacin un ballet de pavos reales. No sent olor a viejo, sino olor a tiempo, que es ms reconfortante.
- Sintese, seor y espere un momentito -me dijo la almidonada y fresca mucama, que ola a sbanas de abuelitas limpias, y se fue al interior. Presum que no iba a esperar un momentito, que la chica estara cambiando presurosamente la ropa de cama, esparciendo desodorante (13) para disimular el inevitable olor a pis de las piezas de los ancianos enfermos, tirando ruinosas chancletas de felpa bajo la cama y metiendo en el cajn de la mesita de luz una veintena de frascos medicinales a la vista. Apostaba a que estaba abriendo ventanas para que salieran los tufos espesos del sufrimiento y entrara algo de aire de renuevo, necesario aunque trajera peligro de enfriamientos... en pleno diciembre.
Volvi la mucama y no dijo pase sino ya viene. Ya viene? Despus de todo no tendra que cantar boleros en una antesala del cementerio. E inmediatamente vino ella. Luca un vestido normal, un collar de coral en el fino cuello, un cinturn de seda anudado graciosamente sobre la cadera y sus calzados eran de taco bastante alto. El cabello encantadoramente blanco -odio los cabellos teidos- muy tirantes y terminado en un coqueto rodete, del tamao y forma de una hamburguesa sobre la cspide del crneo. 
Pareca una vieja dama recin salida del saln de belleza y no la esclerosada ruina que describa mi padrino. Me estaban tomando el pelo entre los dos? Domin mi irritacin, puse cara gentil y con reverencia me present. No le di la mano, porque la suya pareca de porcelana plida y transparente, y por ah mi torpeza la lastimaba.
- Toribio ya me habl de Ud. -dijo con una voz susurrante, baja. De joven hubiera sonado tremendamente sensual. AN sonaba sensual-. Gusta tomar algo?
- Un caf -tartamude, todava impresionado y sospechoso de ser la vctima de una broma senil.
Le bast a Natalia una mirada a la mucama para que esta saliera disparada a buscar el caf. Me ofreci asiento, y ella se sent a su vez. 
Pareca una reina en su trono. Vieja, pero imponente. Sus ojos brillaron divertidos cuando observ la guitarra que estaba sobre el piano y dese hallarme a mil aos luz de all.
Brillaron divertidos? Qu haba dicho don Toribio? Trat de recordar. Ojos apagados por la arterioesclerosis, y una mente sin memoria tras esos ojos. Una memoria en blanco donde l instalaba sus historias no vividas.
Inclinaba la cabeza, solo un largo dedo un poquitn nudoso le bastaba para sostener el mentn, la sonrisa y los ojos.
- Adivino su desconcierto... cmo se llama?
- Erasmo.
- Erasmo -pronunci el nombre como deslizando cada letra en miel sobre su lengua. Seor -le dije al Seor- esta no es una vieja, sino los restos de una bomba. En cierto modo todava activa.
- Ya que adivin mi desconcierto, seora... Me lo saca?
- Quiere explicaciones?
- No quiero ser burlado. Pens encontrarla en cama, agonizando a gotas.
Qu risa fcil tena! Mi homenaje fue para el odontlogo que le haba colocado tan lindos dientes postizos que no deformaban su hermosa boca.
- Eso se lo dijo Toribio? No le minti. Yo tampoco quiero mentirle a Ud. Me encantara que me cantara un bolero, pero eso no es todo.
- Pero qu es todo?
- Toribio no me miente a m. Yo le miento a l. Y l le miente a Ud., Erasmo.
Sin saber que me miente, complet. Pero aun as resultaba confuso. 
Ella detect mi extravo.
- Toribio -explic- cree que me trae consuelo -ri- y me trae diversin.
Vio en mi cara que yo pensaba que era cruel de su parte. Dej de rer. Con seriedad dijo:
- Y compaa. Erasmo, no tienes idea de lo que la soledad duele.
Le agradec el tuteo. Sabio, el momento exacto en que una mujer cambia el Ud. por el t para atrapar al hombre. Lstima que la mujer podra ser mi abuela, y solo me demostraba que de joven habra sido tremendamente canchera. Quizs la llegada de la mucama con el caf tambin era parte de ese montaje.
- Sabe Ud. que don Toribio la adoraba de joven? -acept la tacita.
- Pues s, siempre lo supe -bebi la suya. La mucama se evapor.
- Cmo?
- Me segua adonde iba -rea. Era una de esas personas que toman todo a risas, y que estarn riendo cuando el cura les d los ltimos sacramentos. Pero quizs me equivocara con ella. Rea solo con lo que provocaba risa.
- Y me atraa, sabes, Erasmo?
Repeta mucho mi nombre. Mujer hasta la mdula, saba que el sonido ms dulce que uno escucha es el del propio nombre. Usado por una mujer, desarma.
- Mi padrino la atraa?
- Era un retacn fornido y de pelo grueso. No era gordo, pero el traje se descosa con l adentro. Tena una energa animal. Me atraa.
- Pero me est describiendo a un patn desagradable para una mujer fina, seora.
- Natalia.
- Natalia.
- Me guardas un secreto, Erasmo?
- Ser una tumba, Natalia.
- Me gustaban los patanes. Pero Toribio nunca se acerc.
No le gustaba solo el patn Toribio. Le gustaban los patanes. Mir el techo. A las ninfas tambin les gustaban los faunos, aunque simulaban correr. Ninfa... ninfomanaca. Despus de todo, la adorada mujer dorada de mi padrino era mucho menos celestial y mucho ms de carne y hueso de lo que l pensaba. Vaya historia de amor. El hombre adorando un ttem rubio, y la mujer anhelando ser triturada en sus brazos. Me pregunt con cierta alarma si yo tena aspecto de patn. Ciertos incendios no se apagan, y todo eso...
- Mi padrino se le acerc. Fue cuando Ud. iba a la Escuela y se le cayeron los cuadernos de deberes.
- No se me cayeron. Los ech. Lo haba visto seguirme. l los recogi.
- Pero Ud. le dijo gracias buen hombre. Y eso le quit coraje.
- Pudo ser un error de mi parte. Pero solo quise establecer las diferencias desde el principio. Y las condiciones. Con un buen hombre una chica se acuesta una vez, no toda la vida -y se qued en silencio.
Y yo qued algo conturbado. Hasta haber alcanzado esta pgina de apuntes de mi crnica, la galera femenina no brillaba por su virtud, ni mi madre que entre tener un marido bobo en la crcel y acostarse con el compadre, opt por lo segundo. Matrona romana, lo que se dice matrona romana, no era. Y ni qu decir de mi hermana, ni de la vieja que fue caderuada y tuvo una hija natural y muri aplastada por Rafael. Y estaba tambin mi abuela paterna, con su vocacin marinera y la crnica de su muerte sin anuncio. Y por fin, Natalia que no sentira en su juventud la menor gana de ser Hija de Mara.
- Cmo haces, Natalia?
- Cmo hago qu?
- Parecer enferma cuando viene mi padrino.
Otra vez rea. Yo tambin. El chiste para m estaba en que en cierto sentido, mi mam estaba vengada. 
- Cuando me lavo la cara parezco un fantasma -dijo con picarda.
La cre. Detrs de esa capa de maquillaje deba existir realmente un rostro viejo y arrugado.
Su expresin de picarda se acentu.
- Haces el amor?
- Con la frecuencia prudente. Y con mujeres, aclaremos.
- Te has fijado en los ojos de la mujer que yace contigo?
Sinceramente, deba decirle que no. Que no hay mucho tiempo para mirar ojos cuando todo el cuerpo y todo el alma est ocupado de galopar.
- No mucho -respond con cautela- qu debo ver?
- Que los ojos se velan. Lo hacemos a voluntad, y logramos que el ego del hombre se infle como un globo. Nos cree desmayadas de placer.
Solt una carcajada tan cristalina, burlona y escandalosa que hasta las ninfas en fuga parecieron detenerse a mirar qu ocurra ah abajo. Los ojos de Natalia, para beneficio de don Toribio y sus ilusiones no estaban velados por la memoria en blanco, sino por una artimaa sexual en la cual me propona ahondar en mi prxima experiencia en la materia.
- Pero...
- No. Ni lo pienses. No hacemos el amor. Solo se sienta al lado de la cama, me mira, me cuenta... hum... nuestras aventuras y yo velo los ojos.
- No teme que yo se lo cuente todo a mi padrino?
- No. Perdera su trabajo, no?
Tena razn. Una vieja tigresa acostumbrada a domar tigres. Yo no era ms que un morrongo.
Fui a tomar la guitarra.
- Te canto un bolero, Natalia?
- Para qu?
- Para seguir ganando mi sueldo.
Dijo hagamos algo mejor. Apag dos lmparas y la luz se atenu mucho. Manipul lo nico moderno que haba en aquella sala, un equipo de sonidos Sony, y la voz untuosa de una tal Elsa Aguirre empez a salmodiar que Ud. es la culpable de todas mis angustias y de todos mis tormentos. 
Se volvi, tendi las dos manos ofrecindose para el baile, mientras meneaba las caderas cadenciosamente. Ganemos el sueldo -me orden- y bail con ella, es decir, ella bail conmigo, me condujo con mano experta; no bailbamos, nos mecamos, su cabeza hundida en mi cogote y una de sus manos aferrada a mi nuca, casi, solo casi, clavndome las uas. As se bailaba seguramente antes de la revolucin aquella, y debi ser agradable si entre ambos bailarines no tuvieran ms de 40 aos. Lo malo es que ahora pasbamos los cien.
Bailamos en la penumbra, con esa msica leve y esa voz de mujer soolienta que segua diciendo que Ud. me desespera, me mata, me enloquece y hasta la vida diera por perder el miedo de quererle a Ud.. 
Las sombras cubran el obscuro piano-atad y pona claroscuros en el terciopelo de los sillones y en la seda de los cojines y en las volutas de la madera torneada, y me vino a la mente una pelcula que alguna vez vi que se titulaba El baile de los Vampiros, y all bailaba Sharon Tate que termin, en la realidad, destripada por unos hippies.
Mientras la msica segua reptando entre las sombras yo trataba de olvidar que estaba presionando mi pelvis de 23 aos contra una pelvis que solo era hueso y que estaba meciendo a un cuerpo liviano con un fantasma, pero duro como un maniqu de piedra. U oliendo la cabeza blanca incrustada en mi mentn con efluvios de espino blanco, jazmn, y madreselva, sndalo, cedro, rosa y pachol, clavel, violeta y pensamiento, azahar de novias y gladiolos de coronas fnebres, en una mezcla embriagante que me trajo el recuerdo de aquella novela de Suskind que haba ledo, y que deca que el perfume vive en el tiempo, tiene su juventud, su vejez y su madurez, pero no deca nada en ninguna parte cuando todo eso se mezclaba en una sola cabeza blanca de anciana que bailaba un bolero con 80 aos en los huesos y 20 aos en el alma.
Bailamos tres boleros y creo que envejec tres aos. Entonces ella, sin volver a encender las luces trajo un botelln de cristal que pareca una gran gema tallada y copitas como de espuma marina; y tomamos ans, que me sent bien, suave, delicioso, con perfume a canela del arroz con leche de mam, muy lejos de la spera cerveza en latas que era mi pan alcohlico de todos los das.
Pareca un momento propicio a las confidencias. Volvi mi preocupacin por el pasado y tom conciencia de que ella estuvo all, y para entrar en la variante seal la fotografa de bodas donde ella sonrea junto al oficial que sacaba pecho.
- Gallardo el hombre -dije.
Mir la foto, sin pena, sin nostalgia.
- Me contaron cmo muri -continu.
- An vive -me dijo con el mismo tono con que habra dicho que ya son cerca de las 19.30, sin emocin alguna.
- Claro, en tu memoria, Natalia.
- No es eso. Las vctimas viven hasta que sus asesinos mueren.
- Jess -se me escap. 
- El que lo mat an vive. Y morir como l -seal la foto- con el pene y los testculos en la boca, desangrado por abajo y asfixiado por arriba.
- Yo pensaba que cay en una batalla cuando al frente de sus hombres atropellaba un nido de ametralladoras, o algo parecido.
- No fue as. Cay en una emboscada. Se entreg prisionero. Y le hicieron eso. S quin fue. Dnde vive. Vive esperando morir en paz en su cama.
- Pero ha pasado tanto tiempo.
- Estuve esperando al hombre. Al que lo va a matar. Y ya has llegado, Erasmo.
Me qued helado. Hace rato ya haba hecho mi autocrtica:
- Sos una bala perdida -me deca.
- Es cierto -me contestaba.
- No has ingresado a la Facultad por falta de coraje.
- Cierto.
- Le tienes terror a las obligaciones y a los compromisos.
- Otra vez tienes razn.
- Desprecias a pap y cada vez te pareces ms a l.
- Si vamos al caso, tampoco me molesta que mi hermana sea puta, agrega eso.
- No piensas en el futuro como lo que vendr, sino como que sea lo que venga.
- Y por eso me hundo en el pasado?
- Todava debemos analizar por qu te hundes en el pasado.
- Pero entretanto, hermano -me deca a m mismo- soy un muchacho fundamentalmente honrado.
- Ser porque ser sinvergenza exige ms coraje que ser honrado.
Fin. Con base en la cobarda y todo, seguira siendo honrado. Matar. 
Dios me libre. Me levant, tom mi guitarra.
- Renuncio -dije.
- A qu?
- A mi padrino, a Ud., y a mi papel de partiquino en esta comedia de locos.
-Y a la riqueza tambin?
- Qu riqueza?
- No tengo parientes. Mi hermano menor muri de leucemia. Esta casa ser tuya, y la cuenta bancaria, y los depsitos en las financieras...
- Me voy -dije.
- Volvers -dijo, y ri.
- No! -repliqu enojado. 
- Si tienes tripas para ser usado as por tu padrino, tienes tripas para todo. Sos el peor de los ejemplares humanos: el que est consciente de su miseria. A partir de all todo es posible.
Volv a sentarme. Pareca dispuesta a manipularme sin misericordia. 
Ya haba hecho de m el retrato ms desmoralizante que pueda exhibirse a un muchacho. Y sin proponrselo, ni ocultarlo, se hizo tambin un retrato de s misma. Los seres humanos no eran humanos, eran arcilla, y ella los modelaba a su antojo. Echaba cuadernos al suelo como echando migas a los pajaritos para que cayeran en la trampa.
- Suponiendo que vamos a ser cmplices de un asesinato...
- De una ejecucin -me corrigi.
- Hblame de ti. Eras joven, bella, una mujer dorada, te gustaban los patanes y modelaste la vida y la soledad de uno, mi padrino. Y qu s yo de cuntos ms.
- Buena descripcin, muchacho -se sirvi ms ans y me seal la botella para que me sirviera yo si quera. Un equivalente al buen hombre. Si quera ans me serva ans yo. Establecer diferencias.
- Si eras as, medio canbal... Cmo es que te gustaban los boleros?
- Pongamos que el bolero era el condimento. Ablandaba la carne -y otra vez reson aquella risa suya, escandalosa y liberada.
- Entonces... los hombres de aquel tiempo...
- Qu tiempo?
- De aquellos aos, 39, 40 y todo lo dems...
- Eran fciles. Muchos haban salido de una guerra, all en el Chaco. 
Y vivan en un mundo en guerra. Vivan embriagados del sentido heroico de la vida y de la muerte, y queran su guerra.
- Y los boleros?
- Eran su modo de aproximacin a las mujeres. Porque el herosmo sin llevar al combate el escapulario cosido por la amada, no es nada. Escucha y aprende, Erasmo. Las mujeres nos maquillamos para agradar a los hombres, y los hombres se ponen un birrete de color y agarran una metralleta para agradar a las mujeres. Hembras bien hembras, machos bien machos. Cuando la guerra tabletea... no hay trminos medios.
- No creo en lo que dices, Natalia.
- Es tu problema.
- No creo porque dejas de lado el idealismo. Dos bandos. Dos banderas. Dos metas distintas o una sola meta con dos caminos distintos, y la violencia y el fanatismo y el salvajismo. Quin piensa en su amada cuando est castrando a un prisionero?
- Nunca consider las cosas as. 
- Porque eras todo instinto, todo sexo. Tal vez te casaste con tu teniente porque era un gallo de pelea. Ahora quieres vengarle. Y ni sabes por qu muri.
La copita fue un relmpago de luz que parti de sus manos y se hizo trizas contra el piso.
- Yo lo amaba! -aull con furia.
- Poco, al parecer -si ella me iba a manipular, le devolvera la misma moneda.
-Qu sabs vos de amor, pequen?
- S que un hombre que va a pelear, le dice a la amada por qu, para qu y cmo, puesto que sabe que puede morir, y querr que ella sepa por qu. Puedo apostar que no parti prometindote volver con la oreja de un colorado, o de un liberal, como trofeo. Hay mucho ms por encima de esas cosas. Cosas demasiado hondas para que los historiadores y los hurgadores de bibliotecas y archivos alcancen sin asfixiarse. Cosas que solo las conozcan tal vez los muertos. Y cmo las vas a conocer vos con tu cltoris desenvainado y creyendo que el bolero era la msica del celo ertico y no una marcha funeral anticipada? Si vos dijiste que el bolero sublimaba la masculinidad, posible que hayas dicho una verdad, pero no la masculinidad de la verga empinada, como crees, sino del alma empinada, como debi ser para que derramara al fin tanta sangre.
- Y de qu sirvi?
- No me preguntes a m. No estuve all. Mi generacin vivi olvidndolo. Ni siquiera s si ya termin. O mejor dicho, s que no termin, porque debo seguir matando.
- Entonces, lo hars?
- No he dicho que s.
- Que no tampoco.
- Aquella no fue mi guerra, como dira mi padrino.
- Es tu guerra. Quieres vivir siempre derrotado, sin perspectivas? 
No. Entonces pelea, y... mata. Y no me hables (14) de ideales. De pobre, se tiene incendiados ideales, o no se tiene ninguno, o se vive masticando odio. De rico, puedes fabricarte ideales a tu antojo.
- Sos la tentacin en persona, Natalia. Pero no, no lo har. Jams.
Me levant y me fui.



Captulo V
Llegu a casa aproximadamente a las 9 de la noche. Mi madre no me esperaba con la cena. Ni siquiera haba nada parecido a cena, porque ella estaba tendida en la cama, boca abajo, morda la almohada y lloraba. Su trasero monumental se sacuda con cada sollozo. La sacud de los hombros, not mi presencia y se abraz a m con esa fuerza de las que tienen un pariente muerto. Pap? Luca?
- Qu pasa, mam?
-Varices! -y la palabra era como conjuro a un diluvio de nuevas lgrimas- Tengo varices! Mir -me mostraba la pantorrilla donde se notaba un trazo azul, y lloraba como una nia. Me asalt una idea. Mam nunca creci. Tena una mam-nia, bendito sea Dios, y el mundo se vena abajo porque tena varices en sus piernas gordas y blancas.
Sal de la habitacin materna. Una hiena dorada me peda la carroa de un hombre, para comrsela. Y mi madre lloraba porque tena varices. No supe si rerme o llorar, pero s supe sentir un enorme pavor al ver a un agente de polica mirndome desde el portn y diciendo con el mentn venga aqu, terrorista de mierda. Fui a preguntarle qu quera. Quiso saber si Luca Arzamendia viva all y si yo era pariente. Dije que s a las dos cosas.
- Entonces vaya a Primeros Auxilios, que necesita un pariente -me dijo.
Ped noticias, pero l consider su deber cumplido y se march.
En los Primeros Auxilios me condujeron a la cama de Luca. El brazo derecho enyesado hasta el hombro. La pierna izquierda hasta las entrepiernas, apuntaba al techo sostenida por correas y poleas. Sobre el puente de la nariz un molde de yeso, y la cabeza vendada. Dos grandes manchas violceas enmarcaban sus ojos. Dorma.
- Le dimos un sedante -me inform un mdico que no me pareci mayor que yo.
- Qu pas, Doctor?
- Solo ella lo sabe. La trajeron en estado de shock.
- Trajeron?
- La trajo un seor que la encontr as en el desviadero de vagones de Cambio Grande. Tampoco sabe nada. Debe estar prestando declaracin. Se lo llevaron a la Comisara.
- Pero qu...?
- Suponemos que le dieron una paliza, por la diversidad de lesiones. 
Brazo con doble fractura, pierna con doble fractura, fractura de tabique nasal y un tajo en el cuero cabelludo. El resto limpito. Es Ud. su novio?
- Soy su hermano.
- Parece que le quisieron dar una leccin a su hermana.
- Ud. parece un mdico detective de la tele.
- Aqu se ve mucho y de todo, compaero.
- Quiero quedarme con ella.
- Est prohibido, pero todo el mundo lo hace -y se fue arrastrando su cansancio.
Me sent en una silla. En la cama vecina, un paisano tosco y medio desnudo gema suavemente, con el trax vendado como para no moverse ms nunca. Fulgur en mi mente la lnea tipografiada de una crnica policial como que discutan por cuestiones del momento bebiendo bebidas espirituosas y... debajo de aquel vendaje enorme deba abrirse por lo menos la huella de un machetazo. En un lecho ms lejano estaba sentada una anciana cuyas piernas colgaban como dos palitos, sin alcanzar el suelo, y meca las piernas y se abanicaba con una pantalla de palmas con el mismo ritmo. Debajo de su cama, junto al bacn, se vea un calentador a alcohol, una pava de hierro y mate y bombilla. Haba venido al Hospital como para hacer campamento.
Mi hermana dorma y yo dormitaba, cansado del da bravo que haba pasado. Me sobresalt cuando escuch su voz.
- Erasmo...
Acarici el yeso de su brazo, y ella se puso a llorar. Nunca la vi tan desvalida.
- No le cuentes a Valentn.
- Para qu?, si total maana te sacan el yeso y vamos caminando a casa.
- Le vas a decir que fue un accidente.
- Fue un accidente?
- No. Pero le vas a decir a Valentn que fue un accidente.
Fue la primera vez en mi vida que vea splica en los ojos de aquella amazona orgullosa.
- Est bien, Luca, pero si no fue accidente... qu fue?
- Les dije que me iba.
- De dnde?
- De todo.
El hombre de Neerdenthal -me refiero a Valentn- poda ser mucho ms capaz de lo que pareca. Hasta redimir a una tarambana como mi hermana. 
Con qu? Amor? Dinero? No haba alternativas intermedias. Ella dijo que se iba. Se iba a Valentn. Y le dieron una gran paliza. Solo entonces comprend hasta dnde estaba metida mi hermana en la prostitucin. 
Estaban tan bien organizados que hasta propinaban palizas, rompan huesos y tabiques nasales, sin deformar la cara, porque poda volver. Vaya cmo ensea la tele.
- Qu tiene que ver Valentn con esto, hermanita?
- Es tan...
- Busc la palabra, la hall- inocente.
- Querrs decir decente.
- Eso tambin. No quiso tomarme. O no pudo. Yo me le daba toda entera.
- Eso no es decencia, es impotencia.
- Tena un bulto enorme. Como para saltar los botones de la bragueta. 
No consinti. Entonces le respet, y consider justo para l respetarme a m misma.
- En resumen, estis en un metejn.
Ri, hizo un gesto de dolor al rer porque su tabique nasal roto deba doler una barbaridad.
- No hagas chistes, hermano.
No era el momento de hacer chistes. Mi hermana no era un caso irremediable. Valentn, inocente por pereza y decente por tmido, estaba demostrando lo contrario. No era dinero. Era amor, o algo parecido, que atrapa a un macho virgen y a una cortesana baqueana en todo, menos en escapar indemne (15) de las iras de un caficho, o de un amante, o de un equipo de amantes.
Nos pusimos de acuerdo en que la haba atropellado un mnibus, y coordinamos la historia del accidente como los comandos coordinan sus relojes para atacar en el momento exacto, fabricando la gran bola para consumo de Valentn.
Cuando terminbamos de urdir la mentira, lleg mi madre, desmelenada, olvidada de sus varices, y exigiendo a gritos que le sacaran una radiografa a Luca. Una enfermera trataba de explicarlo que ya se la haban hecho, mi madre pidi, exigi ver las placas, la enfermera... sal disparado, incapaz de soportar las explicaciones que se daran madre e hija, tras la masacre mental que mi madre someta a la pobre enfermera.
Cuando llegu a casa, aproximadamente a las diez de la noche, encontr a mi padre sentado en la mesa sin manteles y comiendo mortadela con pan que empujaba con largos tragos de poderoso Suavia blanco. 
Mortadela con vino blanco, indicador absoluto de la cultura de mi pap.
- Cmo est tu hermana? -quiso saber.
- Brazo roto, pierna rota, tabique roto.
- Los huesos se sueldan -pontific y sigui masticando.
Pobre Luca, para pap no era ms que un armazn de huesos. En alguna parte le que el rencor continuo y callado es ms corrosivo que el cido sulfrico.
Acerqu a la mesa un cajn vaco de cerveza, que sola fungir como el-asiento-que-falta. Me sent. Le mir comer. O mejor dicho alimentarse.
- No te duele lo de Luca?
- Cada una encuentra lo que busca.
- Ni siquiera me preguntas cmo fue.
- Cmo fue?
- La atropell un mnibus.
Sigui masticando en silencio.
- Tampoco te doli lo de mi abuela -no era una pregunta, sino una afirmacin.
Dej de moler carne en la boca. Sorbi un largo trago, hizo un buche y se lo trag. Sin mirarme dijo:
- Fabric un hijo, yo. Despus fabric un hurfano, tambin yo. De noche oa cmo se revolcaba en la cama con su suboficial. La cama haca el ruido de cien grillos enloquecidos. Y a ella no le importaba que yo estuviera tendido en la otra habitacin. Por qu haba de importarme ella a m? Sabes? Aquella vez que sali del Buen Pastor y vino a darme un beso antes de ir a tragar su Verde de Pars, no me dio tiempo a nada, y yo tena necesidad de pedirle socorro. Haba tenido mi primera experiencia sexual, y al mismo tiempo mi primera purgacin. Sabes cmo se la llamaba en la vida cuartelera, entonces? Enfermedad vergonzosa! Y sabes cul era el castigo por contraer enfermedades vergonzosas? Ir primero al Hospital Militar a curarse, y despus tres aos al Chaco, aunque uno tuviera solo trece aos. Ella necesitaba Su Verde de Pars. Yo necesitaba un gran frasco de Cibazol. Se fue tras su veneno. Yo le confes a un Oficial mi vergenza, porque ya no poda ocultar los calzoncillos supurados. A Dios gracias el Oficial era del tipo recio, y me explic la diferencia entre tener purgacin en el ano y tenerla en el pico. Esto ltimo era el riesgo calculado de ser macho. Me provey l mismo de Cibazol, me dijo hgame saber cundo se cure. As lo hice y me castig de lo lindo. Al tocar silencio, yo enrollaba mi colchn, sala al patio con l al hombro y deba trotar hasta que sonara la diana. Ocho das seguidos. Como si fuera poco, me dej todo el ao sin salida de franco por graves faltas contra la higiene personal. Fue mejor que ir al Chaco, pero aun as sufr mucho, y mi mam no estaba para ponerle mi cabeza en su regazo y llorar todos los llantos que guardaba.
Trat de masticar un trozo de su mortadela, le sinti mal gusto y lo escupi. La mortadela no iba con el rencor. 
- Y ahora qu me dices? -me urgi.
- No te estoy juzgando, pap.
- No lo hagas. Porque vas a terminar como yo. Y te ser ms duro.
- Terminar como vos? -apenas pude disimular mi irritacin.
- Qu ests haciendo para evitarlo?
Se levant, tir el resto de su mortadela al techo -senta mucha aficin por los gatos- y fue a lavarse las manos en la nica canilla de la casa.
Corr a mi taller y para mi sorpresa, tena ganas de llorar. Qu estoy haciendo para evitarlo? Mi padre me haba clavado un pual, lo dej metido en la carne y el pual se revolva solo. Dola. Duele cuanto ms cierto. Dnde haba ledo o escuchado algo parecido? O era al revs, como que es cierto porque duele, pero de todos modos, el dolor estaba en los dos extremos, ensanchando el pozo de una frustracin que empezaba a cavarse entre mis costillas.
Haba estado mirando mucho el pasado de los dems, y poco al porvenir. O podra suponerme que mirara tanto el pasado para empezar a comprender el porvenir, o conocer dnde empezaba el mo, y abruptamente mi padre me mostraba dnde terminaba, en m mismo convertido en una rplica de mi padre. Y entonces empec a sentir miedo, tanto que lloraba como un beb expulsado del sosegado claustro materno y condenado a vivir. Como mi padre, condenado a la mediana, al qu me importa y al no mets.
Me desvest y me tend en el catre, desvelado, metido en el brete en que mi padre me haba empujado, en el que la nica alternativa era seguir adelante, pero sin saber adnde. Me repeta a m mismo que semejante sino fatalista no poda ser tan excluyente de toda variante. Record al viejo profesor de trigonometra, el libidinoso (16) de las minifaldas, cuando hablaba de factores imponderables y de factores ponderables, capaces de cambiar el resultado de un teorema, lo que es igual, el rumbo de una vida. 
Los imponderables podan ser millones, pero ninguno tena una definicin capaz de convocar algo de optimismo. Y lo ponderable?
- Dinero -o la voz de Natalia.
Nada es ms ponderable que el dinero, si por ponderar se entiende contar y contabilizar. Dinero para comprar un destino menos rspido que el que me profetizaba mi padre. Sent fro de repente, en ese calor de diciembre que se volva hmedo con las nubes de tormenta que cubran el cielo, al tomar conciencia de que ya estaba gastando el dinero hipottico de una ejecucin hipottica. Ser as como funciona la tentacin? 
Asustado, me levant y corr a la habitacin de mi madre, donde mi padre roncaba sobre sus sbanas arrugadas. Busqu en la mesita de luz de ella y me tom dos pastillas de Somnil. Dorm tan profundamente que amanec empapado por la lluvia que cay toda la noche, y penetraba por la ventana abierta de mi taller.
Mi madre no haba vuelto en toda la noche. Decid ir a visitar en Tacumb a Rafael, cuya prisin se haba decretado, si no entend mal, preventivamente. Vest mi nico traje, temiendo que con vaqueros y remera blanca alguien me identificara como el patotero descrito por la Polica, en relacin al homicidio de Rafael. Tuve suerte y me permitieron verlo. Me introdujeron en un habitculo con dos sillas y un guardia lo trajo y lo dej conmigo. Por una ventana enrejada se vea un gran patio mojado que soltaba vapor con el calor del sol que no pareca molestar a un grupo de penados que al mando de otro ms fornido, desarmaba un gran embalaje de madera de pino.
- Hola -fue todo su saludo. Tena la cara enfurruada.
- Cmo te va?
- Si quieres saber si ya me rompieron el culo, la respuesta es no. 
Aquel grandote es mi guardaespaldas. Le promet dinero, pero el abogado de la familia no me lo da. Pap fue a Houston a operarse de la lcera, y me dicen que mam duerme idiotizada por sedantes en el Americano.
Mir por la ventana a los penados.
- Qu hacen?
- Desembalan una impresora. Parece que van a tener imprenta. Tienes dinero?
Hurgu en mi bolsillo y saqu todo lo que tena. Casi el total del segundo cheque de don Toribio. Rafael cont los billetes.
- Suficiente para tener contento a mi ngel de la guarda -dijo sealando al grandote, y se guard el dinero en los bolsillos.
Not que no dijo gracias. O era un desconsiderado o no tena en gran estima su trasero.
- Lo hiciste a propsito?
- Lo de la vieja? -medit un momento-. Ome, Erasmo. Una vez mi pap, que aparte de exportador de soja y algodn es filsofo, me habl de momentos mgicos. No le entend entonces. Pero ahora s. Son momentos fugaces, milmetros de segundos, si as se puede decir, en que todo se mezcla all dentro de uno, y... acelerar o frenar son cosas secundarias, porque lo que vale es el estallido final, como cuando acabas... 
-vacil-... inevitablemente.
- Entonces, lo hiciste.
- Alguien o algo lo hizo por m.
- Pero sentiste placer. Vos. 
- Qu loco, Erasmo!
- Dijiste eso de acabar, el clmax. Eso es placer. Es como si me dijeras que vos y tu auto violaron a un vieja.
Solt una risotada.
- Tienes cada forma de decir las cosas...
- Lo haras de nuevo?
- Qu cosa?
- Matar.
Su cara se volvi sombra, se dej caer la silla y cerr los ojos.
- Sent que el cuerpo estallaba con el golpe, vol y cay delante del auto. Pas encima. Los amortiguadores no hacen tanto ruido con los perros.
- Lo cuentas como si lo gozaras, Rafael.
- Eso lo tengo que averiguar con mis pesadillas, Erasmo. Desde entonces no duermo bien. Y cuando duermo, se repite todo el horror. 
Entonces me despierto.
- Un cura te dira que es tu conciencia, Rafael.
- Es que me despierto riendo. Quin carajo se re en pesadillas? 
Qu me est pasando?
- Te drogas.
- Termin con eso.
- Ahora estoy seguro de que lo haras de nuevo. Matar, digo.
- Y para qu diablos quieres estar seguro?
Su pregunta me tom de sorpresa, porque solo entonces, supe que durante toda la conversacin tena en la mente una larga galera blanca en cuya ltima arcada se vea la silueta pequeita de Natalia.
Me desped de mi amigo y tom el rumbo a Primeros Auxilios. A Dios gracias mam se haba ido a casa, pero all estaba Valentn, sentado cerca de la cama, sosteniendo la mano de Luca, mientras ella le susurraba con voz doliente la historia de cmo un mnibus la atropell. Me detuve en la puerta, escuchando. Luca termin de contar y simul dormirse dulcemente. 
Valentn deposit las manos de mi hermana sobre las sbanas como quien deposita sobre un terciopelo carmes un puado de diamantes, y andando en puntillas se acerc a m y me arrastr al pasillo, cerrando la puerta con tal suavidad que ni se oy el ruido de la traba.
- Alguien tom la chapa del mnibus? -me pregunt.
- Pregunta en la Comisara.
- No tienen noticia de mnibus alguno. Tienen cada manera de sacarse los problemas de encima! Sabes algo?
- De qu?
- De la chapa, carajo! 
Nunca lo haba visto tan furioso. Y hasta resultaba atemorizante. Un toro dispuesto a embestir debe tener las narices dilatadas as y esa muerte en la mirada.
- Si lo encuentro, lo mato. Te juro que lo mato -continu.
- Vamos -trat de calmarlo-. No es para tanto. Es joven, sana, pronto se pondr bien. Los huesos se sueldan -repet la sentencia paterna. Dejame entrar a verla.
- No. La vas a despertar -me ataj.
Me tom de sorpresa la intensidad con que se haba adueado de mi hermana, o mi hermana de l, en todo caso.
- Te juro que no la voy a despertar. Solo quiero acariciarle la manito.
Cedi de mala gana. Abri la puerta, la cerr y se qued de guardia en el pasillo. Mi hermana despert instantneamente.
- Hola -me dijo alegremente. La vieja de los palitos colgantes cloque tambin alegremente, entre chupada y chupada de su mate. Tena edad suficiente para conocer todas las argucias femeninas y estaba asistiendo a una.
- Quiere matar al chofer que te atropell -inform a mi hermana.
- Lo s. Y me siento orgullosa de l. Sabes lo bien que sienta saberse protegida?
De modo que era eso. Relacin amante-padre. Solo que el padre era ms padre que amante, pero poda apostar que mi fogosa hermana restablecera un equilibrio justo, y encontrara por fin lo que siempre le falt: un hombre para llorar o un pecho donde reclinar la cabeza. Protegida. Con perdn de las feministas... no suean con eso todas las mujeres?
- Esto parece serio, Luca.
- No parece, es.
- Pero es tan feo nuestro Valentn.
- Y yo soy tan puerca. Nacimos el uno para el otro.
La vieja se atragant con el mate, tosi como para disparar al techo los pulmones, y el hombre del machetazo despert, se sacudi, y empez a gemir del modo acostumbrado.
- La paliza puede repetirse.
- Ay Jess, Erasmo, no digas eso.
- Estarn esperando que te sanes y vuelvas arrepentida y contrita.
- Valentn me va a proteger.
- Todo el tiempo?
- Quiere casarse.
- Qu...?
- Me lo dijo apenas lleg esta maana.
La vieja tarareaba la marcha nupcial, y entre comps y comps lanzaba la onomatopeya de un pedo. No nos dimos por enterados,- Pero... digamos que no le puedes exhibir un certificado de buena conducta.
- Lo sabe.
- Todo?
- Oh no. Sabe que no soy virgen.
De ninguno de los orificios, pens con maldad. Pero ella continuaba.
- Dijo que es cosa del pasado. Que l tiene la culpa. Dice que me sucedieron cosas malas porque l no estaba presente. Se culpa de no haberme conocido antes.
- Qu bruto! -explot.
- Qu bueno! -susurr ella.
- Qu burro! -dijo la vieja, que no perda letra.
- Seora -le dije irritado- No sabe lo que es una conversacin privada?
- Para eso est el Sanatorio Italiano. Llvela all. Aqu hay democracia, joven -gesticul con tanta fuerza que se le cay mate y bombilla. La recog y se la alcanc. En vez de tomarlos se cubri la cara con las manos y pregunt atemorizada si le iba a pegar.
- Por qu cree que le voy a pegar?
- Porque todos me pegan -aferr cautelosamente los elementos de su vicio.
- Todos?
- Primero mi pap, despus mi marido, ahora mi hija.
- Lo siento, y que se cure pronto.
- No est enferma -ri mi hermana apretando el yeso nasal.
Ri an ms de mi desconcierto.
- Al Dr. Codas no le gusta que peguen a los ancianos -dijo mi hermana-. Entonces le diagnostic no s qu y la mantiene internada.
- No es cierto! -dijo la anciana-. Habla por envidia. El Dr. Codas est enamorado de m -se burl con un grotesco gesto de coquetera.
Si era cierto que aquella seora haba pasado su vida sufriendo cintarazos, sopapos, escobazos, puetazos y araazos, su capacidad de alegra mereca una condecoracin papal, viejo pajarillo jubiloso.
Me marchaba despus de besar a mi hermana cuando una duda se abri paso en m. Me volv a Luca.
- Ella conoce lo de la paliza. Lo oy decir al mdico. Qu pasa si...?
- Jovencito! -exclam la anciana-. Cuando se trata de joder a un hombre, el pacto de silencio entre mujeres es sagrado!
- De dnde sac eso?
- Es abogada, aunque no lo parezca -me inform mi hermana. 
- Ejerc poco. Me cas despus de recibirme. Fui de las primeras. Me cas con un animal y ya no pude ejercer. No le caa bien a Sus Seoras una abogada con los ojos en compota.
Sac de debajo de la almohada una cajita, y de ella una tarjeta profesional. Realmente, deca Jorgelina Bez de Doldn, abogada. Y una direccin.
- Se la doy por puro exhibicionismo -confes.
Cuando abr la puerta y asom la nariz angustiada de Valentn, Luca segua durmiendo. 



Captulo VI
El siguiente lunes, 23 de diciembre, deba cumplir mi cita, y no saba si ir a cantar boleros a la agonizante Natalia, o a casa de mi padrino. Una sencilla reflexin como que de Natalia solo sacara incertidumbres y de mi padrino, con suerte, dinero, me decidi por este ltimo y fui a su casa.
Mi primer sobresalto fue que Sixta me sonri al llegar, y descubr as que tena dientes, pero pequeitos, como limados, o como si royera hueso. Y el segundo -sobresalto, se entiende- fue que don Toribio, dentro de un tercer par de piyamas esta vez a motas, me abraz efusivamente. 
Parece que me estoy ganando mi sueldo -me dije- traigo alegra a esta casa. Buen augurio financiero en la vspera de Nochebuena.
Fuimos a la cocina donde Sixta serva sobre una pulcra mesa el bife con huevos de las 9 de antes de terer de don Toribio. Observ su gordura y calcul cunto tiempo le llevara al colesterol acabar con l. 
Un lema que circulaba entonces, cuida tu corazn, no tena ningn significado para l. Agreguemos que a pesar de ser tan felizmente recibido, tampoco hubo bife con huevos para m. Don Toribio se sent a comer, yo me sent frente a l, y Sixta machacaba con un martillo de madera los yuyos para el terer.
Don Toribio tena la rara habilidad de masticar y hablar al mismo tiempo.
- Estuve con Natalia -me inform-. Dice que les ha hecho muy feliz.
Mentirosa de mierda.
- Entonces tu trabajo es visitarla los martes y los viernes.
- Y aqu?
- No es necesario que vengas, a no ser que yo te haga llamar... no. 
Mejor te apareces por aqu los mircoles. Me gusta tu compaa, hijo, y est el asunto de tus haberes. S, vienes a cobrar los mircoles. Pago semanal -las pausas solo eran para tragar.
- A propsito de pagar, me haces recordar cuando te vayas. Tengo tu cheque semanal. Lo vas a necesitar. Ya sabes, Navidad y esas cosas. Se gasta. Aunque vos no vas a gastar mucho. Vas a pasar Nochebuena con Natalia, maana.
Maravillosa perspectiva. Nochebuena con la bruja dorada.
- Y Ud. padrino?
- Vendrn parientes de Tobat. El Ao Nuevo estar con Natalia. 
Adems Natalia te aprecia mucho. Dice que cantas muy bien. Te felicito. 

Sigui comiendo. Y yo pensando en el cheque. Y en la cifra del cheque, que debera incluir horas de trabajo insalubre en Nochebuena.
- Natalia supone que somos amigos, pero sabe que te pago. Eso qued claro.
- Puede hacerme preguntas respecto a mi padrino.
- Inventa lo que quieras. Apenas razona, como te habrs dado cuenta.
Si alguien piensa que se debe ser mozalbete para ser sonzo, o idiota, est equivocado. Se puede serlo en la vejez. Don Toribio era un juguete en manos de Natalia. Por qu lo haca? Me divierte, haba dicho. Adorna mi soledad. Es el ratn para mi garra. Al padrino no le poda hacer esa pregunta porque ya conoca sus razones, como su senilidad extraa, que le haca regresar al pasado para revivir un idilio que no existi, y aquello tena cierta lgica porque al fin conduca a una finalidad, mantenerse vivo y encontrar justificacin a su vejez. Su vejez sin la Natalia que Natalia le mostraba hubiera carecido de sentido, y ese es el principio de la muerte, como la rotura de una cadera quebradiza.
- Ella me pide a veces que le hable de los aos de su juventud, padrino. Tal vez supone que siempre fui joven, y pregunta cosas -solo lo dije para reforzar la imagen desvalida que l tena de Natalia, pero l lo tom en serio.
- Pregunta?
- Y se me agota el repertorio con el Bar Vila, y la Bolsa, y el puerto con la llegada del Ciudad de Corrientes, los helados de Velvedere y los paseos en tranva. Quisiera hablarle de la gente.
Buscador de races intiles, haba dicho la vieja que muri aplastada tras su ltimo jolgorio conmigo. Ciertamente notaba esa obsesin en m, pero ahora apuntando en una direccin precisa.
- Gente que mataba mucho -lanc mi anzuelo.
No mordi.
- Toda la gente, todo el tiempo, mata mucho.
- Supona que cada poca tiene su razn de matar. Cul era la de esos aos?
- No necesitas profundizar tanto con Natalia. Hblale de Atlntida, su revista preferida. De la Colonia Maja, de los muchachos loquitos que tenan automviles y corran a sesenta sobre las vas del tranva. Y de las retretas de la Banda de Polica en la Plaza Constitucin, donde iba los domingos con su cadete y su pap. Es suficiente?
- Ms.
- Hum... Su padre era mdico. Arrancaba amgdalas a los nios y los mandaba a casa, con un pedazo de hielo en la boca y una receta para tonificarse con aceite de hgado de bacalao. Ese recuerdo siempre la emociona. Debes probar con eso.
- Qu hay de su madre?
- Ni la menciones. Se fug con un diplomtico boliviano. Todo el pas lo consider una ofensa, ms an viniendo de un boliviano que perdi la guerra. Llora cuando lo recuerda.
Y aplaude al boliviano cuando te vas, padrino, agregu mentalmente.
- Tuvo amigos?
- Era muy recatada. De qu te res, mocoso?
Borr la risa con un rayo lser, o quizs ms rpido.
- Claro que habr tenido amigos! -dijo sin embargo.
- A ellos me refera cuando hablaba de la gente. Amigos de su edad. 
Gente de una generacin que no saba si terminara muriendo o matando.
- Y dale con eso! Piensas mucho en la muerte para ser tan joven.
Es que Natalia me propuso muerte, idiota. Muerte y poder. Y empezaba a volverme loco, seor mo.
- Es que... padrino. A su edad y a la tuya tambin, se piensa mucho en los muertos. Apuesto que empiezas a leer el diario por la pgina de escuelas fnebres.
- No s qu quieres decirme con eso.
- Quizs que los muertos forman parte de nuestra vida. O que nos estn llamando.
- Te agradezco el optimismo que me das. Pues s, tengo amigos que murieron en aquella poca. Reginaldo Cabrera, estaba por terminar su carrera de Derecho. Era ms joven que yo, pero ramos muy buenos amigos. 
Cuando el 7 de marzo... sabes, ese da asaltaron la Polica, y all empez todo. El 7 de marzo l estaba en La Gran Galera, sobre Palmas, comprndose un sombrero nuevo. Haba ahorrado un ao para comprarse un Borsalino. Se vino el tiroteo. Don Celestino Sanz, dueo del negocio, cerr las puertas y l se qued dentro, ms de 10 horas. Cuando crey que la cosa se haba calmado, sali, tom Chile y fue a la Polica para ver qu haba ocurrido. 
Un conscripto a quien todava le duraba el susto le vio por una ventana y le dispar con su fusil. Muri en el acto. Ah tienes. Una muerte intil... te dice algo eso?
- Me dice que divides las muertes en tiles e intiles, padrino.
- No quise decir eso.
Haba terminado el bife. Sixta le trajo una copa de vino, tom un gran sorbo, se enjuag la boca y escupi la bebida. Debera ser su modo de preparar las papilas para el terer. 
- Qu quiso decir? -le requer.
- Por qu me haces hablar de eso?
- Porque viviste un tiempo de violencia. Y porque yo puedo vivirlo tambin, Dios no lo permita. No quiero morir por haber ido a comprar un Borsalino, que supongo ser un sombrero.
- Bueno, bscate un ideal y murete por l -me dijo desabrido.
- Un ideal... y dnde lo encuentro?
- Me preguntas eso a tu edad? Sola decirse antes que los jvenes tienen mirada crtica. Y all empieza todo.
- La ma estar atrofiada, padrino. Falta de uso, tal vez. Como un hueso enyesado.
- No me digas.
- No tengo crticas que hacer. Solo tengo deseos que realizar.
- Y qu tiene que ver la muerte con eso?
- Porque muchos deseos realizados pasaron por la muerte de alguien, supongo.
- Vaya, supones que en alguna esquina de tu vida tendrs que matar.
- A lo mejor es eso. Y me gustara que el muerto que yo mate, crea que mereci morir, o que le gust morir, o pens que vala la pena morir.
- Si empiezas a ponerle condiciones a tu vctima, no matars ni una gallina.
Sorbi el primer jugo de la yerba nueva, y lo escupi al suelo. El lquido verdoso se combin en el piso con el color vino y empez a soltar matices tornasolados sobre las baldosas.
- Y basta de muertes, por favor, hijo. Se supone que te pago para que me des horas placenteras. Me vienes con curiosidades morbosas. No s nada de revoluciones. No soy poltico, soy empedrador. S seor, pas una guerra civil atroz, pero supe quitarle el traste a la jeringa. A m no me iban a joder. No s nada de ideales y entonces no me preguntes razones de matar y de morir. Para m todo se reduca a bandos de pauelo colorado y bandos de pauelos azules y qu s yo. Ni siquiera ahora s si el que gan gan y el que perdi perdi.
Hizo una pausa, chup el terer, sonri mordiendo la bombilla y agreg:
- Solo s que gan yo.
Me irrit tanto egosmo. Si al final de todo los que ganaron su revolucin eran como don Toribio, los pobres muertos deberan estar revolvindose en su tumba. Los muertos de ambos lados, digo.
Cuando iba para casa con un cheque por una cantidad impresionante que me asombr y me hizo sentir rico, pero no contento, trat de hallar la raz de aquel sentimiento de melancola y miedo que se me mezclaban all en mis entraas. 
- De dnde viene la melancola? -me pregunt a m mismo.
- Porque sos un dbil, y descubres que es fcil que te manejen -me contest.
- Y odio llegar a ser como pap. Y quiero salirme de eso.
- Y le toca el turno al miedo para ayuntarse con la melancola.
- Miedo a qu?
- Por ahora, a la tentacin. Ya se meti dentro tuyo. Funciona y te plantea teoremas de muerte. Has notado que la muerte te obsesiona?
Maldita Natalia, habl en voz alta y la gente se volva mirarme.
No quise ir a almorzar en casa, temeroso de sentir la tentacin ms inocente del espritu de Navidad y obsequiar el cheque a mi madre. Ser rico proporciona ms placer que ser generoso. Y con este ltimo luminoso pensamiento decid tomar un taxi y visitar a mi amigo Sergio, que tal vez me invitara a almorzar e intercambiar opiniones sobre la triste suerte de Rafael. Pero los taxistas no cambian cheques, y no tuve ms remedio que optar por una odisea en tranva.
La casa de Sergio era imponente, y felizmente l estaba, y hasta me recibi con alegra, invitndome a pasar a la sala mientras sostena del collar a un Doberman con cara de diablo que quera devorarme. Cruc el jardn hacia la casa mientras Sergio maldeca a la bestia. Solo la solt cuando (17) yo me introduje en la casa y l logr alejar al perro con un despiadado puntapi.
- Esa fiera de porquera... -jade, nunca haba tenido buen estado fsico, con sus 25 aos de gozador de la vida, su pancita y su absoluto desprecio al deporte.
- Por qu la tienes?
- Por razones sentimentales, era el falderito de mi finado pap.
No le envidi mucho, viviendo con su madre que haca budines de pan para el cura y cuidando de que el perro no saliera a hacer una masacre en el barrio. Pero eso debera ser solo el precio de su vida regalada, entre sus lbumes carsimos de Galeras de Grandes Pintores, su inagotable cacera de mujeres y su coleccin de Play Boy, con el Santana esperndole en el garaje, y plata en el bolsillo.
Olfate y si aquello no era incienso que me mataran, o solo pens que era incienso porque de all arriba, del dormitorio materno, presum, bajaba el timbre espeso de un rgano tocando algn Opus litrgico, ngelus, Misereres o lo que fuera. Siempre fui ignorante en msica, pero saba reconocer la msica sombra para coros de monjes con caperuzas hasta los ojos, sobre todo cuando vena acompaada por el olor del incienso. 
Solo entonces tom la medida de la beatera, o la variante de ella, que haba atrapado a la madre de mi amigo. 
- Vamos a almorzar a mi estudio -me invit Sergio.
Cre que iba a subir las escaleras hacia un altillo en una torre, pero salimos afuera bajo la mirada indecisa del Doberman, subimos una estrecha escalera de madera adosada a la pared del garaje para tres coches, y nos encontramos en un recinto bastante pobre atestado de caballetes, pomos de pintura, frascos con pinceles, todos limpsimos, paletas, un gran ventanal oblicuo cuyos vidrios dejaban entrar un raudal de luz, y en el otro extremo una ventana que mostraba la techumbre de las casas vecinas. En un cubculo del extremo de la habitacin haba una mesita, una pileta de lavar, una heladera y una cocinita enana a gas. Era por cierto el estudio de un pintor, pero lo que faltaba eran cuadros, empezados o terminados sobre los caballetes, que sostenan tristemente telas en blanco virginal.
- Qu te parece? -me pregunt ansioso mi amigo.
- Bohemia perfecta. Hasta cocinas tu propia comida -le dije.
- Es como si estuviera en algn cuchitril de Pars -suspir con placer.
Era, entonces, eso. El pintor que nunca se decidi a pintar se haba creado un ambiente propicio a la pintura. Alguna vez le preguntara si aquel estudio bohemio era el medio de ser pintor o el fin de vivir la ficcin de ser pintor. O el resumen de su vida, y el de su seora madre: 
tener dinero para vivir fantasas, salvo el valor prctico de los budines maternos, que no tenan nada de lricos, segn sospechaba mi amigo.
Con provisiones de la bien surtida heladera prepar almuerzo para dos, bifes de lomito, ensalada de lechugas empapadas de dorada mayonesa. Y finalmente frutas. Comida bastante frugal, que se adaptaba tambin al clima bohemio. Mi amigo no perda detalle para el realismo de su escenografa, en la que no falt un vino que por su gusto cido deba ser el vino barato parisin que beben los artistas. En Montmatre, desde luego.
Cuando terminamos de comer, el vino le haba achispado. Y padeca del vino amargo, porque iba mostrndose cada vez ms enfurruado. Eruct, ech una mirada alrededor, viendo y aspirando el ambiente creado por l, y lo describi con una palabra:
- Carajo!
- Qu decs?
- Esto es un carajo. Mi vida es un carajo. Hermano -me abraz-. 
Necesito emociones fuertes.
- As empiezan los drogadictos. Cuidado, Sergio.
- No, eso no me atrae.
- Tienes mujeres.
- Aburren. 
- Tienes dinero... por qu no viajas? Por qu no un cuchitril de veras en Pars?
- Si me voy, capaz que el cura se venga a instalar aqu. Adems, soy perezoso para viajar, y siempre me pierdo en los aeropuertos. No s una palabra del jodido ingls.
Pens un instante.
- Necesito algo que me sacuda. Pero soy un cobarde esencial. Sabes que me un a unos muchachos ladrones de automviles? No lo hacan por dinero, al menos ellos. Era tomar prestado un auto y hacer lo posible por destrozarlo en una noche de parranda, y despus dejarlo abandonado. 
Una aventura, un desafo, de tarados como yo, satisfechos en todo y sin saber qu hacer para romper la rutina. Alguna vez se metieron en una cochera y los corrieron a tiros. Terminaron riendo. Yo hubiera terminado cagado en mis pantalones. Me di cuenta en el primer robo en que particip, temblaba de miedo, mi amigo Dante uni los cables que haba arrancado, el motor se puso en marcha, subimos y salimos disparados. Vomit en el auto y haba un olor tan horrible que no sirvi para la parranda, y desde entonces no me invitan a ninguna aventura parecida.
- Deberas probar de nuevo a ver si vences el miedo -dije.
- Me parece or a mi padre que me repeta una y otra vez que el miedo se vence atrevindose. Fue en la poca insoportable, cuando yo tena diez y siete aos y desert del Cimefor. No sabes lo brutales que pueden ser los gallardos estudiantes soldados, y a m me da horror la violencia y el sufrimiento.
- Yo pas por eso.
- Y aguantaste?
- Como otros miles de muchachos.
- Me ests diciendo que soy un intil. Un intil entre miles no es para m una proporcin muy halagadora. Complet mi servicio militar en una Oficina donde perforaba tarjetas de gente que concurra a retirar carne. 
Nada de heroico, carajo. Mi pap me miraba con tristeza y desencanto. 
Pendejo de porquera -me deca- lo que necesitas es aprender a odiar. A odiar cualquier cosa que valga la pena odiar. Odiarte a vos mismo si es necesario para dar la bienvenida al sufrimiento. Yo no saba qu ni a quin (18) odiar. Ahora odio al cura, pero no basta para darle un sentido a mi vida. No, sentido no. Lo que necesito es un escape.
- Y la pintura?
- No s dibujar ni una mesa.
- Las mujeres.
- Pago bien, y ellas lo saben. Acuden como moscas a un panal. Tengo  25 aos y ya me hartan. Por ah me vuelvo puto, la gran...
- No te entiendo, Sergio. Tu finado padre te dijo que te odiaras a ti mismo.
- Y qu?
- Ya lo ests haciendo.
Me mir asombrado.
- De veras?
- Desde que termin el almuerzo te ests pisoteando.
- Entonces... me odio?
- Pienso que s.
- Fenmeno! -grit exaltado, se levant de un salto y se puso a brincar, repitindose-. Me odio! Me odio! -me abraz-. Gracias, Erasmo! 
-se seren un poco-. Ahora que lo recuerdo, pap deca que cuando te odias, proyectas tu odio hacia otras personas, y el odio te da coraje.
- No suena muy cristiano, pero los paps siempre tienen razn.
- Cres que puedo dejar de ser un cobarde?
- Qu s yo -me dispuse a marcharme-. Quera hablarte de Rafael, pero dejmoslo para otra ocasin.
- En serio atropell deliberadamente a aquella vieja?
- No lo s. l tampoco. Pero casi me confes que sinti placer.
- El placer del odio...
- No lo dije yo.
- Lo digo yo. Lo siento yo.
- Eso va por tu cuenta, y por favor, sacame a la calle que no quiero servir de merienda al Doberman de tu pap.
Me acompa hasta el portn, seguidos los dos por la mirada encendida del perrazo, que levantaba las orejas como puales, y aunque estaba acostado, le temblaban los msculos con el deseo de saltar. Ya en la seguridad de la calle pregunt a mi amigo si no le atemorizaba la fiera.
- No, pap le ense a no atacarme a m. Pero cuando pap le ordenaba Mata!, no quedaba nada del perro ni del gato infortunado que se pona en su camino. Supongo que de un hombre tampoco quedara mucho.
- Te obedece?
- Jams lo prob, Jess mo. Ya sabes, la violencia...
- Tu pap te dira que pruebes con el cura.
- Carajo, nunca viene a casa.
Cerr cuidadosamente el portn de hierro. Solt un silbido y el perrazo vino trotando, oliendo mis huellas. Yo ya iba caminando a lo largo de la verja de hierro que cerraba el jardn de la casa. 
- Mata! -o que ordenaba Sergio.
Fue como si un camin se hubiera estrellado contra la verja, tan cerca de mi cabeza que me pareci oler el aliento ftido del perro. Antes de salir disparado vi que Sergio brincaba de alegra mientras su perro me miraba como diciendo que la prxima vez no te escapas, desgraciado. 



Captulo VII
Al da siguiente, por la maana, cambi mi voluminoso cheque en el Banco, y sal a la luz de la maana prenavidea dispuesto a probar los hasta entonces desconocidos placeres del consumismo. Compr una mquina fotogrfica para m y un taladro motorizado que si las cosas no andaban bien poda su til en mi taller, y zapatos y camisas nuevas. Para mam un aparato de cocina que haca todo, desde pelar papas hasta escupir 50 oquis por minuto; a pap una potente radio a transistores de onda corta, en atencin a que su vicio secreto era escuchar radio Mosc o Radio Habana solo para escuchar la otra campana sola decir en tono de disculpa. Para Luca adquir una hermosa cadenilla con un crucifijo de oro con Cristo en relieve, en el supuesto de que si realmente estaba decidida a ser decente, le vendra bien tener un recordatorio colgado del cuello, algo as como una campanilla de alarma para su conciencia.
Al medioda hice la distribucin de los regalos, que no fue todo lo feliz que yo esperaba porque mam daba vueltas en torno a su mquina de cocina y su complicado tablero y se puso a preguntar quin le enseara a manejar aquella cosa. Al receptor de pap olvid ponerle las pilas y tuve que darle dinero para comprarlas, y por la tarde fui a los Primeros Auxilios a llevar su cadenilla a Luca, que mir extasiada el crucifijo, o el oro, no s, me pregunt si ya estaba bendecido y yo le contest que cmo diablos iba saberlo.
- Y para m no hay nada? -pregunt la vieja abogada desde su cama.
Sent pena y le di dinero. Cuatro billetes que la anciana se puso a desplegar y alisar con el aire reverente de quien est planchando el Santo Sudario.
- Valentn ya me hizo un obsequio -dijo mi hermana-. Soy duea de cuatro vacas preadas -ri y sac unos papeles de su mesita de luz y me abanic la nariz con ellos. Imagin que los papeles eran los ttulos de propiedad sobre las vacas, o lo que fueran.
El paisano herido en la tercera cama haba mejorado, ya no gema y miraba curioso.
- Re cuer m pa chamigo -le dije (Te vas curando, amigo?)
- A pu'a laya ma voi cat -contest (Si ya estoy a punto de levantarme!)
- No deja de mirarme con cara de calentn el caradura -se quej Luca.
- Quizs por algo as le dieron con el machete.
- Valentn?
- Viene a pasar la noche conmigo. Quiso hacer un pesebre aqu y no  le dejaron. Se enoj bastante.
- Parece que te quiere mucho. Y lo demuestra. Y vos?
- S que me quiere, pobrecito. Yo no s lo que es querer, y tendra que volver a mis quince aos para saberlo. Pero s que le respeto, le estoy agradecida, me hace sentir segura, y aprend a no rerme de sus torpezas.
- Has definido el amor. Un amor muy especial, pero amor, hermanita.
Sus ojos se humedecieron.
- Te agradezco que me digas eso, hermano.
- Y ya que estoy en gua espiritual, l tambin merece estar seguro. 
Seguro de vos. Confiar (19) en vos.
- Voy a hacer que confe en m.
- Mir que es peligroso. No se te ocurra que entre arrumaco y arrumaco con l pods echar una canita al aire. Si llega a enterarse te corta en dos con un machete.
- Tan bruto es?
- Yo dira, tan primitivamente puro. Con l cambiarn muchas cosas para vos.
- No le tengo miedo a ningn cambio.
- Me alegra orte. Y ahora me voy. Voy a ponerme mi camisa nueva. Voy a pasar la Nochebuena con una dama muy hermosa, y muy rica.
Abri los ojos, maravillada.
- No me digas que pescaste una!
- S, de 75 aos.
- Podrido.
- Chau, feliz Nochebuena -la bes y me iba.
- Oiga! -me detuvo la abogada vieja-. Despus me cuenta la experiencia! -se volvi a Luca-. Dicen que por falta de uso se recupera la virginidad!
Camin por los pasillos meditando que una vieja de 75 aos vuelta a cero kilmetro, no dejaba de ser nauseante, aunque fuera la bruja dorada.
La sala de Natalia era la misma, con diferencia de estar mejor iluminada por un arbolito de Navidad, de plstico y lucecitas que titilaban. Sobre una mesa que tambin era recin llegada a la sala, haba un enorme balde de metal plateado que sudaba hielo y adentro se enfriaban dos botellas de champaa. En un recipiente tambin con hielo, se escarchaban dos copas. El resto de la mesa estaba sembrado de bocadillos y trozos pinchados de pavo, en mondadientes de plata.
- Tendremos que servirnos solos. La mucama fue a su casa -dijo ella-.
- Est todo a mano -respond mirando la mesa.
- Entonces, te sirves cuando sientas ganas. Pongo msica? 
- Si quieres...
Puso un disco con selecciones de msica navidea, pegajosa, dulzona y aburrida. Me sent y me afloj la corbata, hacindolo a propsito, como queriendo afirmar mi personalidad y que ella me importaba nada. Me sent.
- Con respecto a lo que dijiste la ltima vez...
- Dijimos tantas cosas... Quieres descorchar la champaa?
Me levant y lo hice. El corcho hizo pop, rebot en el techo y cay en su regazo, y ella lanz un gritito de alegra, de nia. Volv la botella a su lecho de hielo.
- No me sirves?
- Dijiste que cada uno...
- No has venido muy corts.
- He venido por mi jornal. No incluye la cortesa.
Decididamente me haba puesto en plan de rebelde. Me sent mientras ella se levantaba con cierta gracia y se serva.
- Con respecto a lo que dijiste la ltima vez...
- Est delicioso -dijo ella, despus de sorber su bebida-. Srvete una copa -era la segunda vez que eluda el tema.
- Esa loca propuesta de matar a!...
- No quiero hablar de eso! -me cort, tajante.
- Me alegro, porque es asunto terminado.
- Vos lo decids. De qu hablamos?
- Por qu no armaste un pesebre?
- Porque no hay pesebres de plstico. Y los de ahora no tienen magia, como antes. Antes los pesebres tenan un sentido mgico de la inocencia. 
Ahora sirven para hacer concursos de decoradores.
- Amabas la inocencia de los pesebres de antes?
- Mientras fui inocente, s. Puedes decir que mi amor a los pesebres termin con mi primer perodo menstrual.
- Linda charla de Nochebuena.
- Tienes auto? -tctica o champaa, saltaba de un tema a otro.
- Auto, yo? No. Pero tengo un zapato nuevo. Soy peatn impenitente.
- Deberas tener un auto.
- Todava no decid si comprarme un auto o un (20) Jumbo con la plata que estoy ganando.
Haba vuelto a llenar su copa. Miraba a travs de su contenido las luces parpadeantes del arbolito, y los reflejos de ellas ponan colores a su blanqusimo y tirante cabello. Cruzada de piernas, el vestido azul intenso se recoga hasta las rodillas, algo huesudas, pero demostrando que alguna vez fueron soberbias. De las orejas colgaban zarcillos en forma de rombos cuyas piedrecillas titilaban con el movimiento. El brazo desnudo era un brazo que fue un brazo hermoso, pulposo, flexible y largo, y conservaba un residuo de aquello. Cincuenta aos atrs sera la mujer dorada para mi padrino pero para otro menos idiota y ms consciente de lo que tena bajo la bragueta, sera una gata dorada.
- Nunca me has hablado de tu padre, Natalia.
- En la segunda entrevista no se puede decir nunca -bebi largamente, aunque con elegancia-. Era un buen hombre. Pero le pesaba su... -se derram algo de su copa que tembl un poco- ...soledad conyugal. 
De nia yo vena a su cama, a dormir con l. Me gustaba el calor de su cuerpo y su olor a Formol y apretada contra l me senta segura y feliz. 
Una maana despert y vi que me contemplaba, acostada ah con las cobijas corridas porque haca calor. Se ruboriz cuando vio que yo a mi vez le miraba, y entonces me dijo que en adelante durmiera en mi cama.
Dos lgrimas arrastraban por las mejillas su carga de sombra para los ojos. Call. Estaba hablando para s misma y nada ms.
- Comprend por qu me lo deca. Y desde entonces fue... menos tierno y ms corts. Y yo empec a sentirme mujer, y a mirarme desnuda en el espejo.
Con mano experta y un pauelito de papel borr la huella negruzca de la lgrima.
- Era... alto y delgado, de hombros anchos y vientre plano. Un atleta. Cuando envejeci, los hombros se acortaron y el vientre salt para adelante. Tena manos enormes y peludas que no parecan manos de cirujano sino de un herrero. Deca con orgullo de s mismo que era un hombre capaz de controlarse en cualquier situacin, y controlaba todo, hasta sus emociones. Yo saba que me quera y saba tambin que l consideraba poco decoroso demostrarlo, especialmente cuando crec, yo sufr mucho, porque yo tena hambre de l, de mi pap y de su virilidad protectora.
Ahora rea, convulsa casi.
- Pienso que lo que pas fue que ms tarde transfer mi hambre a los patanes del tipo gorila. Haba uno, un bruto que se derreta de placeres cuando me tena en sus brazos y yo gema y le deca que papi, papi, ms, ms.
Me mir con los ojos luminosos, la boca crispada.
- No te excitas, Erasmo?
- En absoluto.
Feminidad herida es igual a furia. Leccin gratis del profesor de trigonometra que tena mana por las minifaldas. 
- Apuesto a que deseas a tu madre! -me grit, un poco ebria.
Sent un sobresalto. Yo, mam, en la cama, y me gustaba su olor a mam. Pero ya crec y no haba transferido ningn hambre sexual a mujeres obesas como mam. Soy inocente, me dije. Como no le respond, volvi a sus remembranzas. Y a su cuarta copa.
- En la cama pap ola a Formol y de da ola a tabaco. Fumaba Alfonso XIII. Yo iba a comprarlo al almacn. Sus amigos fumaban Pker Rubio y me gustaba el aroma que no picaba las narices. Los cigarrillos negros de pap olan a cucaracha quemada. Enferm. Hoy lo llamaran cncer de fumador. Entonces solo fue cncer. Prepar su muerte con precisin de cirujano. No le quedar un centavo que gan al maldito Estado, deca. Y cuando muri pap yo era una hurfana rica y l un muerto sin un centavo. 
El procurador que le ayud a morir indigente se llev su secreto jurdico a la tumba. Pap me sigue cuidando hasta desde la sepultura.
Alz la copa de champaa.
- Feliz Nochebuena, pap.
No me estaba resultando ya tan bruja. Se estaba humanizando. Pero era la bebida, no ella, poda apostarlo. Fui hasta la mesa y me serv una copa, y con cortesa volv a llenar la suya, que consumi de un trago y volvi a tenderme la copa vaca.
- Papi, papi, papi, ms, ms, ms -dijo riendo.
La botella tembl contra el cristal de la copa y hubo tintineo de estrellitas. Volv a llenar su copa, y reconoc que una voz as modulada, a los 20 aos y en una cama, era capaz de curar la impotencia.
- Seora -le dije tras vaciar mi copa-. Si supone que me est seduciendo se est esforzando al pedo -me senta algo mareado pues soy flojo para la bebida.
- Caballero -me respondi despus de hacer desaparecer el contenido de la suya-. Si Ud. piensa que estoy tratando de seducirlo, se sobrevalora excesivamente. Nunca me gustaron los jvenes de pecho hundido y del tipo afeminado.
Si pens humillarme lo logr. Me hubiera gustado que me deseara para decirle no. Extrajo la botella del balde y comprob que estaba vaca. Sin ceremonias y algo tambaleante logr saltar el corcho de la segunda. La espuma y la bebida se salieron y ella empez a lamer la botella, riendo al mismo tiempo. Trat de llenar su copa, de pie y vacilante, y derram el lquido en su escote. Entonces le serv yo, agradeci y se sent de nuevo. 
Me clav la mirada.
- Un chico de tu edad sin auto es una calamidad -me dijo.
- Creeme que sobrevivo a esa desgracia, Natalia. 
- Ah te pintas entero, futuro insolvente. Sobrevivo a la desgracia. 
Y qu hay de escapar de la desgracia?
Escapar del mismo destino de pap? Borracha y todo me estaba atacando por los flancos?
- Y debo creer que un auto me ayuda a escapar de la desgracia?
- Un auto corre ms que tus zapatos, no?
- Muy bien, reglame un auto -le desafi.
- Te lo regalo -ri.
Qued mudo. Ella se dirigi a un mueble que podra llamarse un secretaire Pompadour o cosa parecida, abri un cajn, sac un manojo de tres llaves unidas por un aro que pareca de plata, y me lo arroj. Dio en mi pecho y cay al suelo. Si lo levantas ests perdido me advirti el otro yo que sola dialogar conmigo. No hice ademn (21) de levantarlo.
- Ya tienes auto -me dijo con un cargamento de irona en la voz y en la mirada.
- Si esto tiene relacin con la muerte de un hombre...
- No tengo la menor idea de a qu te refieres.
Mir el retrato de casamiento, la mujer dorada con el oficial. Ella tambin dirigi a la vista all.
- Viste qu trax? -me dijo en obvia referencia a mi pecho hundido.
Comparado con el mo, era un mapamundi comparado con un mapa dibujado en un cartn. Trat de regresarla a su demencial proposicin.
- Muri. Recuerdas?
- La gente muere.
- Castrada y asfixiada.
No se le movi ni las pestaas. Quizs mi padrino tuviera razn y hubiera realmente arterioesclerosis con su patologa de olvidos.
- Esa historia me pertenece a m.
Levant las llaves.
Volvi a abrir el secretaire o como se llame y sac una tarjeta que me pas. Llevaba su firma y deca a un don Francisco Barreto que entregara el auto del garaje, al portador de la presente. Al dorso estaba dibujado un plano para llegar a cierta zona de Trinidad.
- Es la quinta de pap -dijo-. All me llevaba de nia y nos divertamos en hacer pelear tarntulas.
No pude atribuir la pelea de las horribles araas a cierto esbozo de delirium tremens o si realmente antes se haca eso para diversin de las niitas. Pero en todo caso, ya tena un auto.
La Nochebuena termin cuando termin la cuarta botella, y yo tuve que ir al bao a vomitar grandes porciones de pavo. Cuando regres al saln ella estaba despatarrada en el piso de baldosas, dorma, roncaba y la dentadura postiza superior se haba desprendido cayendo sobre el labio inferior y tan pareca una calavera que renunci al versallesco esfuerzo de alzarla y llevarla a la cama. Sal a la madrugada de Navidad, de sombra espesa an y atrado por el aire fresco camin hacia la Plaza Uruguaya, haciendo girar las llaves en mi dedo ndice.
Solo deseaba meterme en la arboleda y hacer profundas aspiraciones para evitar que las amenazantes nuseas volvieran. Pero estaba escrito que mi pattica Nochebuena no haba terminado. Observ a un hombre sentado en un banco. Y sus hombros se sacudan como si estuviera llorando. Segu de largo. El hombre me llam:
- Erasmo? -extraado, me encamin a l. Era Sandoval. Y estaba llorando a las tres de la maana.
- Qu haces aqu?
- Quin quiere pasar la Nochebuena con un puto? -y sigui llorando, evidentemente ebrio, porque tena un frasquito de Whisky puro en el regazo.
- En la Escalinata de Antequera hubieras tenido buena compaa.
- Esas puercas! -me mir interrogante-. O puercos?
- Se levant, me abraz y me bes, me dijo que siempre le gust y me arranqu de l y fui velozmente a echar ms pavo tras el banco de la plaza. Haba venido a aspirar aire puro y aspiraba el aliento de un marica borracho y sentimental.
- No me dejes -suplicaba mientras yo an jadeaba y empapaba mi pauelo.
Me suscit lstima. Tom asiento a su lado en el banco.
- Lo que necesito es un compaero permanente -dijo-. Un marido.
- Quieres hacerme vomitar de nuevo?
- Est bien, vamos a suponer que hablamos de hombre a hombre -se sobresalt-. Pero qu ests haciendo aqu? De dnde vienes? Adnde vas?
- No puedo contarte la historia de mi vida. A ver si me crees. Estuve con una vieja de 75 aos. Nos emborrachamos juntos y comimos pavo, finalmente me regal un auto.
Su mirada fue de absoluto desprecio.
- Qu degenerado! Con razn ests vomitando.
- Vomit tres veces.
- Espero que la primera y segunda vez hayas vomitado montado sobre ella. Pero no. No te hubiera regalado un auto. Te ests burlando, verdad?
Le sacud las llaves ante las narices.
- Y lo hiciste no ms? -exclam escandalizado.
- Lo hice.
- Gracias Dios que no soy... -call.
O quiso decir hombre o quiso decir normal. Nunca lo averig. 
Tampoco supe por qu aferr su frasco y beb de su Whisky. Haba odo que una bebida hace pasar el efecto de otra bebida, pero lo que consegu fue que la borrachera que se iba disipando volviera con fuerza.
Recuerdo vagamente que llegamos a su casa all sobre la calle Garibaldi, abrazados, cantando El Expreso Decano y tropezando tambin a do. Nos abri la puerta la hermana de Sandoval, con una salida de bao encima funcionando como bata. En sus ojos vi amor para su hermano y un clarsimo desprecio hacia mi persona. Comprend el motivo.
- Oiga, seorita, yo no soy de los que...
Su asco se acentu, mi indignacin tambin, ayudado por no s cuntos grados de alcohol.
- Ud. es una mujer fea -le dije-. Y las mujeres feas no tienen derecho a despreciar a los hombres.
Meti de un tirn a su hermano adentro y me cerr las puertas en las narices. Entonces le grit a la puerta cerrada.
- Me imagino su suplicio cuando cose un vestido de novia que Ud. 
jams vestir! -y rea a carcajadas, pero se abri de nuevo la puerta, apareci ella y recib (22) el bofetn ms inolvidable de mi vida. En rigor fue una trompada, pero digamos bofetn en homenaje a su feminidad ofendida. Y as termin mi Nochebuena de 1987. 



Captulo VIII
El 25 de diciembre era mircoles, y tuve que ir arrastrando una resaca formidable y un dolor de cabeza que pulsaba como un tambor mayor, a la casa de mi padrino, conforme a sus instrucciones. Me recibi en la calle, por fin vestido con pantalones formales, camisa y corbata. Vi que adentro haba gente y alcanc a oler que de la cocina de Sixta escapaba un delicioso olor a sopa paraguaya. Agasajo a los parientes de Tobat. Mi padrino solo quiso saber cmo haba pasado la Nochebuena su amada. Le dije que pusimos un arbolito en su dormitorio, que ella haba estrenado un camisn nuevo de encaje, y que le cant villancicos de Navidad y tomamos refresco de frutillas y limn.
- Pregunt por m?
- Con inocultable pena en los ojos -estoy seguro que en ese momento sinti odio por sus parientes visitantes inoportunos.
- Me haba dicho que tena un regalito para vos, ahijado.
- Me regal un auto.
Me aferr del cogote y me sacudi, furioso.
- Tu trabajo es distraerla, no aprovecharte de ella. Vas a devolver ese auto -orden.
- Me lo regal en pleno uso de sus facultades mentales. A veces la pobre resulta muy lcida y coherente.
- Vas a devolver ese auto. Es una orden.
- Est bien, padrino, pero aprovechar uno de sus momentos lcidos para decirle que su Toribio es el ms grande mentiroso del siglo. Que nunca tuvo nada con ella. Que inventa historias sobre su memoria en blanco.
Pero era un hombre de carcter. No precisamente un perdedor. No iba a ceder al chantaje de un chiquillo sin trax.
- Vas a devolver ese auto.
- Entonces no le cuento un descubrimiento que hice. Ella me lo cont con amargura. Algo que poda haber cambiado tu vida.
Los hombres de carcter tambin sienten ansiedad.
- Qu fue?
- Recbelo como regalo de Navidad, padrino.
- Qu fue, carajo digo? -no poda contener su impaciencia.
- Los cuadernos de deberes Recuerdas? Cuando iba a la Escuela. No se le cayeron. Ella los dej caer porque not que la seguas, que la seguas siempre, y le gustabas. All pudo empezar el romance real, y no el que ests inventando ahora, padrino -tena conciencia de que no era toda la verdad, pero estaba cerca-. Ella cree que all empez todo... lo que le mientes hoy.
Primero palideci, despus se puso rojo. Apret los puos como para pegarme, pero al fin me abraz. Mi regalo de Navidad se pareca a un acertijo chino. La gloria para el joven que fue y la derrota para el viejo que era. No era as del todo, y cre no hacer ningn dao si lo dejaba pensar que Natalia lleg a ver en l un amante para toda la vida y no un semental de ocasin.
- Puedo quedarme con el auto? -pregunt, l afirm con la cabeza y entr a su casa, tal vez dispuesto a sustraerse de su parentela rural y encerrarse a escuchar boleros, con las fantasas cargadas al mximo voltaje.
Me haba prometido ir a visitar a Ren, el ex-menonita y sper mecnico. Encontr en la parada un viejo taxi que ola a cuero, aceite quemado, desodorante y marihuana. Ajeno a todo espritu de Navidad, Ren trabajaba con concentracin total vigilando una mquina prodigiosa que estaba rectificando al mismo tiempo los seis cilindros de un motor. Tena la vista clavada en el tablero de mandos de la mquina, y en sus cuadrantes con agujas, lucecitas verdes, mbar y rojas. Sinti mi presencia y cuando yo iba a hablarme hizo callar con un ademn. Ningn sonido proveniente del mundo exterior deba interrumpir su devota concentracin en la mquina. Esper ms de media hora, la mquina se detuvo por fin, escupi una cinta de papel que contena seis columnas de cifras, Ren los revis y puso cara de contento y le dio golpecitos afectuosos al tablero.
- Es computarizada -me dijo con orgullo-. Qu te trae por aqu?
- Tengo auto -le contest haciendo tintinear las llaves- pero no s manejarlo. Quieres acompaarme a retirarlo?
Examin las llaves con extraeza y me pregunt de qu marca era el auto. Le contest que no tena la menor idea. Sigui examinando las llaves como si contuvieran un misterio incomprensible a su mentalidad de mecnico.
- Me pones curioso -dijo-. Pero debemos esperar que venga mi hermana y te acompao.
- Tu hermana?
- No lo sabas, vino enviada por la familia a convencerme de que vaya a hacer penitencia y volver al rebao. No fui, se qued ella. Se ha lanzado a probar los pecados del mundo.
En ese momento entr como una centella al gran galpn una moto monstruosa, de orgullosa marca japonesa. Encima de la moto una chica con pantaln vaqueros y botas cortas. Del casco de astronauta que cubra su cabeza escapaba un largo cabello rubio. Desmont de la mquina, alta, ms alta que Ren, con una esbeltez espigada de hombre, de arquero de ftbol dira yo, se despoj del casco y vi una rosada, veinteaera y nrdica cara menonita.
- De modo que probando todos los pecados -murmur deleitado.
- Menos la fornicacin -me clav el dedo en el pecho-. En eso no transige.
Una amazona virgen. Vaya.
- De todos modos es muy machona -respond a mi amigo, no muy convencido, pero ya menos deleitado. Quizs guardaba su pureza para algn galn del tipo vikingo... o para una morochita rosadita, tierna y dulce. 
Suele suceder con este tipo de rubias viriles, si me entienden.
Ren dej a cargo de la vikinga el taller y salimos a buscar un taxi. 
Si iba a traer manejando mi auto, no poda llevar el suyo. Siguiendo las indicaciones del plano en el dorso de la tarjeta de Natalia, llegamos a una gran casa quinta rodeada de espesa arboleda. Naranjos bien cuidados, mandarinas, aguacates, aguas, pomarrosas, un gran trozo de guayabal, pomelos y centenares de especies ms, como un catlogo vivo de la riqueza -ya no tan intacta- de nuestras florestas. A la casa se le poda llamar casern, pero si no estuviera tan venida a menos, tan maltrecha y mejor arreglada, quizs llegara a ser mansin. En un corral con establo rumiaban tres vacas Holando de maysculas ubres, y en el gallinero hacan bulla como cien ponedoras.
Me detuve a la sombra de un mango tan enorme que bien poda ser plantado por uno de los hijos de No; despus del diluvio. Y el pensamiento de que eso poda ser mo se me fue atornillando de a poco en la conciencia.
Al notarlo, mi jbilo de ese mismo da, de tener en cierto modo dominado a mi padrino y a Natalia, se esfum un tanto. Me necesitaban, pero me estaban usando an, especialmente Natalia, con el auto, y ahora con esta quinta donde podra vivir mi vejez sentado en una mecedora, viendo los programas televisivos de Marte y fumando una pipa de tabaco sin alquitrn, all por el 2020. Si la vida de un hombre no fuera tan...
- Qu mandan los seores? -quien hablaba era un anciano erguido como un bastn, de mirada azul y barba color bronce que brillaba con el sol. 
Era manco. Y el mun del brazo que faltaba sobresala en los hombros.
- Don Francisco Barreto?
- Servidor.
Le entregu la tarjeta. Se palp los bolsillos de la blusa de dril  y no encontr los anteojos.
- De quin? -pregunt.
- De la seora Natalia.
- Qu dice la patrona?
- Que me entregue un auto que est guardado aqu.
Asinti, guard la tarjeta y le seguimos hacia un galpn de tablas.
Tena en mente un Toyota, o un Datsun... por qu no un Mercedes? 
Eligi de un llavero una llave que calz en el candado, abri con cierto esfuerzo las grandes puertas que parecan cerradas por mucho, mucho tiempo para un auto para mi gusto. Y nos dej all, contemplando la forma esbozada de un coche bastante grande, bajo una apretada funda de lona. 
Tambin la funda tena la vejez del tiempo, y empec a sentirme deprimido.
Con mano experta Ren retir los cierres y corri la funda. Haba un extrao parecido al descubrimiento de un monumento conmemorativo. El coche qued descubierto, de brillante color vino, lneas clsicas, largusima y aguda trompa coronada por una mujer alada. Luca una esplndida elegancia, pero era irremediablemente viejo. El xtasis de Ren no pudo menos que asombrarme. Miraba el coche como una beata que contempla la aparicin de la Virgen Mara. Y cuando pudo hablar dijo:
- Un Packard 1942! -se sent de un salto sobre los ebrneos guardabarros y empez a mecerse. El coche oscilaba silenciosamente.
- Esta suspensin jams ha sido superada! -descendi de nuevo, abri las portezuelas, mir el tablero-. Jess mo, solo ocho mil kilmetros! 
Y qu tapizado, seor mo! -acarici el volante, enorme, que pareca de marfil y se volvi a m-. Erasmo... sabes lo que te han regalado?
- Un coche viejo.
- Una fortuna!
- Me sigue pareciendo un coche viejo.
- Muy bien. Ahora mismo vamos a Toyotoshi, eliges un Toyota nuevo, te lo compro y me quedo con esto.
Empez a parecerme ms atractivo el Packard ese, pero dudaba.
- Sabes que los rusos lo copiaron pieza por pieza y construyeron el primer auto comunista, el Zim? -me inform con su gran sabidura mecnica, y luego abraz el afinado y largo capot, murmurando-: Te amo, te amo! 
-abri la tapa del motor-. Ocho cilindros en lnea, una seda!
- Te has fijado que el acumulador est hecho pur? -le dije. 
-Detalles!
- Y las cubiertas estn podridas?
- Detallitos!, en un da lo ponemos a andar, Erasmo.
- Y te parece que puedo aprender a manejar ese monstruo?
- Nooo -aull-. Sera un crimen! Aplastar ese bello radiador cromado contra un rbol. Me da un sncope.
- Te acepto el Toyota -dije.
Me mir incrdulo.
- De veras?
- De veras -le asegur con el aire de quien nunca sabr diferenciar una cosa antigua de una cosa vieja, ni le apasiona la diferencia.
- Mir que honestamente, te estoy explotando, Erasmo.
- Que te aproveche. Quiero manejar un auto, no una baslica sobre ruedas.
Cerramos el trato con un apretn de manos. Y jams vi tanta felicidad en un ser humano joven, ni en una noche de bodas.
Fue as que fui propietario de un Toyota que aprend a manejar pronto, porque tena cambios automticos, y Ren fue el feliz propietario de un coche asombroso. No rodaba, se deslizaba con un zumbido suave, pareca abrirse paso con gracia de bailarina en el trnsito, cortando el mundo con su trompa afilada y llevando a bordo la felicidad de Ren, que su hermana supo compartir tanto ante el hallazgo de aquella joya, que se inclin y me dio un beso, que me supo ms bien a picotazo.
Natalia, despus de Ao Nuevo, no tuvo inconveniente alguno en firmar la escritura de transferencia a nombre de Ren -la firm sin leer- que le trajo una joven escribana. 


Captulo IX
A fines de enero dieron de alta a Luca. Insisti en que la llevara a casa en mi Toyota, orgullosa de que su hermano tuviera un auto tan nuevo, aunque no de su origen, firme en su creencia de que yo era el amante de una anciana rica. Se cre un pequeo conflicto cuando Valentn se enfurru porque l pensaba que Luca ira con l, en su vehculo. Al fin gan Valentn y la llev a casa, donde Luca conservara los yesos 30 das ms, pero ya no necesitaba inspeccin mdica permanente. La vieja abogada sin funciones llor cuando mi hermana se despeda de ella, y en cuanto al campesino herido se haba ido una semana atrs, tras jurar a Luca que el que lo hiri estara ocupando antes de un mes su misma cama. De paso, le cont que era soltero y que tena cultivos de tomates en Paraguar, adems de un caballo parejero y un gallo de rias. Lo que se dice un galn folclrico.
Ayudamos a Luca a arrastrarse por los corredores a abordar el automvil de Valentn, y me volv a saludar a la vieja abogada, cuando ellos partieron.
- Me despido, doctora -le dije.
- No quiero quedarme en la duda, joven. Es verdad lo de su relacin con la vieja?
- S, pero es una relacin sin relaciones. Sabe que me regal un automvil?
- Entonces hay relaciones. Cuando una mujer da un auto es porque recibe en grande -sentenci.
- No es as, pero espera mucho de m.
- Como qu?
- Sabe mi nombre?
- Erasmo no se qu.
- Entonces no le digo mi secreto. Puede ser un testigo en contra -estaba simplemente jugando con una hiptesis demasiado absurda.
- Le juro que ya me olvid que se llama Erasmo. Dgame el secreto. Me muero por los secretos.
- La vieja quiere que mate a un hombre.
- A cambio de un auto?
- A cambio de todo lo que tiene. Mucho.
- Cunto de mucho?
- Casas, dinero en el Banco, en las Financieras, y una quinta que es un sueo.
- Por qu tiene que matarlo? 
- Porque l mato a su marido, en 1947.
- Entonces l debe ser un viejo ya.
- Eso pienso.
- Entonces mtelo.
- Y me lo dice una abogada! -me re.
Apart las cobijas, se puso de pie. Su camisn era transparente y se vislumbraba su anticipo de esqueleto. Se plant delante mo.
- Oigame, mocito. Mreme. Un despojo. No hubiera sido as si mataba cuando deb matar. Quiere acabar como yo? -pareca el eco de mi padre.
- No quiero acabar como Ud. -exclam irritado.
- No estudia, me cont su hermana.
Asent resentido.
- Trabaja arreglando monopatines.
- Y me alquilo como Cupido para un romance de viejos -agregu.
- Lo ms parecido a un prostituto -me escupi en la cara-. Adnde cree que llegar? Mate al viejo.
- Se da cuenta que est hablando de la vida de un hombre?
- De lo que queda de la vida de un hombre. Tres o cuatro aos. A lo mejor est hastiado y le hace un favor.
- Bueno, abuela, hasta aqu lleg el cuento.
- Oh s! Da mucho placer jugar a contar cuentos -sus ojos brillaban con diablica malicia. Gir y se encamin al bao, no cerr la puerta. O un chorro increblemente poderoso de orina en el inodoro, y sal silenciosamente, esperando que para siempre. Aquella vieja era demasiado para m. Capaz de convertir una fantasa en algo real. Capaz de hacer aritmtica con la edad y con la muerte como componentes de una resta matemtica, y capaz de decir muy suelta de cuerpo que cuando uno deja pasar el momento de matar, termina hecho un despojo.
El papel de Pulgarcito esclavizado por el Ogro, tentado por la Bruja Dorada y seducido por la Abuela Maligna y su argumentacin de noche de lobos, ya era demasiado. Empezaba a ser una secuencia hacia un demencial desenlace que jams aceptara. Jams, me deca mientras apretaba el acelerador del Toyota y oa el suave clic de la caja de velocidades al cambiar solita y obediente.
Durante cuatro martes y tres viernes del mes de enero, haba estado con Natalia, y nunca volvi a referirse a su venganza, y durante cuatro mircoles me haba pasado horas inventando fbulas para don Toribio, con ptimos resultados econmicos. Ese mismo da en que me iba de la pieza de Primeros Auxilios al son de un chorro de orina, era viernes, pero temprano para mi visita a Natalia, de modo que enfil a casa, donde encontr a Luca acostada entre sbanas nuevas (oh Valentn) en la cama de pap, de quien supe despus que se haba resignado a dormir en el lecho de Luca.
All lo encontr acostado, leyendo Las Aventuras de Isidoro. A mam lo pas por alto cuando la vi sentada en una silla, con la pierna varicosa descansando en el cajn vaco de cerveza y mirando tristemente su extremidad vendada como las de una momia. Luca y Valentn se encontraban en otro mundo, y no era justo traerlos a este. As que fui a la habitacin de Luca donde pap nutra su intelecto.
- Es muy generoso de tu parte, pap.
- Vale la pena el sacrificio de dormir aqu si voy camino a ser el suegro de un estanciero, y bobo, por aadidura.
Las perspectivas financieras le haban hecho recuperar sbitamente su paternidad sobre mi hermana. Lea a Isidoro, y cosa rara, tena cierto parecido con su hroe.
- Pap, aun los muchachos bobos se casan con sus novias, no con sus suegros. No te hagas ilusiones.
- Dijo a tu madre que se ocupara de la familia. Maana traen una heladera nueva. Y fue a ver el terrenito, lo supe por tu madre tambin. 
Creo que piensa construir all -record algo de pronto-. Por ah debo tener unos planos. Le mostrar mis planos.
Qued pensativo, tratando de recordar dnde haba guardado los planos, ms de un cuarto de siglo atrs.
- Pap. Una vieja me pronostic que terminara como vos. Coincidi contigo.
- Vieja sabia, pero si Luca atrapa al Caray se acabaron nuestros problemas.
- Pap, quiero saber cmo voy a ser. Cmo sos?
- Pero te dijo que si Chita...
- Quieres dejar de insultar al pobre Valentn? Cmo te ves?
Pens un instante.
- Digamos que soy un tipo prctico y realista. Tengo 45 aos y mi nica enfermedad es una muela cariada. Los dientes cados no se cuentan. 
Soy flaco y como como un gordo. Me gusta chupar bastante, sin preferencias, basta que tenga graduacin alcohlica. Nunca me doli la cabeza, ni sent mareos ni tuve dolores de cintura. De mi vida sexual no te hablo por delicadeza paterna, pero si te cuento vas a sentir envidia. 
Soy sano como un buey... y sabes por qu? Porque nunca me preocup por nada. La preocupacin es una diabla que viene con una bolsa cargada de urea, reumatismos, lceras, tumores, colesteroles y qu se yo. Entonces me dije que voy a vivir cien aos, sano, activo y alegre, y decid no preocuparme jams por nada. Estamos? 
- Me ests diciendo la verdad o tomando el pelo?
- Mitad y mitad.
- Y ests contento con lo que sos?
- S. Pero no estara contento si fueras como yo. Suerte que el Chimp... digo Valentn ya meti la pata en el resorte. Y de paso, no he tenido el honor de pasear en tu auto. Y no quiero saber cmo lo conseguiste. Porque lo que uno no sabe no le compromete, y puedo jurar por la Biblia que el origen de ese auto es absolutamente turbio. Pero me gustara un paseo... sin importarme el origen del auto.
Volvi a su Isidoro y vi que era hora de mi cita con Natalia.
Ya no tena necesidad de tocar el timbre. Entraba como en mi casa, y si llegaba temprano, esperaba en la sala a que Natalia se arreglara. 
Entonces era la ocasin para protagonizar algunos ejercicios erticos con la mucama, que con seguridad no haba mirado el Kamasutra, pero lo saba todo por instinto. Pero esta vez Natalia ya me estaba esperando. En ocasiones anteriores el equipo de sonido ya estaba perpetrando boleros, ella se levantaba y sin saludarnos, empezbamos a mecernos bien abrazados. 
Cuando llegu no haba boleros. Cre que era un olvido y me encamin al aparato.
- Deja eso -me orden con voz spera-. Sintate -tom asiento-. Para cundo? -pregunt.
- Para cundo qu, Natalia? -tu decisin.
- Te refieres a matar?
- De qu ms podramos hablar? -pregunt con fastidio.
- Nunca lo har.
Se levant, erguida, soberbia, patrona.
- Entonces ests despedido.
- Soy empleado de mi padrino -me haba levantado yo tambin.
- Tu padrino tambin te despedir. Le voy a decir que me has faltado al respeto.
- Y yo le voy a decir que su doliente Natalia derrumbada en la cama todava puede ganarle en el tennis. Y se te acabar la diversin.
- A quin crees que l creer?
Tena razn. Si el placer de Natalia era manipular a don Toribio para dar rienda suelta a su vocacin felina, el placer de don Toribio era dejarse manipular.
- Afuera! -me sealaba la puerta.
Me march, camin hasta el San Roque y ped una cerveza, no del todo satisfecho con la rpida escena, porque adivinaba en ella algo de artificioso y calculado. Como si realmente no me estuviera echando, sino mostrndome que poda hacerlo cuando quisiera. Consum mi bebida, regres al sitio donde haba estacionado el Toyota y fui sin saber muy bien la razn a casa de Sandoval. Desde Navidad le deba una disculpa a su hermana. El negocio de vestidos de novia de alquiler todava estaba abierto y mostraba una exposicin de maniques luciendo ropajes nupciales femeninos. Encontr a Sandoval en la trastienda tratando de borrar de un vestido una mancha que pareca de chocolate, o de vino. Me salud contento de verme y abandon su tarea, aireando el vestido. Nunca haba estado cerca de un vestido de novia que oliera a nafta. Movindose entre esas prendas Sandoval pareca ms afeminado que nunca, y estbamos charlando cuando de las dependencias interiores apareci la hermana, con pantalones vaqueros y zapatilla blanca. No era hermosa, era fea linda, como Katherine Hepburn cuando era joven. Me vio y all dijo:
- Le debo una disculpa.
- Yo tambin vine por la misma razn -le contest.
- Mi hermano me aclar que... -y se ruboriz.
- Y yo no quise decir lo que dije. Y me alegra que su hermano le haya aclarado el punto. Somos buenos amigos, al margen de su... -y me ruboric yo a mi vez.
- Estamos en paz, entonces -dijo, y sonri, y nunca haba visto tan lindos dientes-. Nos acompaa con un caf? -ofreci.
- Vayan Uds. -dijo Sandoval-. Saben que forman una linda pareja? Y ri con una risa de Madama.
La segu a un patiecillo interior cuadrado, limitado en tres lados por las grumosas paredes de viejas casas vecinas. En el centro (23) del patio se alzaba un rugoso naranjo, y a su sombra haba un juego de mimbre, mesita y tres sillas. Me ofreci una silla, fue a buscar el caf y de paso encendi un tubo fluorescente que iluminaba el pequeo patio. Volvi con el juego de caf, y al servirme en mi taza dijo que ella lo tomaba muy fuerte y esperaba que no me quitara el sueo a lo que respond que tena un sueo tan pesado que poda dormir en la jaula de unos leones en celo. 
Logr hacerla rer y con la luz fluorescente sus dientes parecan resplandecer. Se sent.
- Le agradezco su... tipo de amistad con mi hermano. Ud. le hace sentirse humano. Me lo dijo.
Le iba a contestar algo torpe cuando me interrumpi:
- Hablemos de otra cosa -pens un momento- somos hurfanos. Nuestro padre muri el 18 de agosto de 1979, y nuestra madre en el primer aniversario, 18 de agosto de 1980.
- Suele suceder -dije por decir.
- No fuimos una familia feliz -dijo-. Cuando pap descubri que a mi hermano le gustaban las muecas, se amarg la vida... y se la amarg a mi hermano. Es duro para un chico que su propio padre le trate de marica. Mam sufra. No haca ms que eso, sufrir. Y en silencio -vacil-. 
Vive su padre, joven?
- Me llamo Erasmo.
- Ya lo saba. Lo llamar Erasmo.
- S, mi padre vive, y mi madre tambin. Tampoco somos una familia feliz.
- Y Ud. es feliz, Erasmo?
- No -la respuesta surgi convincente y rotunda-. No me pregunta por qu?
- No quiero parecer curiosa, Erasmo.
- Solo querra que fuese solidaria... este... cul es su nombre?
- Noelia.
- Lindo nombre, sea solidaria y pregnteme por qu no soy feliz, Noelia.
- Est bien -ri-. Por qu no es feliz?
- Digamos que me miro al espejo y hago un gesto de asco. Hay muchas palabras sueltas, insatisfecho, resentido, frustrado, todava no he elegido el rtulo.
Su mirada castaa, obscura bajo las cejas sin depilar, se clavaron en m.
- No creo que esos sean los rtulos adecuados. Escriba otro.
- Cul?
- Miedo. A qu le tiene miedo, Erasmo?
- Y cmo diablos... perdn, cmo puede estar tan segura?
- Me cri un padre lleno de traumas y una madre llena de temores. Veo en Ud. miedo.
Le calcul una edad de 25 aos. Cmo a esa edad poda ser tan sabia? 
O ciertas mujeres son sabias de nacimiento? O la vida de ciertas nias es un curso de sabidura?
- Ya que sabe tanto, Noelia, a qu le tengo miedo?
- No s, Erasmo. Solo s que el miedo es insano. Ud. no merece que...
- Call.
- Y cul es su receta, Doctora?
- No creo merecer que se burle.
- Perdn.
- Cuando lleg estaba tenso, como pap cuando vena del trabajo con los poros sudando iras.
- No me pregunte de dnde vena, Noelia.
- No quiero saberlo. Pero si yo me sintiera su amiga, le dira que no vaya ms -ri-. Y se lo dije no ms! Entonces, ya somos amigos. -Me (24) pas la mano solemnemente y yo la estrech. Me sent complacido, confortado. Noelia, fea-linda, madura, reflexiva estaba redimiendo mi galera de mujeres. De pronto me pareci deseable. Una cabeza firme sobre un cuerpo macizo y esbelto. La compar con Luca y mi hermana se redujo a una estatura de bacteria.
- Empiezo a ser feliz -dije espontneamente.
- Lo dice con el tono de quien empieza una aventura, Erasmo. Por favor, no lo intente, se lo pido en serio.
Me sent cortado y avergonzado. Hay lecciones que no necesitan de muchas palabras. O tal vez...?
- No me mire as -continu-. No soy una mujer frgida, ni la contrapartida femenina de mi hermano. Soy sencillamente una mujer -tom aire-. Bien mujer. Pongamos eso en claro... si vamos a seguir siendo amigos.
- Ud. se defiende antes del ataque -dije tratando de ser gracioso.
- Y Ud. debe perder la costumbre de atacar a ciegas, seor mo -las palabras eran duras, pero sus ojos rientes. Por cierto que era mujer, bien mujer, pero con cuntas pulgadas de coraza, haba que averiguarlo.
Un poco despus nos habamos despedido. Sandoval no apareca por ninguna parte, y ella abri la puerta del negocio y nos dimos la mano en la acera.
- Pierda el miedo, Erasmo.
- Puedo volver a verla?
- Sabe donde vivo.
- Creo que vendr con frecuencia. Me ayudar a perder el miedo.
- Otra vez? -me reproch.
Nos dijimos adis y al volante del Toyota supe que haba descubierto qu significa andar con cautela. Noelia era una de esas mujeres que parecen esperamos al otro lado de un campo minado. Sin embargo, la comparacin me gust.
Lo que no me gust fue el da siguiente mircoles el desconsiderado recibimiento de mi padrino. Natalia trabajaba rpido. Ni siquiera lo vi. 
Fue Sixta quien asom a la puerta y me dijo que don Toribio me prohiba volver a poner los pies en la casa, que era un ingrato y desagradecido y que devolviera la guitarra en el plazo de 24 horas. Adems que no anduviera contando chismes sobre el patrn, porque al margen de que nadie creera a un atorrante, el patrn me hara cortar en pedazos. Todo un discurso.
As llegu a un punto crucial. Otra vez sin trabajo y dueo de un automvil.
El mes de marzo quitaron los yesos a Luca, que arm un escndalo cuando descubri que su pierna enyesada y su brazo tambin enyesado parecan palitos. Valentn se apresur a llevarla a un gimnasio de recuperacin, y para el mes de mayo su anatoma recupero su equilibrado esplendor. Se maquillaba menos, vesta con ms decoro, se hizo rogar mucho y por fin consinti en que Valentn la llevara a la estancia a conocer a sus padres. El da que partieron en el automvil de Valentn, despedidos por un cnico prtense bien de pap, mam lloraba.
- No hay razn para llorar, mam. Luca est en camino de salvar su alma podrida.
- No lloro por Luca, idiota, lloro por mi pierna.
Me sent a su lado y la consol, reclin su cabeza en mi pecho y llor ms. Desde que fue Reina del Presidente Hayes estaba orgullosa de sus piernas, y aunque se volvi obesa, se consolaba admirndolas y dicindose que no haban perdido su esbeltez, y tena razn. Tena lindas piernas, hasta que las varices vinieron a mostrar venas saltonas y a quitarle su postrer ornamento femenino. No haba forma de consolarla ni de recuperar aquellos momentos ntimos con ella que tanto me gustaban, y que me estaban haciendo falta, especialmente en la sequa econmica en que ca.
En esos meses, tambin haba visitado a menudo a Noelia al anochecer, tombamos caf y ella no paraba de hacerme presente que ella era una mujer bien mujer, si bien lleg un da en que me permiti besarle la mejilla al despedirme. En la visita siguiente tambin la bes al llegar, reservando otro para la despedida. Pero en lo dems, nada, y cosa rara, no me haca infeliz, porque Noelia era muy mujer, y me gustaba que fuera as. No sera yo la segunda edicin de un Valentn.
En julio vend el Toyota y tuve un montn de dinero. Se lo confes a Noelia, entre cuyas virtudes hay que anotar una mente financiera formidable.
- Cunto sacaste por el automvil?
- Diez y nueve millones.
- Y qu vas a hacer con ese dinero?
- Gastarlo. No es la costumbre? -me mir como si le hubiera hecho un chiste, se convenci de que no era un chiste, sino mi manera de ser.
- Pero... No tienes algn proyecto? Es un capital.
- No tengo la menor idea en qu trabajar -pens que irremediablemente me iba pareciendo a pap.
Pens un instante y dijo:
- Te propongo un negocio. Tengo el proyecto de ampliar el mo. 
Tambin trajes smoking y de etiqueta para caballeros. Me prestas el capital, te pago un tres por ciento de inters mensual, y tienes una renta de 570.000 por mes. 
- Algo as como un sueldo?
- Intereses mensuales. S, es como un sueldo.
- Lo puedo gastar sin que te escandalices?
Ri a carcajadas.
Y entonces comet uno de los grandes errores de mi vida. Le prest el dinero a Noelia. Pobre Noelia. Pobre yo.
No llegu a cobrar el cuarto tres por ciento. Hasta el tercer mes, Noelia, en tiempo rcord haba derribado paredes y ampliado el saln. Puso a trabajar como galeotes (25) a tres sastres y contrat un dependiente varn, con la expresa prohibicin a su hermano que molestara al muchacho.
- No mezclar los negocios con el placer -le haba jurado su hermano.
Entonces sobrevino la tragedia. Suceda que Sandoval usaba nafta sper como quitamanchas, y suceda que la nafta es inflamable, y que frotar el nailon con una franela produce chispas, como explic el Jefe de bomberos voluntarios, y las chispas encendieron un bidn de nafta, que explot y el incendio redujo a cenizas todo, contando mis 19 millones.
A Sandoval tuvieron que internarle en un Sanatorio donde lo tenan dopado. A Noelia la vi al da siguiente del incendio, de pie en el vasto recinto carbonizado, mirando alrededor.
- Noelia, no s qu decirte -murmur, tratando de tomarle la mano. 
Ella se neg a drmela.
- Te devolver hasta el ltimo centavo, Erasmo.
- Yo no vine a...
- Quieres dejarme sola, por favor? -la ira y la amargura en la voz sumaban a un rechazo.
Apunt tambin eso. Era tan mujer que prefera sufrir sola. Y la dej sola. Y qued de nuevo insolvente.
Esa noche encontr a los amigos en la hamburguesera. Cerca del cordn de la acera, el Packard de Ren flameaba. Solo estaba con l Sergio. Decan que Rafael haba salido en libertad gracias a un Juez que tom en consideracin que el padre de Rafael haba donado un generoso cheque de compensacin a la hija que no alimentaba a la madre en vida, y no hubo querella. Pero Rafael sala poco, decan, quizs (26) porque todava estaban enderezando los hierros del BMW paterno.
Ren no paraba de contar las maravillas del Packard, que le haba instalado direccin hidrulica, freno de potencia y un carburador de competencia. Sergio lo escuchaba aburrido, rascndose interminablemente los genitales, y yo no tuve nimo de comentar lo que ellos ya saban, la desgracia del pobre Sandoval. Compart con ellos una botella de cerveza, cuando Gisela, la hermana de Ren, entr bajo el tinglado con moto y todo. Invit a Sergio a dar un paseo y Sergio se levant como si tuviera resortes en el trasero. Se enorquet en el asiento detrs de Gisela y al sentir sus duras nalgas contra su vientre puso los ojos en blanco para mi beneficio.
- Ahora tienes un modo mejor de rascarte el pito -le dije.
- Insuperable! -exclam, y la moto rugi y se los llev. Ren sonrea. yo tambin, con mucho cinismo y mucha envidia.
- De manera que nada del pecado de la fornicacin, eh? -dije con sorna.
- Sigue totalmente en pie. No es la primera vez que Gisela saca de paseo a Sergio, y cuando vuelven, el pobre Sergio sale disparado a buscarse una programera. Mi hermana se re, y hasta permite que Sergio se agarre de sus tetas cuando finge miedo. Le divierte.
- Y en lo que concierne a vos? Tambin todos los pecados?
- No conozco la lista de los pecados, pero creo que todos.
- Menos uno.
- Cul?
- Matar. No matars.
Mastic con gran apetito su hamburguesa. Le chorre salsa desde el bigotazo rubio y dijo que nadie puede ser perfecto. No pensaba matar a nadie. No crea poder hacerlo.
- Pero hay momentos en que...
- Por favor, par! A qu te dedicas, vends atades vos?
Termin su cena, me ofreci un paseo en el Packard y dije que no. Es increble cmo se llega a odiar los autos cuando se ha tenido uno y quedado a pie.
Me dej solo. Ped otra cerveza solo por quedarme sentado all. No tuve conciencia de lo que pas. De pronto, dos hombres estaban sentados en mi mesa. Uno era rubio y alto, pareca un yanqui, y otro era un moreno motudo, con cara de indio y ojitos perdidos en una maraa de cejas.
- Socios, hay otras mesas vacas.
- En esta nos sentimos a gusto -dijo el rubio.
Sospech que queran pelea. No me gusta pelear, y menos con dos grandotes. Me levant para llamar al mozo y pagar. De un tirn estuve de nuevo sentado. El rubio volc mi botella de cerveza y la dej vaca.
- Qu lstima. Se acab la cerveza -dijo el rubio. El orangutn sonri-. Nicanor, el joven quiere ms cerveza.
El motudo aferr mi vaso, se puso de pie y orin en el. Me puso el vaso lleno delante. Lo arroj al suelo de un manotn y esta vez tuve suficiente agilidad para escapar, pero no lejos, porque me atraparon en la vereda. Forcejeamos entre cuatro, porque el mozo trataba de meterse en la trifulca para cobrar mi consumicin. El orangutn le puso un billete en la mano y quedamos tres, es decir, uno contra dos. El rubio me apret contra un auto y aferr mis testculos.
- Dnde est tu hermana?
- No tengo la menor... -aull porque el rubio saba dnde y cmo apretar.
- Sabemos que fue a algn sitio con un mierdoso caficho -me deca el rubio y apretaba ms y yo aullaba y me maldeca por no haber nacido mujer.
- Le juro que no s -logr decir-. Arm valijas y se fue.
- Y quin es el tipo?
- No s -esta vez el dolor era tan grande que quera escapar por orificios cercanos y me resign a terminar defecando en los pantalones.
- Mentira, lo solemos ver por aqu.
- Se llama Valentn.
- Valentn qu? -el nico que hablaba era el rubio, y el que apretaba tambin.
- No s, lo juro -realmente no saba si no saba o no recordaba el apellido de Valentn.
Por fin me solt, ms porque alguien gritaba algo de llamar a la Polica, que por razones humanitarias. El rubio me agarr de los cabellos y habl en mi oreja, como si fuera un micrfono.
- Decile a tu hermana que sepa lo que le conviene.
- S seor, se lo dir.
- Buen tipo -dijo y me acarici la mejilla. Subieron a un Mercedes y desaparecieron velozmente. No tom la chapa porque no tena chapa. As andamos.
Y entonces apareci la Polica. Me tom declaracin un oficial muy atento y elegante. Les cont todo. Y tom nota de todo, despus me pregunt si iba a hacer denuncia. Les dije que no y automticamente guard la lapicera. Pero fue amable.
- Quiere que le llevemos a alguna parte?
- Hay un establecimiento que repara bolas aplastadas?
- Chistoso. A lo mejor le hicieron esto por chistoso -comparti una gran risa con los otros patrulleros y se fueron. Yo tom un taxi y me hice llevar a casa. En el trayecto, tena la esperanza de que Luca hubiera dejado una direccin, una radio de aficionados o algo parecido donde comunicarse con ella. Tena que decir a Luca que la cosa iba en serio. 
Que se quedara all haciendo sana vida rural, pero pap ni mam tenan la menor idea de dnde quedaba la estancia de Valentn, ni por qu yo caminaba hacia mi catre, doblado en dos.
Apenas haba salido el sol cuando estaba de nuevo en el taller de Ren, preguntando la ubicacin de la estancia del padre de Valentn. Dijo que no la conoca, pero Valentn sola hablar por radio con su padre.
- Dnde?
Me mir con sorpresa.
- Aqu mismo, tengo un equipo -me dijo.
Casi lo beso de alivio.
- Puedes llamar...?
- Ahora...?
- Ahora mismo, por favor, quiero hablar con mi hermana. Es urgente.
Ren dej el taller a cargo de un ayudante y subimos a una especie de altillo, all estaba el equipo, mi amigo lo encendi y empez a farfullar unas letras del alfabeto y diciendo llamando, llamando de QQQ a PPP o algo parecido, agregando Ciervo-Ana-Brjula-Matute y toda la cabalstica de los radioaficionados.
De pronto, entre descargas se oy la respuesta.
- Valentn? Adelante cambio.
- Soy el padre de Valentn. Adelante cambio.
- Est conmigo el cuado de Valentn. Adelante cambio.
- Si quiere hablar con Valentn negativo. Sali temprano a pastorear. 
Adelante cambio.
- Quiere hablar con su hermana. Adelante cambio.
- Positivo, llamo a Luca. Adelante cambio.
Hubo una breve pausa. Ren me cedi su asiento y el micrfono.
- Erasmo? -escuch la voz de mi hermana-. Que ha pasado?
- Me aplastaron las bolas. Adelante cambio.
Ren haba descendido a su taller. Escuch la risa de Luca.
- No es un chiste. Adelante cambio.
- No comprendo.
- Fue un aviso -me decid a prescindir del adelante cambio-. Un aviso para vos. Son tipos bravos. Casate en la Iglesia del pueblo y te queds ah.
- Por qu?
- En legtima defensa.
- Valentn me va a proteger.
- S, como Somoza. Tengo miedo por vos, hermana. No vengas, por favor. 
- Voy a pensar un poco -haba cierto temor en su voz.
- Y otra cosa. Contale todo a Valentn.
- Ni loca. Los viejos me quieren.
- Slo si sabe todo podr protegerte, all y ac.
- Ni me hables!
No s si la comunicacin la cort ella o se cort sola. Baj y agradec a Ren.
- No s cmo apagar el armatoste ese -le dije y l subi a apagarlo. 
Llegaba Gisela conduciendo el Packard de Ren. Pareca una estrella de cine de los aos treinta. Me salud.
- Me contaron que anoche tuviste una pelea -me dijo descendiendo del coche.
- No fue una pelea. Fue un vapuleo.
- No tienes cara de tener enemigos.
Puse cara de gangster y habl por un costado de la boca, como Humprey Bogarth.
- Mi pecado es que s demasiado -le dije, y le mostr los dientes, como Humprey.
No cre que el chiste fuera tan eficaz. Estall en una carcajada y me dijo que le gustara llevarme a paseo en moto.
Era una ocasin de pasear agarrado a unas turgentes tetas, pero no estaba de humor para eso. Agradec la gentileza.
Sac de la guantera un paquete cuadrado, extrajeron lo de adentro, un cubo lleno de cables amarillos, verdes y rojos y empezaron a discutir sobre la secuencia coordinada de la distribucin electrnica y la posibilidad de adaptar un voltaje promedio de 11 voltios y se olvidaron completamente de m. Salud a nadie y sal a la calle.
Quise tomar un taxi y cont el dinero, todo el dinero que me quedaba. 
No alcanzaba para un taxi. Entonces fui caminando a casa de Rafael, sobre la Autopista al Aeropuerto, donde la casa de Rafael se alzaba sobre una elevacin del gran terreno, que al fondo tena un apretado mangal, y por delante, lo que llaman un jardn ingls, es decir, pasto liso como alfombra y nada ms. La casa era de estilo antiguo, con una gran galera al frente, alta, adonde se llegaba por una escalinata de mrmol abierta en forma de abanico. Morada de potentado. Desde el asfalto, vi a Rafael correteando y jugando con lo que me pareci un gato enorme y result ser un puma chico, un cachorro de puma. Rafael me vio, me invit a entrar, el pumita solt un gaido y cuando le acarici el lomo se ech al suelo patas arribas ofrecindome la panza rosada para que le rascara.
- Los muchachos dicen que no sales, Rafael.
- No tengo auto. Pap se compr un Chevrolet viejo y no me permite ni mirarlo. Adems, no quiero salir. Debo pensar en un montn de cosas.
- Autos y mujeres.
- No. Unos meses en la crcel es toda una experiencia. Y me he trado cosas en la cabeza. He visto toda clase de hombres y he sido amigo de algunos. Mi mejor amigo fue uno que degoll a un nio de cuatro aos y a su niera. He convivido con asesinos, ladrones, evasores, gente feroz, vengativa. Los he visto ayudarse unos a otros, preocuparse por el amigo enfermo, darle cigarrillos a los veteranos insolventes, compartir la comida...
- Y la homosexualidad...
- Es inevitable.
- No s lo que me quieres decir, Rafael.
- Que no es muy distinto all dentro que fuera. La diferencia solo est en el muro.
- Y eso adnde te lleva?
- A que he cambiado, Erasmo. Antes no crea en nada. Ahora creo en lo peor.
- No se llama depresin a eso?
- No s qu es depresin.
- Yo tampoco, pero supongo es un estado en que sientes sobre tus hombros el peso de un mundo podrido.
- Algo as. Recuerdo que me preguntaste si atropell a la vieja deliberadamente. No saba qu responderte entonces. Ahora s puedo. Pude evitarlo y no lo hice. Debera seguir adentro, y estoy afuera. Cuntos ms estn afuera? No deberan estar adentro todos los que estn afuera? 
Mi padre que gana dinero al costo de lceras sangrantes. M madre que se escapa de todo, consumiendo tranquilizantes que le hacen andar como un fantasma por la casa. Sabes por qu no salgo? Porque temo hacer algo que me devuelva a la crcel. Un Cristo al revs. Yo quiero matar para ir a la crcel cargando las porqueras de la gente, una especie de Delegado de la podrida gente. Por qu me miras as?
- Porque siento que tienes solo dos alternativas. La primera, habl con tu pap y que te lleve a un siquiatra. La segunda, comprate una mochila, una bolsa de dormir, una guitarra, unos zapatones de soldado y te lanzas por los caminos a tratar de vivir. Ah, sin llevar dinero, claro.
Por la escalinata descenda un caballero flaqusimo, cuello delgado de enfermo y grandes orejas tambin de enfermo. Vesta shorts, una remera y un zapato Adidas de caminar.
- Es la hora de ejercicio del viejo -dijo Rafael-. Cuatro vueltas a la propiedad.
El hombre se acerc. Los ojos hundidos, los huesos de la cara marcados sobre la piel tirante, azulada, las grandes orejas transparentes, los pasitos breves como de hombre encogido sobre un tajo mal cosido en la barriga. No parece un hombre operado en Houston-Texas, sino faenado en Tablada -pens.
Me miraba fijo, con mirada dura. El pumita le olisqueaba la pierna desnuda dudando si era carne para morder o un palo seco.
- El joven? -pregunt el seor a su hijo.
- Un amigo, pap. Erasmo Arzamendia.
- Estudia? -me pregunt a m.
- S seor -ment sin vacilar.
- Qu?
- Ingeniera, seor. Quinto curso, aunque debo dos asignaturas del cuarto -le estaba poniendo lazos y moitos a la mentira.
Hizo un gesto de aprobacin, y mir a su hijo con la mirada de quien dice: Si este alcornoque puede llegar a tanto... qu ests esperando, intil?.
Se fue a hacer su caminata, inclinado hacia adelante, y apretndose la gran costura de la panza, con la palma de la mano.
- Sos uno de los que debieran estar adentro -sentenci Rafael.
- Si le deca la verdad, que soy un bachiller vago, sin trabajo y sin ganas de ir a la Universidad, me vomita cido clorhdrico en la cara.
- Vamos a tomar un caf.
Nos sigui correteando el pumita. Una paloma se pos a diez metros. 
El animalito se encogi, ech atrs la oreja, sus msculos temblaban y tena fija la mirada en la paloma. Una saliva de hambrienta se escap de su boca. Ya no pareca un pumita regaln, pareca ya el asesino que estaba destinado a ser.
Tombamos el caf en la cocina, cuando entr una dama an joven, de bata acolchada y babuchas con pompones. Arrastraba los pies y si hay ojos que miran nada, eran los de ella. Abri la heladera, llen un vaso de leche hasta los bordes, volvi por donde vino y al pasar me desorden los cabellos y me dijo que portate bien hijo. S, mam, le contest porque era menos fatigoso que aclararle que su hijo era el otro. Cuando pas la puerta de la cocina, ya haba derramado la mitad de su vaso de leche.
- Siempre es as? -pregunt a Rafael.
- Siempre ESTA as -me contest, y seguimos tomando caf, por mi  parte con prisa, porque tena urgencia de salir de all.
Por la tarde fui a las ruinas del negocio de Noelia, con esperanza de encontrarla all. Un hombre que cargaba escombros y masas de tela carbonizada en un camin me inform que poda estar en el Sanatorio, con su hermano, y hacia all me dirig.
Noelia no estaba. Yo supona que Sandoval estaba all por quemaduras, pero comprob que ese no era el caso. Le tenan en el Sanatorio por el shock nervioso.
- Y porque pienso suicidarme -dijo.
Le hice un gesto de descreimiento.
- Arruin a mi hermana -prosigui.
No le contest.
- Voy a tomar un tubo entero de somnferos. Te juro.
- Linda manera de ayudar a tu hermana.
- Ella saldr adelante sola. Es la Mujer Maravilla. Me hace tratar con un siquiatra. Lo echo, no quiero lavados de cerebro.
- Y tambin le traje a un cura -era la voz de Noelia que entraba trayendo un cesto con naranjas, manzanas y uvas, que deposit sobre una mesita de la habitacin-. Quiso echar al cura, le trat de castrado y se gan el bofetn de su vida.
- Vaya el cura. Si no le escuchaba, me daba un sopapo. Debe ser adicto a la Teologa de la Liberacin. Me daba sermones, me deca que tena que buscar a Dios y yo le deca que lo estaba buscando por el camino ms directo, muriendo y volando derecho a su santa diestra. Otro sopapo. 
La ltima vez sac algo del bolsillo, era un tubo de somnferos, desparram todas las pastillas sobre mi sbana, me alcanz un vaso de agua y me dijo: Bien hijo mo, ahora suicdate, y empez a susurrar el rezo de difuntos.
Se puso a llorar.
- Soy un cobarde -mascull entre hipidos. Su hermana lo abraz y le acarici el pelo revuelto.
Salimos juntos, anocheca. Ella se haba mudado a un departamento que alquil en los monobloques de IPVU. Decidimos caminar por El Paraguayo Independiente hasta la Plazoleta del Puerto. Ella me hablaba sin parar de sus proyectos. Una amiga juda le haba prestado dinero, sin intereses, y se haba comprado una mquina de coser elctrica y unos cortes de tela. 
Cosa hasta muy tarde vestidos de novia. El negocio recomenzaba. Haba acaparado todo el coraje de su apellido dejando nada para el hermano. 
Hasta se haba apropiado de su virilidad -me dije y me consider injusto-. 
Pasaba que era una persona ntegra, luchadora, y me intimidaba. Yo solo saba lamentarme. 
Cuando pasamos por la Catedral se oa el rumor de los rezos. Decidi entrar y me qued afuera, esperndola, no mucho, porque la vi arrodillarse en la ltima fila, unir las manos y reclinar la cabeza, en actitud de oracin. Se persign y vino a mi encuentro, y mi respeto ascendi un grado. Noelia tena fe en la Fe, y tena fe en s misma. Cruzamos frente a la Polica y con un supremo arte de coraje le tom una mano, y ella la retir, pero para aferrarse a mi brazo y reclinar su cabeza en mi hombro, y as caminamos.
- Es placentero -dijo con un suspiro- reclinar la cabeza en un hombro masculino.
- Te doy en concesin mi hombro por tiempo indeterminado.
- Me gusta que digas eso. Sos un buen amigo.
Supe entonces lo que sinti hace mucho tiempo don Toribio cuando Natalia cometi el error de decirle gracias buen hombre. Sos un buen amigo, en la boca de una mujer equivale a decirte que sentimentalmente le importas un cuerno. Mi hombro no era un hombro masculino. Era poco ms que una percha de buena madera. En la acera de la vieja Escuela Militar irgui la cabeza y pregunt:
- Te canso?
- S -le dije con cierto malhumor-. Me cuesta mucho hacer el papel de percha.
- Ya veo -contest-. Te lastim con lo de buen amigo.
- No me puse a saltar de alegra.
- No puede ser de otra manera.
- Me avisars cuando puedas ser de otra manera?
- No har falta. Te dars cuenta vos mismo.
- Cmo?
- Cuando sientas que ya has crecido.
Me detuve en la esquina del Palacio de Lpez.
- Sabes Noelia que resultas altamente estimulante? Primero me descubres empapado de miedo, y ahora me tratas de enano.
- Enano no, inmaduro.
- Creo que ser mejor que te vayas solita a casa.
- De acuerdo. Pero no te enojes tanto por lo de inmaduro. Acabas de demostrarlo. El nene caprichoso se enoj (27) con su amiguita -me pinch dolorosamente la mejilla y cruz la calzada.
Mi orgullo sangraba, tena razn Noelia. Haba cedido a un impulso infantil. La segu y la alcanc cuando cruzaba la Plazoleta del Puerto. Me puse a la par y le ped perdn.
- Perdonado - dijo y ri con risa de ta tolerante.
- Me vas a ensear a ser maduro -le dije.
- Eso se aprende solo. Pero empiezas bien si reconoces que sos inmaduro.
Empec a bailar sobre el empedrado viejo de un callejn sin edad repitiendo soy inmaduro. Ella rea escandalizada. Y los dos marineros de guardia en un cuartel se rean divertidos. Me sent tan payaso y tan dolido y tan humillado, que termin imitando a Chita. Hay formas y formas de castigarse.
Con espritu de compensacin, ella asumi la iniciativa y me tom de la mano y seguimos nuestro camino por esa parte de la Ciudad con callejones diagonales, de empedrados eternamente mojados por caeras rotas y casas de paredes mohosas por cuyas ventanas sala el resplandor azulado de los televisores y se oa trozos de dilogos como ya soy mayor para saber lo que quiero, madre o si te vas no vuelvas ms. Por aceras en ascenso o en descenso, irregulares y flojas y por esquinas de despensas coreanas atiborradas, caminamos en silencio y tomados de la mano, eludiendo uno que otro perro de mirada hostil, hasta llegar a los monoblocks donde viva ahora Noelia. Nos estbamos despidiendo cuando entraban tambin al edificio una chica y un muchacho de pelo rizado que se detuvieron a saludar a Noelia. Noelia me present a los dos, eran Ruth y Samuel y no tuvieron necesidad de decirme que eran judos, ni que Ruth era la buena amiga que le prest dinero a Noelia y Samuel el hermano, que dispens a Noelia un trato demasiado carioso para mi gusto y para menos gusto an, Noelia se le mostr cordial con el aire de la chica moderna que no discrimina entre un pito circuncidado y otro no. Los dos entraron al edificio diciendo a Noelia que te esperamos a tomar caf, y cuando yo me marchaba Noelia me retuvo y me pidi que no me enojara con ella, que tena la costumbre de ser franca, y que yo tena por delante un gran trabajo entre perder el miedo y madurar. Muy estimulante para mi ego.
El da siguiente decid salir a buscarme a ver si me encontraba y me preguntaba a qu demonios tienes miedo y de paso toparme con alguien que me enseara a madurar. Fui hasta el centro, y ahora mismo, a tantos aos de distancia estoy removiendo mis apuntes de los primeros das de agosto de 1988. Los encuentro y los trascribo con algunas correcciones nada ms. 




Captulo X
Sal a las calles. Quera ver qu hace la gente. Antequera y 25 de Mayo. Hay sol pero hace fro en la Plaza Uruguaya, una salamanca social donde buscadores, busconas y los que buscan nada ms que sentarse al sol se mezclan. Viejas espantando moscas con plumeros de papel de su grasienta mercanca comestible. Prohibido pisar el csped, pero ya no hay csped que pisar. Le pusieron alambres pero los nios sucios pasan por debajo. Es el patio de los sin casa, es el sitio ideal para instalarse sobre la cloaca social esperando ver brillar un diamante arrastrado por la mugre. Estn all los derrotados y los que no luchan, sino pescan. Sobre la calle, mujeres infortunadas ofrecen fortunas y llevan sus hijos en brazos, no por necesidad sino para que se los vea sufrir el rigor del fro y del sol, y la codicia y la compasin se unen para comprar un billete de Lotera. 
Torean a los autos con tiras de billetes de loteras a modo de capa. Los nios lustran zapatos y sus ojos vivaces recorren el contorno buscando qu robar. Las prostitutas panzonas y desdentadas ya no esperan la noche para ocultar la fealdad de su oferta y el horror de sus cuerpos rechonchos y el grotesco de la cara sucia bajo melanclicas capas de crema facial. Qu puede ofrecerme la Plaza Uruguaya? Los libros de Burin tal vez, pero los libros son instrumentos de redencin y en la plaza nadie quiere redimirse, solo exprimir el jugo de su pecado y rescatar su mendrugo a la pobreza y sobrevivir a la muerte lenta. Burin tiene una clientela de coches, instalado como est en una isla de parias. Los autos se arriman a la esquina de Burin como yates que se arriman a un puerto pasajero, cargar algo de luz y marcharse llevando a bordo a Margarita Courtenay como pasajera de lujo o a Guy de Cars como un experto en ccteles dulzones. No. 
All no tena nada que hacer. Burin no tiene nada que venderme, a no ser la esperanza de un libro cabalstico para interpretar los sueos y ganar la lotera. Entonces cruzo la calle. Chicas esplndidas entran y salen presurosas, alegres, esperanzadas. Andan detrs de la perfeccin protocolaria-profesional del Secretario Ejecutivo, empiezan a farfarullar ingls porque sin ingls una chica ambiciosa se queda a este lado de la mediocridad; y computacin porque su alternativa de vida es casarse con un buen candidato o enchufarse para siempre a un computador, que tiene todas las soluciones matemticas, pero ninguna solucin sentimental que ofrecer. 
Pero algo es algo, -se dicen esas chicas- y entran y salen. Tampoco all tengo nada que hacer, ningn grupo a que integrarme, y por aadidura, esas chicas se parecen demasiado a Noelia. Saben detrs de qu van, y no irn a ponerse a perseguirme a m para alcanzar nada. Entro en el cafecito bohemio, pequeito. Se puede escupir en una pared apoyado contra la de enfrente. Se exhiben cuadros, se toma caf, se habla mal de los que no estn y bien de s mismos. Artistas, escritores, plsticos, poetas. Unos hablan mucho, otros escuchan poco. All tampoco me hallo, no s hablar de la narrativa de Rivarola Matto ni del universo cuadrado de Careaga, ni de los poemas de Jos Mara Sanjurjo ni de la explosin potica otoal de Casartelli el viejo. Solo podra comprender apenas lo que est diciendo Rauskin sobre el itinerario titnico de un tal Cabeza de Vaca y admirar la mirada de guila de Pepa Kostianowsky buscando adnde y en quin clavar sus garras. All tampoco tengo nada que hacer, qu decir ni escuchar, un enano en un cnclave de superhombres. 25 aos inmaduros aplastados por siglos de sabidura, y tengo que irme, no sin antes mensurar la mirada amodorrada de don Jos Luis, esperando que llegue una siesta de diciembre para ir a sentarse en una roca caliente y ver madurar la sanda, mientras canta la cigarra y una lagartija le inspira un poema. Camino por 25 de Mayo, Estrella, tomo Palmas. Facultad de Derecho. Promover abogados que trabajen de dactilgrafos. Mis tres exmenes de ingreso fallidos no fueron all. Las leyes no son para m, que me gusta ms buscar atenuantes que agravantes porque dan menos trabajo. La Riojana, consumo un chip so' respirando el aire denso que trae desde el aquelarre consumista de adentro olor a dinero. No hacen buena combinacin de olor del dinero y el chip so'. Independencia y Palmas, los taxistas juegan a las damas. Pienso que podra haber convertido mi Toyota en taxi y a m en taxista, pero sera un fracaso. No quiero ir donde otros quieren. Quiero ir donde yo quiero, aunque hasta hoy no s bien adnde quiero ir pero s dnde no me quiero quedar: en esta mediana que Noelia me echa en cara. Cruzo la Plaza en diagonal. Don Juan E. O'Leary tiene una mirada de asombro, quizs porque no le dejaron el Panten de Los Hroes como la mole que so, sino rodeada de catedrales de cristal. Menos mal que mira para otro lado, mediante la visin zahor de un urbanista visionario. Cruzo la calle y estoy en la otra Plaza, all donde el Cine Victoria se alza como la Catedral del Porno, con carteles erticos que los nios encallecidos ni miran ya. La arboleda es umbra y la sombra fresca y alguien emul a Henry Ford e invent el lustre de zapatos en cadena. Sobre el pedestal est la estatua que preside un sub-mundo de sub-ocupados y de sub-marginales y sub-nios o supernios que son adultos a los 11 aos. En el bronce El Derecho que eleva triunfal las alas se impone a la Fuerza que quiere hacerle perder el equilibrio. El Derecho muestra las alturas, la Fuerza su gran trasero de bronce, y me pongo a meditar en la irona sibilina del escultor que puso en primer plano el culo de la Fuerza y en segundo plano las alas del Derecho. Lustrarme los zapatos all, o comerme un brochette cachiai al brasero no me ilumina nada ni aclara mis perspectivas; ni ayuda a la madurez reclamada por Noelia ninguna interpretacin lrica o cnica de la eterna lucha plasmada en el bronce. Entonces me salgo de la plaza y cruzo la calzada, hasta el coloso de cristal de Chile y Estrella donde se ha instalado un Banco. Un Banco tan Banco que muestra a sus galeotes de camisa blanca y corbata trabajando en un escaparate, sumidos en clculos, verbalizando crepitantes en los telfonos, pulsando botones y moviendo los dedos como prestidigitadores sobre el teclado de las computadoras que muestran en sus pantallas los nuevos mtodos de ganar dinero hacindolo perder a otros. Me fijo en un joven de mi edad, pero ya panzn, medio calvo, impoluto y asptico en su uniforme de trabajo. Ha extrado de una mquina una larga tira de papel, la pasa entre los dedos, bizquea y va mirndola milmetro a milmetro. No alcanzo a ver lo que observa, lo que examina, pero a veces sonre, a veces frunce la nariz, a otras se rasca la parte desrtica del crneo, de repente toma el telfono y discute con alguien mirando fijo la tira, cuelga el telfono, mancilla un trozo de tira con lpiz colorado, y sigue su larga exploracin a lo largo del interminable papel. Me pregunto si haciendo eso se siente maduro, si cree que ha crecido, est realizado y puede ir a pedir la mano de Noelia, y si cmo yo puedo llegar a ser un especialista en examinar tiras vomitadas por una mquina sabia. Concluyo que podra hacerlo, siempre que la rutina no me mate antes o de que el papel no me envuelva el cogote y me asfixie. Me alejo de all, de ese Banco tan Banco y desciendo por Chile, donde otro Banco ilumina su vitrina de maniques vivos cuantificadores de la existencia humana, pero tropiezo en la acera con un ciudadano ansioso que parece meter los ojos en mi bolsillo y me dice cambio cambio, y esgrime su maquinita de calcular que desnuda la miseria del austral, la anemia del cruzado, la inutilidad del peso uruguayo y el verdoso biliar del dlar enfermo pero an dominante, como el patriarca en otoo del gran escritor.
Nunca mi casi atrofiada mente aritmtica comprendi para qu se cambia una moneda por otra, si al fin todas van a parar a bolsillos ajenos, y tampoco esta vez resplandeci en m una vocacin de cambista realizado y maduro, capaz de presentarme a Noelia luciendo una corona de billetes como prenda de realizacin y madurez. Me satura el olor a cocina del Lido y me tienta la sopa de pescado con mercurio, otra prenda ms a la codicia brasilera, pero prosigo mi rumbo al norte. El piso alto del Municipal retumba con los ensayos de la Sinfnica, donde Florentn Gimnez estar tratando ser ms que Luis Szarn o Luis Szarn estar tratando de ser ms que Florentn Gimnez. Un cartel anuncia una pera a estrenarse y nadie me detiene cuando me asomo a ver los ensayos y no saco otra conclusin cultural que los obesos y las obesas tienen voces finas y los flacos voces graves, y que la pera es un gnero que aburre a muerte a los msicos, porque entusiasmados no me parecen nada. Ah tampoco Asuncin me conforta, me tienta o me muestra un cartelito que dice salida. Sueo con ser msico pero soy dueo de la experiencia de que la realidad convierte mis sueos al mnimo, y el gran solista de Oboe que quisiera ser me llevarn al fin del camino empuando un par de platillos y a hacer plin plin plin, y quedarme con cara de idiota mientras los otros tocan hasta que me llegue -si llega- el turno de hacer otros plin plin plin. Que se queden con su pera y su sinfnica, que no es para m, y lo digo sentndome en la plaza en que se alza el Congreso, donde los padres de la Patria discuten quin es mejor pap. Me adormezco en el banco bajo la tibieza del amable sol de agosto y sueo que toco el timbre, me abre un valet, me despojo de los guantes blancos y de la galera y le digo al servidor que anuncie a la seorita Noelia que el Diputado Arzamendia ha llegado. Despierto y me ro solo. Para ser diputado hay que ser poltico o amigo de un poltico de mayor envergadura, y de la poltica no s nada, a no ser que se anda de aqu para all con mucha prisa hasta tropezar con una pared de piedra o encontrar una puerta abierta, algo tramposa porque a veces lleva a un bello paisaje oxigenado florido y a veces a otra pared de piedra ms dura que la anterior. Y eso es demasiado para m, Noelia querida. Yo quiero que las paredes estn donde deben estar las paredes y las puertas donde deben estar las puertas, de modo que mi madurez y mi realizacin no vendrn por el camino de la poltica, a no ser que las elecciones se hagan con un bolillero de Bingo, lo que al fin sera el non plus ultra de la Democracia. 


Captulo XI
En este punto llego a la grave conclusin de que si sala a interrogar a Asuncin quin soy y quin o qu puedo ser, estaba errando el camino porque me estaba burlando de todo y eso no era saludable porque el que se burla de todo no consigue nada, a no ser un cargo de Embajador en Mosc, que no existe y donde me sentira muy lejos de Noelia. Semejante reflexin me asienta una primera experiencia vlida. Si te pasas mirando todo con ojo crtico -me deca- terminars con una lcera y como un enfermo realizado y maduro a la fuerza, al menos si el sufrimiento es el modo de conocerse a s mismo, cosa que puede funcionar con los santones pero no conmigo, de modo que cuando Noelia me visite en mi lecho de dolor me encontrar ms bien podrido que maduro. Sonaron las campanas de la Catedral como sugirindome como camino de realizacin el sacerdocio. A otro perro con ese hueso, doa campana -le digo- el sacerdocio no me llevar a Noelia, sino mucho en un seor Camus, que pas de moda pero puede volver, que mi amigo Roque Vallejos dice que dijo que Si Dios existe no necesita curas, y no debe existir nadie menos realizado que un cura desocupado. Entretanto haba pasado la hora del almuerzo y la siesta haba despoblado la ciudad fantasmalizndola. Sent ganas de orinar y me di el gusto de hacer pis sobre el tanque boliviano, acto nada heroico porque el tanque estaba tan muerto como mi abuela paterna. Pero el acto en s era impresionante: Noelia, acabo de orinar sobre un tanque de guerra, y le contara que cuando los (28) lobos de las estepas pelean por la jefatura de la manada, lobas incluidas, el que se da por vencido se tiende espaldas y el vencedor le orina encima. Noelia, no he orinado sobre tu judo circuncidado, sino sobre un tanque de guerra. Semejante fantasa solo me sirvi para sentirme incurablemente pelotudo. Y as termin por ese da mi bsqueda de mi identidad algo ms maciza que un relleno espumoso de colchn, de que me senta hecho.
En los primeros das de setiembre de 1988 Luca no haba vuelto de lo que yo empezaba a considerar una luna de miel anticipada, si se supona que las defensas puritanas de Valentn se haban derrumbado. En las dos semanas anteriores haba visto pasar dos veces frente a casa el Mercedes sin chapa, como un gran gato silencioso que explora la presencia de agujeros de ratones, y adentro iban Mutt y Jeff, como yo haba bautizado a mis atormentadores. Yo no ces en esos das de importunar a Ren que me comunicaba con Luca para que yo repitiera mi temerosa advertencia, pero mi hermana daba cada vez menor importancia a la cuestin. Por asociacin de ideas, y porque me senta aburrido con las dos bicicletas y la aspiradora que deba arreglar, me tom libre una maana y fui a los Primeros Auxilios a visitar a la insolvente doctora Jorgelina Bez de Doldn. En cierto sentido, aoraba la conversacin de la gente vieja y la recreacin del pasado que ella haca, un ejercicio que aquella pobre mujer asesinada por Rafael calific como bsqueda de races. Ya lo de mi padrino, que no era un pozo de informacin pero algo saba, y lo de Natalia, que pintaba un cuadro algo dantesco de su juventud, eran cosas perdidas. Pero me quedaba la vieja. En ella podra estar contenida la verdad de m mismo que mi juventud no poda aprehender, para encontrar el rumbo de mi crecimiento y mi madurez, como dira Noelia.
En su cama encontr a otra persona, y la jefa de enfermeras me inform que la Doctora haba sido retirada por la hija y llevada a casa. 
Con buena voluntad, hurg en un fichero y me dio la direccin, en el Barrio San Vicente, donde llegu con muchas dificultades, porque todo estaba hacindose y donde deba haber una casa haba un baldo y donde deba haber un baldo haba una casa parroquial, y todo el contorno moteado por grandes lotos cubiertos de matorrales. Tomando como referencia la Iglesia, llegu a dar con la casa, donde primero me ladr un perro y despus me ladr una mujer de cabello gris pajizo que me dijo sin mucha gentileza que si venda algo, o si era evangelizador Mormn o Testigo de Jehov me fuera con la msica a otra parte. Tena todo el aspecto algo (29) troglodita de la mujer que pega a su madre, y cuando le aclar que vena a visitarla, pregunt para qu, le dije que para una consulta jurdica, pregunt otra vez si le iba a pagar la consulta y le dije que s. Me dej entrar despus de pagarle por anticipado la consulta, con dos billetes de mil que ella contempl admirada, con la expresin de quien piensa que esa vieja de porquera todava sirve para algo. Oh, el amor filial.
Separada de la casa, y en el fondo del patio haba una construccin que pareca letrina, pero era la guarida de mi infortunada amiga, a quien encontr sentada en una mesita, y escribiendo en un cuaderno, con los ojos a un centmetro del papel. Al verme se levant presurosa y se puso a arreglar aquello que poda ser su cama, un montn de trapos y retazos sobrepuestos.
- Deje eso, abuela -le dije-. No vine a acostarme con Ud., Doctora.
- Por qu no? Qu tiene una vieja de 75 que no tenga yo? -una picarda invencible en sus ojos iluminaba aquella perrera.
Observ el cuaderno abierto sobre la mesa.
Letra pequea y pulcra, hecha, dibujada una a una desde un centmetro  de distancia focal.
- Son poemas -dijo con orgullo.
- Me gustara leerlos, Doctora.
- Cuando termine el libro. Se titula Manual de Instrucciones para Vivir. El punto del conflicto potico que estoy creando es que vivir la vida es eludir la vida, como un futbolista que lleva la pelota y vienen los rivales a querer quitrsela. S mucho de eso.
Lo deca en serio. Si haba locura, era locura fronteriza a cierta forma de genialidad.
- Escribo poesa desde nia -prosigui-. En 1947 llegu a ganar un premio por mi Poema al Miliciano Colorado. Ya era abogada entonces, entre marzo y agosto fue la poca ms feliz de mi vida. Mi marido haba ido al frente y yo rezaba fervientemente que lo alcanzara por lo menos una bala perdida -ri-. Es curioso, mi nica poca de paz fue durante la guerra civil. Entretanto, colaboraba con las audiciones de don Enrique Volta Gaona y doa Lola de Mio en Radio Nacional -se irgui tonante-: El que no est con nosotros, est contra nosotros!. Los de Radio Espectador de Montevideo se ponan histricos para contestarnos.
- Volvera a hacer todo eso?
- A mi edad, est loco?. Cada generacin tiene sus pasiones, joven -se sent en la cama y me ofreci la silla que ella usaba cuando escriba-. Adems, ahora las cosas son distintas. En 1947 la gente madura quera el mando y enviaba a los jvenes a la guerra. Hoy, la gente joven quiere que los mayores se aparten de su camino.
- A m no me molestan los mayores, doctora.
- Siempre hay jvenes que no viven su poca.
- Y qu pasa con ellos?
- Forman la resaca de su generacin.
Crecer y madurar. Si no, resaca. Podra ponerle la firma de Noelia.
- Ud. dice, doctora, que las generaciones tienen pasiones distintas. 
Hay una chica, Noelia, que piensa exactamente como Ud. Si no entend mal, para ambas soy resaca.
- Est enamorado de ella?
- No s.
- Le ama ella?
- No s.
Se puso furiosa.
- Veinticinco aos y no sabe lo que es el amor!
- Dgamelo Ud. 
- El amor es... un intercambio de imgenes gloriosas, muchacho. Qu tipa loca quiere intercambiar imgenes con una resaca? Slgase de ah! 
Despierte! Sacdase!
- Cmo, doctora? -mi voz era lastimosa.
- Mate si es necesario!
- Se est refiriendo a aquella proposicin demencial...? La desech totalmente.
- Por qu...?Le repugna matar o tiene miedo de matar?
- Qu diferencia hace, Doctora?
- Si le repugna matar es porque es moralista, si tiene miedo de matar es un cobarde. Los moralistas mueren solitarios. Los cobardes no merecen vivir. Denominador comn: resaca. Vaya despidindose de su Noelia, joven.
- Ud. olvida la conciencia, Doctora.
- Yo rezaba para que mi marido muriera. Nunca me remordi la conciencia, porque su muerte era mi liberacin. A Ud. la muerte de un hombre le liberar.
- No le conozco y nunca me hizo dao!
- Le est condenando a ser pobre. Le est anclando en la resaca.
- No cree en Dios?
- Creo pero no lo entiendo. Hay curas que bendicen metralletas y l se queda muy pancho all arriba. Suerte que voy a morir justo cuando el mundo empieza a ponerse patas arriba.
Hablaba como si la muerte fuera su escapatoria, y ella ley en m ese pensamiento.
- No me da miedo el futuro, aunque voy hacia all arrastrando mis zapatillas de anciana. Hay gente que se quedar a construir un futuro, o a remendar el presente para que parezca futuro. Yo ya no estar all y entonces no me concierne. Mi pena es mirar el pasado, mi tiempo apelmazado como un calendario viejo que se pudre en la humedad de un stano. En alguna esquina estar mi juventud, pero no la encuentro en mi memoria. 
Creo que pas de largo.
Ya era suficiente y quise marcharme.
- Tiene cigarrillos? -pidi.
Le di todo el paquete. Yo no fumaba, pero siempre tena un paquete, porque era uno que no fumaba que fumaba a veces.
- Puedo hacer algo por Ud.?
- Cuntele al Dr. Codas que la bruja me quit los lentes. l me los hizo recetar y l me los pag. Mi hija me castiga quitndomelos.
- Pero qu es lo que castiga?
- La muerte de su adorado padre -ri.
- Entonces, al fin, lo mat? 
- No -rea con carcajadas de loca-. Muri de un sncope cuando me pegaba. No deja de ser un consuelo.
Sal. El perro grua, pero era ms amable que su duea, que pelaba mandioca con un gran cuchillo y me miraba torva. El gran cuchillo me decidi a no tocar el tema de los lentes. Mi amiga tena que seguir escribiendo con la nariz pegada al papel, o a lo mejor recordaba y llamaba al Dr. Codas.
Tratando de no perderme en el intrincado barrio tentaba salir a la Avenida Fernando de la Mora. Caminando por esas callejas reflexionaba y reconoca que la Doctora invlida era la persona que mejor estaba contribuyendo a mi madurez, porque me daba elementos nuevos que pesar y medir. Era perversa como una diabla, su propia muerte cercana no la asustaba, y la de otro ser humano era para ella solamente un medio para un fin egosta y feroz que tena el premio de salirse de la resaca y empezar a comprar respeto y autorrespeto. Pero tambin tena una inocencia conmovedora, de nia que destripa una mueca porque ha quedado fea y vieja. Perversa y lgica, inocente y bestial, y por encima de todo, el largo martirio de su vida, que empez cuando su padre le pegaba, y luego su marido le pegaba, y ahora su hija le pega, pero ella moja su pluma en la sangre de su corona de espinas, y escribe poemas. Otra mujer de su edad debera estar aullando como una loba vieja en su jaula de madera. Ella segua extrayendo vida de sus rescoldos y concibiendo la muerte, propia o provocada a otros como una secuencia natural de la existencia. Acaso fuera una forma de locura la suya, un alma impermeabilizada a fuerza de golpes que se recoga sobre s misma en hondas catacumbas interiores para vivir su visceral pureza.
En alguna galera de su catacumba moral, debera estar la fuente del conocimiento del Bien y del Mal que yo necesitaba para madurar y llegar al punto en que llegaron los Toribios, las Natalias, los Rafaeles y los Sergios, los Rens y los Sandovales, los policas y ladrones, los drogadictos y sus proveedores, las prostitutas y sus clientes, los jugadores de ruletas y sus miserias, los bebedores de Vodka y sus demencias, y ella misma, Doctora Jorgelina Bez de Doldn, con su derrota y su poesa. Todos, maduros y crecidos en alguna proporcin, que conocan del Bien y el Mal no para ejercer el uno y eludir el otro, sino para vivir la existencia ambivalente que hace normal a una persona. Y realizada.
Esa misma tarde llam por telfono a Natalia.
- Soy Erasmo.
- Tardaste ms de lo que esperaba en llamarme.
Manipuladora, nunca soltaste los hilos. 
- Ahora llamo, quiero verte.
- Te espero el viernes.
- Pero hoy es martes...
- Cocnate en tu jugo mientras tanto.
Y cort.
Yo tambin colgu el tubo del telfono pblico. Y qued con la cabeza metida en el gran bulbo naranja, como un domador con la cabeza dentro de las fauces de un len. Las fauces de un len oleran a muerte podrida. El bulbo tambin, o quizs solo era mi imaginacin.
- Por qu llamaste? -me pregunt a m mismo.
- Porque no me queda otra alternativa que llamar -me contest.
- Te vas a meter en un lo.
- Estoy tratando de salirme de uno, largo como los aos que me quedan.
- Ests apostando tu vida.
- No. La de otro.
- Te puede llevar consigo.
- Usar salvavidas.
- Lo tomas en joda. Es mentira que aprendiste algo...
- Quiere tener la bondad de sacar su (30) redondo trasero de la maldita cabina?
Era una voz femenina, me volv y all estaba, queriendo usar el telfono una adolescente de carita angelical con el uniforme de un colegio religioso. La liber cortsmente de mi redondo trasero.
Regres a casa cuando mam y pap, en sus sendas camas empezaban a doparse con Rosa Salvaje. Dije hola y me dijeron chistt a do. Segu al fondo y all estaba Luca en su cubculo, ya no acostada en el suelo, sino sobre una cama con grueso colchn. Sufr un susto de muerte. Sal a la calle. All, en la esquina estaba la bestia negra, el Mercedes sin chapa, pacientemente estacionado. La presa estaba cerca y se tomaba su tiempo, pregustando carne fresca. Regres como una centella y tropec con Luca que sorprendida, en camisn, sala a ver qu me pasaba. La arrastr a su pieza a empujones.
- Tenas que haber vuelto, infeliz! Dnde est Valentn?
- No querrs que se quede a dormir conmigo. Se fue a su casa. Qu pasa? Ests plido como un muerto.
- Vestite rpido.
- Pero mirale un poco al tipo...
- Vestite rpido, carajo.
Algo vio en mi cara y empez a vestirse. Termin pronto, con un vestido sencillo y un tapado liviano. Se puso en los pies unas zapatillas de tennis.
- Y ahora me explics...?
La tom de la mano. Apagu la luz del corredor. Le dije que asomara la nariz en el portn y mirara a la esquina izquierda. Lo hizo.
- En ese coche estn los que me hicieron papilla los testculos para averiguar tu paradero. Todava los tengo hinchados, boluda.
- Ese coche... -haba reconocido el coche, y empez a temblar y a castaearle los dientes como si hubiera aterrizado en el polo Norte con un camisn de seda. No se poda controlar-. No me dejes sola.
- No pienso hacerlo. Tienes dinero?
Me entreg su cartera, bastante pesada. Esper que el peso fuera de billetes, no de artculos de tocador.
La vida de barrio tiene sus ventajas. Un vecino puede saltar murallas y pasar por el patio de un segundo buen vecino, aterrizar despus en el patio de un tercer buen vecino y salir a una calle transversal, sin que el ruido y los tropezones alcancen a desencadenar a los buenos vecinos de Rosa Salvaje. As empezaron muchos exilios. Corrimos como locos y un seor compasivo que manejaba una camioneta hedionda de achuras sobrantes de la venta diaria nos recogi y nos llev a una parada de taxis.
Veinte minutos despus estbamos en la casa taller de Ren. Ella quera ir a casa de Valentn, pero yo confiaba ms en Ren, el mecnico forzudo, y su hermana vikinga. Nunca me perdonar ese error.
Ninguno de los hermanos pidi explicaciones. Mi hermana necesitaba pasar la noche all, y no queran saber ms. Gisela le prepar una cama, y como una medida de prudencia, decid yo tambin pasar la noche, y dorm en el Packard de Ren.
No amaneca cuando me encamin a casa. El Mercedes no estaba, y la casa estaba demasiado silenciosa y quieta, porque a esa hora ya deba estar humeando la yerba quemada para el cocido y mi padre estara escuchando a todo vapor el noticioso matinal de Radio Critas. Entr con cierta aprensin y me enfrent al horror. M padre estaba en el piso, desvanecido o muerto, y tena la cara y el pecho lleno de grandes ampollas. Fuego de cigarrillos. Mi madre gema en la cama, tirada boca abajo y su brazo derecho no estaba en la posicin de un brazo, sino en la de una mueca con el brazo roto. La haban fracturado. Se haban vengado de nuestra escapatoria, o los haban torturado para confesar un paradero del que no tenan ni la ms remota idea. Para colmo, lleg Valentn, que mir aquello y grit:
- Dios de misericordia. Qu pas?
Pap se movi. Viva. 
- Luca! - aull Valentn y fue a buscarla en su habitacin. Volvi enseguida, me sacudi repitiendo Luca, Luca, Luca como un enajenado.
- Ella est bien -le dije-. Pero vamos a ocuparnos de pap y mam, Vecinos voluntariosos ya estaban llenando la casa. Uno corri a llamar a la Polica, y otro al mdico que viva en el barrio, que mir y dijo que ah nada se puede hacer y hay que llevarlos a los Primeros Auxilios. 
Alguien trajo una camioneta y acostaron en la carrocera a mis padres. 
Lleg la Polica, que quiso impedir la partida. El mdico dijo que era urgente y que l explicara lo que saba de las lesiones. La camioneta parti. El mdico inform de las quemaduras de pap y del brazo roto de mam. El oficial examin el dormitorio destrozado y el televisor roto. 
Tom nota de manchas de sangre y me interrog a m. Me puse en estado de alerta. Valentn escuchaba y temblaba y su cara se volva del interrogador y al interrogado, como un espectador de tennis, y me dispuse a no comprometer a mi hermana.
- Son su padre y su madre?
- S seor.
- A qu hora cree que sucedi?
- Despus del programa de Rosa Salvaje, porque yo sal cuando lo estaban viendo.
- Adnde fue?
- A dormir a casa de un amigo.
- Amigo o amiga?
- Amigo.
- Cmo se llama el amigo?
Ah comet el segundo error.
- Ren no se cuanto, es un mecnico ex-mennonita que tiene su taller all por...
- Lo conozco, le arregla el coche al Comisario.
Valentn sali disparado. Ahora saba dnde estaba Luca. Vi que su automvil arrancaba rugiendo y sala, y un minuto despus, silencioso, el Mercedes negro, sin chapa, que lo segua.
- Dios mo, protgelos!
- Qu est diciendo?
- Vio a mi amigo salir disparado?
Me di cuenta.
Va a buscar a mi hermana. Es su novia. Un Mercedes negro lo segua. 
Van tras mi hermana. Son los que le hicieron esto a mis padres.
Me sent algo aliviado de mi carga.
El Polica reaccion. No necesitaba atar cabos.
- Venga conmigo -me aferr del brazo y me arroj a la patrullera, un  Brasilia algo maltrecho que no me inspir mucha confianza. bamos a gran velocidad al taller de Ren. Llegamos, y all estaba el Oldsmobile de Valentn pero ni rastros del Mercedes negro. Durante el trayecto el interrogatorio haba continuado.
- Su hermana es Luca Arzamendia?
- S.
- Est fichada.
- Me imagino, pero se ha enderezado y se va a casar.
- Con ese tarado que sali como alma que lleva el diablo?
- S.
- Por qu no le impidi?
- Trate Ud. de detener un tren con una mano.
- Por qu buscan a su hermana?
- Ya le dieron una paliza antes.
- Dijeron que un mnibus la atropell.
- Mi hermana quiere ser una novia sin currculum.
- Ya veo.
Cuando llegamos, Luca, enterada por el mismo Valentn de la agresin en casa, le estaba contando a Valentn que su padre haba apostado y perdido y no tena dinero y le dieron plazo para pagar y no pudo pagar y le hicieron eso. Que ella sospechaba y me pidi que la pusiera a salvo. 
Una mala pelcula que Valentn se la trag de punta a punta. No slo crea, sino quera creer. El Oficial escuchaba, sonrea, miraba a Valentn con el aire superior del macho que mira al cornudo, y a Luca con aprobacin, como dicindole dale mueca que yo me callo y te ayudo a salir del pozo.
Absolutamente aterrorizada, Luca consinti en marcharse a casa de Valentn, y mi tercer error fue que yo lo aprob. El Oficial fue ms inteligente que yo, pregunt la direccin de Valentn y dijo que por unos das pondra guardia frente a la casa. Finalmente el Polica se dirigi a Primeros Auxilios a continuar con la redaccin de su informe y le ped que me llevara. En el vehculo me interrog sobre el Mercedes negro y poco le pude decir, salvo que era parecido a cientos de Mercedes negros y no tena chapa, por lo menos detrs. Le cont lo de mis testculos torturados, y describ a Mut y Jeff. El Oficial me dijo que me fuera al da siguiente a hacer un identikit en la Comisara. Cuando nos separamos en los Primeros Auxilios, el Oficial me dijo con seriedad:
- Mejor le dice a su hermana que se vaya del pas. Est metida con gente peligrosa.
Le promet hacerlo. 
- Gente peligrosa incluso para m.
- Entiendo.
Mi madre estaba en la misma cama en que estuviera Luca, y a mi padre le haban llevado al Instituto del Quemado. El brazo enyesado, mi madre dorma su profundo sueo anestsico. All nada poda hacer, salvo sentir un desasosiego sostenido que no supe a qu atribuir en principio, y despus reconoc como consecuencia de que desde el principio habamos incurrido en una cadena de torpezas. Mut y Jeff conocan su oficio. Mi hermana, estuviera donde estuviera, era vulnerable. Estaba en peligro, y su guardin, Valentn, no conoca la naturaleza de la amenaza. Empec a creer firmemente que la salida estaba en contarle toda la historia a Valentn y poda apostar que Valentn aceptara que su adorada era una programera promiscua, cortesana de alguna organizacin ertico-profesional para ejecutivos, o algo parecido y dira que borrn y cuenta nueva, y como tena recursos, poda sacarla del pas. Si sus padres pagaban sus vagancias asuncenas, igual podan pagar vagancias porteas. Pero no le cont la verdad a Valentn, y ese fue mi cuarto error.
No tardaron en desencadenarse los acontecimientos. Luca sobrevaloraba la proteccin de Valentn, y se dedic alegremente a la casa donde vivan juntos, aunque no saba si ayuntados. Valentn adquiri muebles nuevos, un televisor y una enorme refrigeradora congeladora, destinada a conservar los abundantes bastimentos que le remitan de la estancia paterna.
El momento fatal fue cuando Luca quiso aprovisionar por su cuenta el gran refrigerador, y pidi a Valentn que la llevara al supermercado. 
Obediente, Valentn la sent a su lado, y en medio de los dos, comparta el asiento una enorme Magnum 38 cargada. Entre Valentn y el revlver, Luca pareca menos temerosa. Conociendo a sus cazadores, mi pobre hermana no entrevi siquiera que el torpe de Valentn y su arma eran apenas una ficcin intil, un tranquilizante tramposo.
Lo que recuerda Valentn es que estacion el coche frente al supermercado, que Luca descendi del coche, entr al negocio... y nunca volvi a salir, al menos como debe salir un ama de casa cargada de yantares para el hogar.
No se lo contamos a pap ni a mam, y prescindo de la horrible, bestial desesperacin de Valentn que lo llev a encerrarse durante meses, sin afeitarse, sin comer, sin baarse, escuchando la radio y mirando la televisin al mismo tiempo, atisbando alguna noticia, alguna pista del paradero de Luca, mientras no cesaba de lustrar, aceitar, cargar y descargar su intil revolver. Lleg a creer que Luca lo haba abandonado por otro, porque no tena modo de conjurar tragedias cuyas causas l no conoca, y no lleg a enlazar la paliza a mis padres y la desaparicin de Luca. Entonces guard el revlver. No le serva de nada si Luca se haba marchado con otro, salvo para matar al otro, cosa que no hara, porque cuando una mujer traiciona, los hombres somos inocentes instrumentos.
No pude concurrir a la cita con Natalia ese viernes por culpa de aquellos acontecimientos. No la llam y fui el martes siguiente, despus de una entrevista con el oficial Acua, que investigaba tambin la desaparicin de mi hermana. Como todas las veces, me deca lo mismo, que estaban siguiendo una pista, y lo consternante para m, y tal vez para l, era que no lo deca con optimismo, sino casi con vergenza.
La informacin no haba trascendido a los diarios, como tampoco se public nada de la paliza de mis padres, salvo algunas lneas sobre una golpiza salvaje a un modesto matrimonio. O la informacin no tena importancia, o alguien le estaba dando poca importancia. No ira yo a los diarios a hacer un escndalo. Gente peligrosa, y todo lo dems. Que le pregunten a mis testculos.
Natalia acept mis explicaciones sobre mi ausencia del viernes y hasta me dijo sus buenos deseos para mi hermana.
No pareca que haban pasado meses desde nuestra ltima entrevista. 
El mismo ceremonial del caf primero y el botelln de ans despus. Pero sin boleros que bailar.
El tema trascendente, un asesinato por encargo, flotaba en la sala espesando el aire. Pero Natalia pareca haberse olvidado de la cuestin.
- Perdname por haber venido sin avisar, podra haberme encontrado con el padrino.
- Tu padrino ya no viene. Lo desped, ya me estaba resultando cargante. La diversin termin.
- Debe estar destrozado el pobre seor. Y... el engao? El de tu agona de Margarita Gauthier, digo.
- Fui compasiva. Se fue creyendo que yo presenta mi muerte, que quera soledad para meditar, le di las gracias y le dije adis. Se fue llorando.
- Si no entiendo mal, esa no es compasin, es maldad.
- De veras? -nunca sus hermosos ojos habrn expresado tanta inocente sorpresa.
- Se fue... amndote para sufrir. Se hubiera ido odindote, para darse de patadas a s mismo y consolarse.
- Pero, cmo poda conseguir eso? 
- Parndote en la cama a bailar un can, can y dicindole chau cretino, ya me tienes hasta la coronilla.
Solt tan sonora y desprejuiciada carcajada que sentada como estaba se ech atrs y revolc las piernas hasta que se vio una bombachita rosada que 50 aos atrs habra ocultado-mostrado maravillas pero ahora solo tapaba un bulto plano, especial para desviar la vista.
- Sos gracioso. Me gusta tu compaa. Y sabes escuchar, Erasmo, eso es importante. Porque cuando una persona habla, vive, y cuando otra persona escucha, re-vives -distendi las piernas muy juntas, muy largas y cruz las manos sobre el resplandeciente casco blanco de sus cabellos apretados. Estaba soadora o posaba de soadora vaya a saber uno con qu fines. La buena seora -ya que estamos- no SE viva, SE usaba. Ella misma era su propia arma y no estaba dems un toque de alerta, algo que no aprendi mi padrino.
- Solas tener la mana de conocer tiempos pasados -susurr.
- Buscar races, dijo una vieja -le dije.
- Yo tambin recuerdo el pasado.
- Otra vieja seora me dijo que no tiene pasado, porque su tiempo se apelmaz.
Mi verborragia era algo exagerada, como cuando se habla para que el dentista tarde en introducir el torno. Yo parloteaba para impedirle que ella tocara ese nervio sensible que dej afuera la tentacin de matar. Que de paso, y tal vez por la conviccin de que mi hermana estaba muerta, ya no me pareca tan fantstica, ni tan perversa. Pero aun as, la tema.
- Qu vieja?
- Cree que el Bien y el Mal tambin se apelmazaron... y que la pelmaza es la materia de los que llegaron.
- No crees que tiene razn?
- Entonces... matar es realizacin?
Me detuve en seco, porque YO mismo haba suscitado el tema temido. Mi amigo Villagra Marsal me haba dicho una vez que un tal Poe defini el instinto de la perversidad como una compulsin invencible a asomarse a los abismos. Esper que Natalia dijera algo como matar para llegar s. Pero Natalia no se dio por enterada. O se dio por enterada y soltaba ms hilo, total, ya haba mordido. Volvi a su tema de raccontar el pasado, sin haberse movido un milmetro de su actitud distendida y sus manos cruzadas sobre la cabeza.
- En los fondos de mi casa funcionaba un pozo artesiano movido por el viento. Las aspas giraban en una torre alta y en la veleta aprend a leer Manuel Ferreira. En los das de calor pap me sostena bajo el gran chorro de agua.
- Por qu me cuentas eso?
- Porque me escuchas y re-vivo -ri-. Por el tiempo en que pap ya me haba expulsado de su cama, tomaba el tranva y llegaba a una librera. La Esfera. No te interesa?
- Apasionadamente.
- Sin ironas, Erasmo. All compraba las novelas de Vargas Vila. No has ledo nada de Vargas Vila?
- No -adnde quieres llegar, bruja? me preguntaba.
- Eran terribles. Tener quince aos y leer a Vargas Vila equivala a sentarse sobre una antorcha (31) -solt su carcajada, esta vez ms controlada-. Pap me daba dinero para tiendas por ese mismo tiempo. Gastn o Segura Latorre. Era un festival comprar all con el dinero que me daba pap. A veces salamos juntos y pap entraba a comprar en Rius y Jorba. 
Adentro me senta chiquita, como en una catedral. Pareca una catedral. 
Pap me hablaba de que eso no era nada, que antes de nacer yo haba una Gran Casa Francesa, donde hicieron confeccionar el traje de novia de ma... 
Cretino...! Tengo que estar divagando sola? -la slaba (32) que faltaba a mam la haba herido como un cuchillo y su abandono desapareci, y ella toda era tensin y odio. Trat de ventilar un poco.
- Si mal no recuerdo estaba practicando el oficio de escuchar.
- Cosas que no te importan, eh?
- Cosas que te importan a vos. Son tus recuerdos. Son tus inocencias. 
No entiendo si traes pasado para no pensar en el presente, o tus divagaciones son tu mtodo de amasarme para ponerme a punto para el horno.
- Horno?
- Matar a no s quien.
- Se llama el Dr. Gilberto Ortiz. Tiene ochenta aos. No quiero que cumpla ochenta y uno.
All estaba, por fin, mi vctima. El nombre no era del todo desconocido, pero se me escurra de la memoria.
No soport la tentacin de huir. Me encamin a la puerta, y ella me acompa. Se apoy en la puerta.
- Recuerda. No debe cumplir ochenta y uno.
- No dije que s.
- Que no tampoco -y cerr la puerta.




Captulo XII
En este punto de transcribir-reescribir-revivir y fantasear sobre viejos apuntes me pregunto qu est resultando. Una novela? Quizs. Una narracin, dira Roque Vallejos como quince aos atrs, y maldita mi capacidad de discernir la diferencia. O simplemente una crnica. Releo todo lo escrito y me parece una procesin de caracteres. Proust lo hizo en La Recherche y esto puede ser una grosera imitacin, pero en todo caso, mal o bien, se imita solo lo bueno. Y en paz. A propsito, el lenguaje. 
Rampln? Sencillo? Demasiada irona? Es que va saliendo as. Tengo talento? Tengo a la vista un recorte de Rubn Sierra Meja, que estudia a Scrates y dice que la decisin de no apartarse del nivel elemental (del lenguaje) suele exigir ms talento y asegura mejores resultados que la tendencia natural a complicar. Lo malo es que yo no elementalizo por talento, sino por falta de l, y a ver si el filsofo colombiano me aclara esto. Trama, argumento? Surgen de m voces interiores y mis voces interiores se alimentaron de mis ojos. Escribo lo que veo y lo que vi, y si no veo... qu diablos escribir? Hace como 15 aos, all por 1988, estaba en el Bar San Roque, comiendo guiso de ternera en mi mesa y escuchando las voces de esa heroica academia del Pen Club Paraguayo, tan pobre que su mesa de sesiones era una mesa de caf y el alma mter, la paciencia del dueo. Casola, Casartelli, Rivarola Matto, de quien el mozo me susurraba que era el sujeto ms feo, ms vago y ms inteligente entre todos. Don Jos Luis Appleyard con su barba entrecana, Halley Mora, callado como un Buda; Mateo Pignataro, charlatn como un tordo en primavera, el escribano Livieres, extraamente parecido al Dr. Francia, Jos Antonio Bilbao, Rauskn y otros nombres y otros hombres que admiraba. 
Fue entonces que o decir a uno de ellos que las mejores novelas son las que desarrollan el carcter de los personajes. Lo anot entre estos apuntes que reconstruyo hoy y me pregunto si no estoy en falta grave convirtiendo a personas reales, mis padres, mi padrino, mi difunta hermana muerta en pecado y sin confesin, Noelia, sus amigos judos, Rafael, Sergio, Ren, Sandoval, Valentn, Gisela, Menonita-Walquiria-Virgen (entonces) en personajes acartonados a los que mi pluma inexperta despoja de la humanidad que tena. Me interrogo si soy fiel a Natalia con su feminidad copiosa, y plena, y todava hasta su final, vieja gata cazadora en los meandros de sus pasiones subterrneas. Quiero saber, descubrir en alguna lnea si fui aquel Erasmo que se pas la vida sin creer en s mismo y queriendo hacerlo todo con el menor esfuerzo, aleccionado casi subliminalmente por la vieja Doctora Jorgelina Bez de Ayala, que naci golpeada y muri golpeada al fin, para encender la furia misional del Dr. 
Codas. El Sandoval real era sado-masoquista y homosexual, sublim el suicidio como atractivo sexual, pero no muri tomando pastillas somnferas, sino de Sida y llorando su muerte por anticipado. Existi en aquellos aos, FUE, pero lo que me atormenta es que no s si ES, en esta novela-narracin-crnica, porque si no ES, estoy traicionando su memoria, y duele. Pero no nos anticipemos a la narracin misma, porque solo quise sino pedir socorro al lector, o por lo menos su tolerancia. Es fcil imaginar una novela, pero es difcil hacer novela de vidas. Hacer ficcin del material de carne y hueso y alma y ambicin, gloria, fracaso, frustracin y crimen.
Pero sigamos con la recopilacin y ordenamiento de apuntes.


Me hice de tiempo para visitar a mi madre en los Primeros Auxilios, y a mi padre en el Instituto del Quemado, donde llegu exactamente a tiempo, porque le estaban dando de alta, y lo traje a casa. Una ambulancia que se diriga a la ciudad, nos transport por generosidad del chofer, y llegamos a casa en un taxi. En todo el trayecto mi padre se mantuvo ceudo y con expresin amarga. En su dormitorio se mir al espejo las cicatrices que se iban secando bajo una capa de pomada.
- Mir lo que le debemos a esa bastarda de mierda. Cuando le ponga las manos encima...
- Luca ha desaparecido, pap, hace ya ms de ocho semanas.
- Entonces esos tipos la encontraron.
- No se lo digas an a mam.
- Est bien. Saba que terminara as. El romance con el comadreja millonario era demasiado hermoso para ser verdad.
Se acost en su cama.
- Pap... conoces al Dr. Gilberto Ortiz?
- Personalmente no. S lo que se dice de l. Que es un gran hombre. 
Creo que fue poltico un tiempo. Dej eso. Se recluye en su casa y escribe libros. Deben ser libros importantes, porque de vez en cuando un Embajador le pone una condecoracin. Sale en los diarios, y hay discursos, y se dicen cosas como que es decoro de la ciencia jurdica paraguaya.
- Cmo sabes tanto?
- Su chofer fue camarada mo en la Escuela de Artes y Oficios. Y  seguimos siendo amigos. A veces nos chupamos el Whisky del viejo.
- Puedo pedirte algo, pap?
- Qu?
- Que te olvides de esta conversacin.
Me mir divertido.
- Vas a asaltar un Banco o qu?
- Puede ser.
- Cuidate que no te agarren.
- No me has preguntado cmo est mam.
- Un brazo roto es un brazo roto. Est con un brazo roto. Parece ser ya el vicio de la familia. Romperse huesos.
- Voy a salir. Necesitas algo?
- Mortadela y pan. Y vino.
Fui al almacn y se los traje. Cort un pedazo de mortadela y lo tir al techo, murmurando algo de que los michinos habrn pasado hambre.
Fue en la edicin del 13 de octubre de los diarios que se daba la noticia. El cadver podrido de una mujer al parecer joven haba sido encontrado por unos chicos en los lmites del campo de golf del Jardn Botnico. Las crnicas abundaban en trminos como macabro hallazgo, ultrajante crimen, sdico asesinato. Al cuerpo le faltaban la cabeza y las dos manos. El mdico forense calculaba la edad entre los 20 y treinta aos y el cronista agregaba que los restos no tenan ropa, salvo unas zapatillas de tenis, y que estaban depositados en la morgue y era imposible la identificacin. Luca. Uno de los diarios publicaba una imagen borrosa de algo parecido a un gran sapo tirado en el suelo, y en la foto apareca un polica uniformado que adelantaba la mano y deca que no al fotgrafo.
Fui al Hospital de Clnicas donde nadie me impidi que viera los restos. Unos estudiantes indiferentes al insoportable olor parecan repartirse los trozos que haba dejado el mdico forense tras hacer una intil autopsia. Me tap la nariz con mi pauelo y supe que aquel olor me acompaara toda la vida, pegado para siempre a mis vas respiratorias, tan distinto, tan distinto a la Locin Colonia Charpentier con que se empapaba mi hermana despus de baarse, con tanta lealtad a su colonia que mam deca que Luca no huele a Charpentier, sino Charpentier huele a Luca. Mir sobre los hombros de un estudiante, el vientre estaba abierto, pero aun estaba all aquel vello pblico espeso y ensortijado a medias, formando un tringulo cuya punta terminaba en el ombligo. Era Luca.
- Es Luca -le dije poco despus al oficial Acua.
- Ya lo saba. 
- Y qu?
- Ha dejado de ser Luca. El caso sigue abierto, pero... extravi por ah el expediente -sus ojos me pedan perdn.
- Y los diarios, Acua?
- Les basta el cadver. Van a fantasear un tiempo y...
Recort la fotografa del diario. Y el artculo y fui a casa de Valentn. Se haba dejado crecer la barba, o la barba creci sola y pareca Rasputn, hasta en los dos agujeros negros en que se haban convertido sus ojos. Vesta un short y nada ms. Su poderoso torso peludo le quitaba lo poco de humano que tena. Sentado en la cama me salud con indiferencia, casi con hostilidad, porque despus de todo, yo era el hermano de la traidora.
Le mostr los recortes y la foto. Los mir primero con indiferencia. 
Despus empez a palidecer. Palideca en la misma medida en que la verdad se iba abriendo paso en su mente.
- Es Luca -le dije.
Esper una explosin de furia asesina y desesperacin, pero se mantuvo pasivo, blanco como la tiza y apretando los recortes arrugados contra el pecho. Solo dijo dos palabras:
- Por qu?
Le cont -demasiado tarde- la historia que deb contarle antes, sin ahorrarle nada. Convert la imagen idlica de su Luca en la pjara de avera que era. No se inmut.
- Conmigo hubiera cambiado todo. Nos hubiramos ayudado para olvidar -medit un momento, y como quien dice que el mnibus se toma en la esquina agreg-. Vamos a matar a los que hicieron esto.
Entonces comprend la razn que me haba trado a casa de Valentn. 
Yo nunca sera capaz de matar. Necesitaba mquinas de matar, y ya tena la primera. Por mi mente cruz veloz la imagen de una vieja bruja dorada con las piernas al aire mostrando una bombachita rosada. Que rea mucho.
En los Primeros Auxilios mam ya no estaba, porque mi padre haba venido a llevrsela. Rogu que mi padre fuera lo suficientemente maduro para no decirle a mam la suerte de Luca, sobre todo si haba visto el diario y atado cabos. Cuando sal me top con aquel mdico joven que haba atendido a Luca de sus fracturas.
- Recuerda a su amiga? -me dijo.
- No era mi amiga, era mi hermana. Qu sabe Ud.? -pregunt algo alarmado.
- Me refiero a la anciana de la otra cama.
- Qu pasa con ella? 
- Est de vuelta, en terapia intensiva -se marchaba, se volvi y me dijo- agoniza.
- Puedo verla?
Dud un instante.
- Venga -me dijo- lo record a Ud.
Lo segu por pasillos dolientes.
- Qu tiene, Doctor?
- Lesiones internas graves. La hija ha sido detenida. Pero ella jura y rejura que se golpe con una cada. Quisiera tener una madre as.
- Y cmo es su madre?
- No la tengo, soy hurfano.
Llegamos a una antesala donde me vistieron un forro asptico, de pies a cabeza. Y me permitieron pasar a ver a mi amiga. Apenas se notaba su respiracin. La haban llenado el cuerpo de cables y tubos. Le toqu una mano flaca donde estaba insertada una aguja y abri los ojos. Los ojos de ella rieron y gorgote algo as como buen muchacho, hizo un esfuerzo y pudo decir que el Dr. Codas no crea que se haba cado.
- Tratar de convencer al Dr. Codas -le dije.
- Buen muchacho. Ud. me entendi siempre -se detuvo agotada, y agreg-. Bajo mi almohada.
Entend que all tena algo que necesitaba. Met la mano y extraje su cuaderno de poesas: Manual para Vivir.
- Promtame que lo va a publicar.
- Prometido.
- Con mi nombre.
- S, Doctora.
- Y ahora vyase. Quiero morir sola.
Asent. Quera llorar. Llorar ante una muerte, yo, que empezaba a tramar otra. Bien y Mal apelmazados. Volv a acariciar la mano clavada. 
Encontr sus ojos.
- Viva -murmur- no importa el precio, hijo.
Sal a despojarme del forro.
De vuelta a casa, encontr a mam sentada en la sombra del corredor en una mecedora cmoda que no conoca. Regalo de los vecinos, me informaron despus. Su brazo enyesado descansaba sobre un almohadn sostenido por el ubicuo cajn vaco de cerveza. Arrastr una silla y me sent a su lado. Su cara era apacible, casi feliz. Di gracias. No conoca lo de Luca, y entonces me enter de que no solo no conoca de la tragedia, sino se haba refugiado en una fantasa feliz.
- Est en Pars -me dijo- lo s. Soy su madre y la intuicin de las  madres no falla -lo deca con el aire desafiante de quien espera que la contradigan. No hice tal cosa y le expres que era justamente lo que yo pensaba, que estaba en Pars, y tena xito, porque las modelos rellenitas estn de moda, y adems tena un tipo extico que vuelve locos a los franceses.
Con aire secreto, mi mam-nia me dijo que ella estaba convencida que Valentn la haba ayudado a escapar de esos dos malvados, pero Valentn no se lo deca a nadie. Ya vera yo que un buen da Valentn tambin desapareca. Era el pacto de amor entre los dos. Se encontraran en Pars. 
Medit un momento y agreg: salvo que Luca se enamore de algn gran cirujano plstico. Por alguna extraa razn, en su escala de valores masculinos, los cirujanos plsticos estaban por encima de los galanes de cine y de los rabes multimillonarios. Cerraba los ojos, me tena de la mano y soaba que Luca reinaba en la Ciudad Luz. Finalmente record que una tal Noelia me haba enviado un mensaje con un chico, y extrajo del corpio un papelito. Quisiera hablar contigo, Noelia.
Llegu al departamento de Noelia al anochecer, me recibi en la puerta con un beso algo ms intenso que los anteriores, y me invit a pasar. La exaltacin del beso explot como una pompa de jabn, porque all estaba Samuel, su amigo judo, vistiendo zapatillas, shorts y una remera con un cocodrilito. Muy familiar, muy ntimo. Me salud con cordialidad. 
Yo no. No poda ocultar mi sensacin de que me estaban despojando de algo importante. Nos sentamos, un silencio breve flame de pared a pared. Las manos de Noelia, cruzadas, estaban tensas, como si estuviera tratando de romper una nuez.
- Siempre he sido franca y directa contigo, Erasmo -dijo por fin Noelia.
Call, a la espera de lo que vena despus. Ella mir a Samuel, le sonri y me dijo:
- Nos vamos a casar.
De alguna manera ya lo presenta.
- Sus padres nos van a ayudar y vamos a reconstituir el negocio.
Record a la Doctora: Viva, no importa el precio.
- Les deseo felicidades -dije-. Y supongo que en la restitucin del negocio se incluye la restitucin de mi dinero -lo dije creyendo que solamente estaba tratando de devolver un golpe por otro. Pero haba algo ms. Ahora saba que con 19 millones poda hacer cosas ms prcticas que gastar, como asociarme a Ren, y de paso pagar mi rescate dejando podrirse a Natalia con sus proyectos de muerte.
- Ah est el punto -o decir a Noelia-. Financieramente eso es imposible. El padre de Samuel ha puesto un lmite a su participacin... 
 y tendrs que esperar un poco ms.
- Quiero mi dinero ahora! -me sorprendi que pudiera rugir de esa manera.
La mirada azul de Samuel era apacible cuando me aclar:
- No existe ningn documento.
Noelia se levant de un salto, indignada. Esa era la Noelia que yo admiraba... y am tal vez.
- La deuda existe, jams lo negar!
- Solo me refera a la prisa de nuestro buen amigo Erasmo -dijo Samuel-. Lo que quise decir es que no est en condiciones de exigir.
- Moralmente s! -exclam Noelia.
- Entonces, pgale -dijo Samuel, mirndose las uas-. Con qu?
Noelia se sent, vencida. Yo me sent igual. Lo que haba visto no era tierra firme. Solo un montn de algas. No me consolaba nada que el sentido de lealtad de Noelia estuviera sufriendo.
Ya nada haba que hacer all. Me levant y fui hacia la puerta. 
Noelia me alcanz.
- Te vas as?
- Soy mal perdedor, en ambos sentidos.
- Es que... te necesito.
Samuel se levant, murmur algo de que la conversacin se vuelve privada y desapareci por un pasillo.
- Me necesitas? Tu judo no parece impotente.
- Tienes que ser grosero? Se trata de mi hermano. Necesita ayuda.
- Se la das y...
- No acepta nada de m. Considera mi casamiento con Samuel como una traicin personal. Se ha enamorado de vos, ya lo sabes... y cree realizar su sueo de amor a travs de m. Me transfiri su amor para hacerte feliz.
- Te has empachado leyendo a Freud. Imaginas cosas.
- No imagino nada. Es as, es mi hermano. Adems est enfermo. 
Aydale.
Haca trizas mis ilusiones. Desarticulaba mi mundo. Me desinflaba el salvavidas, me arrojaba a la cara un marido, y me tiraba encima el puto del hermano. Qu crea que era yo? San Francisco?
- Adis -le dije, y me fui dando un portazo.
No lo saba, pero se me haba encendido en el alma una furia que no se apagara pronto. 


Captulo XIII
Fueron aquellos, das muy bravos que culminaron all arriba, en el monoblock donde Noelia dej de ser muchas cosas, y cav en m vacos que se fueron llenando con una materia viscosa que entonces no saba nombrar, y despus fue furia. Haba tomado posesin de la habitacin -y de la cama- de Luca, donde el perfume de la colonia Charpentier era tan intenso y persistente que cerraba los ojos y al abrirlos esperaba ver a Luca venir corriendo de la ducha-letrina, su cuerpo esplndido envuelto en una toalla y con los cabellos mojados. Ese da haba vivido mi episodio humillante en el departamento de Noelia, y trataba de dormir en la cama de Luca, luchando por separar el olor omnipresente de la locin colonia de aquella terrible fetidez del anfiteatro, y la imagen de mi hermana del gran sapo rosado hinchado tirado fotografiado. Y tratando tambin de alejar, de ubicar en otro mundo a Noelia. Pero el insomnio estaba all como una condena a no poder olvidar nada, y de tener los odos tan sensibilizados que los ms mnimos decibelios que venan de afuera tronaban como tambores. Las voces de un altavoz lejano navegando con viento favorable, el lamento de una moto enana acelerada hasta la exasperacin, la inesperada asamblea de los grillos; pisadas claras de zapatos duros en la acera, y como si a cada caminante le siguiera una sombra, pisadas apenas odas de pies sin materia, de pies descalzos sobre arena hmeda, fantasmales, alucinantes, que dejaban de ser pisadas de sombras para ser las pisadas de Luca, o de la vieja Doctora Jorgelina Bez de Doldn, espectros que me andaban buscando para decirme cosas que haba olvidado decir antes de marcharse. En mi reloj pulsera eran las tres de la maana y me preguntaba si el nico ser humano despierto en el mundo era yo, o si haba otras almas en vigilia como la ma que cruzaban plazas obscuras, trepaban escalinatas interminables, cruzaban arcadas redibujadas por la luz de la luna, o se asomaban a barandas y balcones para mirar la desolacin del no-dormir, como un paisaje que no era paisaje, sino lneas quebradas contra las sombras. Hubiera querido tener cigarrillos para levantarme a fumar, me abrazaba a la almohada y me encoga fetal para hacerles ver a los sonidos que me acosaban y a los pensamientos que me hervan que tena miedo y me dejaran en paz. Pero no poda dormir, y la mente ferozmente clara descubra de pronto que si existe la medida del tiempo en el reloj, existe tambin la medida del tiempo perdido en el insomnio porque no existe tiempo ms desesperantemente largo que aquel que no se duerme. Desech el abrazo de la almohada y busqu su lado fresco y apoy la cabeza, solo para sentir el latido de mi corazn, con su eco hmedo, ponindome a contarlos, queriendo convencerme de que cada latido me acercaba al sueo, pero llegando a la conclusin de que me alejaba, que iba en direccin opuesta, que no iba hacia la plana geografa del sueo, sino a la aspereza de una lucidez extenuante. Quin dice que el hombre dormido ha sido vencido por el sueo? El sueo no vence, arropa como una madre tierna. El sueo no es derrota, sino la victoria contra el insomnio. Nadie pelea contra una madre tierna, sino contra el demonio, que tiene casi las mismas letras que insomnio, y si hiciera un poema rimaran a la perfeccin. O casi. Me pas tratando de convocar al sueo, pero adivinaba que las vallas; eran muy recias. Mi conciencia me remorda por lo de mi hermana, me dola la muerte a golpes de la Doctora, odiaba a Noelia y detestaba hasta la profundidad a Natalia. Noelia me exigi madurez. Y cuando me sent maduro, cuando de pronto me sent adulto me apart de su vida, y se qued con mi dinero que podra hacerme vivir mi madurez sin cruzar abismos caminando sobre troncos podridos. Un gallo cant poniendo un lmite a mi noche. Ya no era noche. Ya no vala la pena dormir. Me levant y vi a pap sentado en la obscuridad espesa an, su cara iluminada por los carbones encendidos y tomando mate hirviente.
- No pudiste dormir, pap?
- Parece que me estoy volviendo viejo, hijo. Antes, cuando no tena dinero deca que Dios provee y dorma como un angelito. Anoche saba que no tena dinero, que necesitaba dinero, y no pude dormir. A ver si de viejo me vuelvo responsable!
- Dinero para qu?
- Medicamentos. Mi tratamiento con antibiticos me golpe los riones y me dieron unas recetas que... Tu madre necesita inyecciones de calcio, parece que tiene los huesos de espuma. Anoche no dorm, por el dinero o porque me dolan los riones -sorbi el mate-. No orino desde antes de ayer. Despus de todo, nos falta Luca.
Me sent herido. M padre no conceba que el dinero poda salir de mis bolsillos. Ni siquiera conceba que tuviera bolsillos.
- No tomas mate -dijo, justificando que no me invitara.
- Pap -le dije- voy a matar por dinero.
Dej de chupar la bombilla. Su cara tena una palidez verdosa a la luz del fuego de carbn.
- Por mucho dinero -agregu.
No se escandaliz, no me dijo que estaba loco, no se puso a dar consejos ni a decirme que los tiempos malos pasan y que se debe tener paciencia. 
- No lo hagas -dijo simplemente.
- Recuerda que nos vamos pareciendo.
- Yo nunca matara -gimi al cambiar de posicin en la silla y se apret los riones-. Yo no dira que viv renegando de Dios, pero s que viv hasta el lmite en que el largo de su cuerda me permita libertad o libertinaje. Siempre admit que nunca debera ir ms lejos que el largo de su cuerda. Jams me pas por la imaginacin romper la cuerda. Dios es vivo, ha medido su cuerda, y donde ella termina empieza el infierno.
- No creo en el infierno, pap.
- Me refiero al de aqu arriba. Yo siempre he andado vagabundeando por sus bordes -trat de levantarme e hizo un gesto de dolor-. Carajo, esto parece serio.
Lo ayud a levantarse.
- Quiero ir a mi cama.
Lo conduje hasta all. No tena idea de que estuviera tan enfermo. 
Mam no despert. An no haba despertado cuando ms tarde ayud a vestirse a pap y lo llev al Hospital de Clnicas. El mdico de guardia le hizo unas pocas preguntas sobre qu antibitico le haban dado, qu le haban recetado, desde cundo no orinaba, y sin ms trmite lo dej internado.
- Sos su hijo? -me pregunt.
- S, Doctor.
- Tienes dinero?
- No.
- Consguelo. Puede ser costoso salvarlo.
Salvarlo? Tan mal estaba? Fui disparado al taller-hogar de Ren. Me hizo un prstamo generoso, sin preguntas ni condiciones. Poda haber renunciado a su fe, pero la tena metida adentro. La viva. Regres al Hospital y deposit todo el dinero en manos de la Jefa de Enfermeras, con la aprobacin de otro Doctor, un urlogo que miraba, palpaba, anotaba, peda anlisis y pareca querer afeitarse el mentn con las uas.
Haba logrado, entretanto, tener tranquilo a Valentn, con la mentira de que estaba siguiendo de cerca las investigaciones con mi amigo el oficial Acua, y que l no deba interferir en nada. Que ya le llegara el tiempo de entrar en accin, y mientras tanto, l aceitaba y pula su revlver. No obstante, aquella misma tarde del da en que intern a mi padre, regres primero a casa donde le cont a mi madre la historia de una ligera infeccin de las quemaduras y que pap estaba internado por la buena voluntad de unos amigos mdicos del Hospital de Clnicas. 
Tranquilizada mam, y tratando de preparar con una mano una fuente de bollos que tanto gustaban a pap para que yo los llevara ms tarde al Hospital, fui a ver a Valentn, a quien encontr tranquillo y paciente, dejando que otros le pusieran la vctima en la mira cuando llegara el momento. Como para no darse oportunidad a ninguna vacilacin haba pegado a la pared, encima de la cabecera de su cama, el recorte de la crnica y la horrenda fotografa de lo que qued de mi hermana.
Me qued tiempo al anochecer para desplazarme hasta la casa de Sergio, y llegu en mal momento. El hombre estaba furibundo porque la noche antes, gente de avera narcotiz al Doberman, penetr en la casa y se llevaron tranquilamente el Santana, y por de pronto, su madre se estaba negando redondamente a comprar otro coche, aparte de que lo segua por toda la casa reprochndole su inutilidad y descuido, lo que hizo que al fin, mi presencia fuera un remanso de paz en la tormentosa reaccin materna.
Le pregunt por qu no se refugiaba en su mal llamado estudio, y poniendo cara agria me dijo que all estaba Sandoval, enfermo, y su madre no saba que tena en casa semejante husped. Quise subir a ver Sandoval, y lo encontr preso de temblores, acostado en un colchn en el suelo y arropado en mantas. Su cara huesuda era casi irreconocible, tena manchas raras y me pareci que su pelo estaba muy raleado. Al verme, llor amargamente y me implor ayuda repitiendo que no quera morir, que no quera morir y que no quera morir.
- Por qu no lo llevas a un Hospital?
- Escap de all y vino a refugiarse aqu.
- Escap?
- Le dijeron que tiene Sida.
Aterrado, me apart de un salto de ese bulto letal en el suelo. Qu diablos pasaba conmigo? Qu poder maligno me estaba entrenando para la muerte? Mi hermana, la Doctora, y con la ayuda de la mala suerte, pap. 
Existen esas cosas por encima de la comprensin humana?
- Te doy asco! Te doy asco! -aullaba Sandoval y me apuntaba con un dedo.
- Qu vas a hacer? -pregunt a Sergio.
- Ya lo hice -me dijo en voz baja-. Avis a la hermana. Viene a llevrselo.
Efectivamente, no tard en aparecer Noelia en una ambulancia que haca sonar exageradamente su sirena, y sin ceremonias penetr por la entrada de coches y se instal bajo el estudio. El Doberman algo adormilado an no comprenda nada y ladraba sin ton ni son. Junto al conductor vena Noelia, plida como un cadver, y para complicar ms las cosas, la madre de Sergio, envuelta en largo salto de cama, sali corriendo de la casa y se puso a preguntar qu demonios estaba pasando, con un vocabulario que no era precisamente beato. Con maligna sonrisa, Sergio le inform que la ambulancia vena a llevarse a un amigo enfermo que haba recogido, y que por esas casualidades de la vida el amigo tena Sida, con lo que logr que su molesta madre se esfumara de inmediato y de paso se oyera el ruido de una docena de cerrojos que se corran en puertas y ventanas.
- Apuesto a que se va a duchar durante dos horas y que quema despus su salto de cama y todo lo de abajo -me dijo Sergio.
Entretanto (33), el conductor de la ambulancia bajaba por la escalera, en brazos y bien arropado, a Sandoval que gema y protestaba.
- No me hables, traidora! -vena diciendo a Noelia. Y luego se volva a m-. Vos tambin traidor -me acusaba.
Triste agona esperaba al pobre Sandoval. Con un inagotable miedo de morir, acusando a su hermana de traicionarme a m, a m de traicionarle a l, y a los dos, al fin, acusndonos de traicionar sus retorcidos sueos. 
Noelia no me dirigi una sola palabra. Acaso me estaba acusando tambin de algo.
Sacamos el mortfero colchn afuera -las mantas y sbanas se haban ido con Sandoval- lo mojamos con alcohol combustible de un bidn y le acercamos fuego. Nos desnudamos y nos baarnos mutuamente con una manguera, usando un jabn especial de limpiar tapizados y un cepillo dursimo. El Doberman, creyendo que era un juego, haba declarado unilateralmente una tregua conmigo y participaba alegremente de la mojadura, tratando de morder como un cachorrito el chorro de agua. 
Finalmente, Sergio puso candado a su estudio, y la dej cerrado, para siempre, segn ocurrieron las cosas despus.
Logramos entrar a la casa forzando una puerta de la cocina. Y all mismo nos instalamos a consumir una cena de carne fila, mostaza, pan y vino que encontramos en la refrigeradora.
- Yo tengo ideas demasiado preestablecidas -me deca Sergio, mientras masticaba-. Pienso que un soldado debe morir contento atravesado por una bala. Que un misionero debe morir feliz comido por canbales y que un msico tsico debe morir oliendo la gloria cercana tocando su ltima serenata de Schubert. Lo de Sandoval me desconcierta, un homosexual con Sida debe morir tambin contento.
No saba si mi amigo hablaba en broma o en serio.
- Lo malo es que yo no s cmo morir contento. Si no se vive para  nada... por qu razn se debe morir?
- Te agradecera que cambies de tema, Sergio. Siento bailar calaveras alrededor mo. Tengo la sensacin de que atraigo la muerte...
Le relat lo de mi hermana. Que suyo era el cadver annimo en el campo de golf.
- Me da pena. Era una hermosa mujer -dijo.
Le cont lo de la Doctora muerta a golpes, la enfermedad de mi padre, que pareca poner los pelos de punta al urlogo.
- La prxima vctima me pertenece -agregu.
- No s a qu te refieres, Erasmo.
- Voy a matar, por dinero.
- Ests loco?
- Y vos me vas a ayudar.
Se sobresalt.
- Yo? Por qu tengo que ayudarte?
- Porque no has encontrado nada que valga la pena por qu vivir ni por qu morir. No sos soldado, ni misionero, ni msico, ni homosexual. 
Vas a seguir vegetando aqu a la sombra de tu mam? Vas a vivir rogando que te compre un coche? Rodeado de telas en blanco? Terminars loco. Tu pintura no existe, tus estudios de computacin un agarradero para tu ego, como los estudios de Derecho de Rafael. Tu odio al cura, un modo de no estar completamente vaco, y por ah el buen soldado de Cristo y tu madre resultan inocentes. Creo que creas leyendas porque no tienes historias, pagas tus romances y ves en un budn de pan la gran hostia de un culto satnico que practican tu mam y el cura. Y si todo eso no fuera real? 
Qu queda? En qu quedas?
Escuch mi perorata plido como un muerto. Me pareci que haba dado en el blanco.
- Pero ests hablando de matar!
- De quebrar la rutina en la forma ms violenta posible. Solo despus podras hallar un nuevo comienzo. Aunque vivas escondido, saltando de escondite en escondite, estars haciendo algo. Recuerdo que pedas con desesperacin emociones fuertes!
- Dnde demonios aprendiste a hablar as?
- Una chica me dijo que madure, y madur. Que crezca, y crec. Tengo la estatura y la rabia de un asesino. Qu te parece?
- Que has tomado demasiado vino.
- Hablo en serio!
Me mir largamente, entrecerrando los ojos.
- Veo que ests hablando en serio -dijo-. Voy a hacer lo mismo. Vamos a suponer que te ayude. Y que la cosa sea el choque elctrico que me saque de mi abulia y mi dependencia, como decs. Puedes garantizarme que despus del... asesinato? no venga espantado a esconderme debajo de la cama de mi madre?
- La vista de la muerte nos madura, o tal vez nos endurece. Yo creo que empec a ser hombre mirando los pedazos de mi hermana en la mesa de la morgue, y dicindole adis a una viejecita que agonizaba y me deca que viva la vida, cualquiera sea el costo.
- Y el costo es una vida. Y tu premio dinero. Y mi premio?
- Crecer y tener valor para decirle a tu madre que se vaya con su dinero a la puta que lo pari.
Estaba sonriendo. Gozaba mentalmente de ese momento.
- Dejame que lo piense. Como planteas las cosas... hasta parece natural.
- Yo tambin pens mucho. Es justo.
Poco despus sala a la obscuridad del jardn y a la calle. El Doberman me acompa, amistoso. Me haba aceptado como amigo, o su instinto de asesino haba adivinado la presencia de un colega. Camin a lo largo de varias cuadras de recoletos barrios residenciales, con algunas luces en las ventanas altas, focos de vigilancia en los jardines y coches agazapados en los garajes. Saba adonde me diriga pues en la gua telefnica de Ren, haba encontrado la direccin del Dr. Gilberto Ortiz. 
Quedaba en un callejn de afirmado nuevo, con el que no quisieron sacrificar un centenario samuh que vino a quedar as en el centro de la calzada. Miraba el casern obscuro desde la acera de enfrente, donde un almacenero que cerraba el negocio me echaba miradas de desconfianza, cuando enfil por la calle un Peugeot de modelo algo antiguo, pero reluciente y silencioso, borde el rbol de la calzada y peg la trompa contra el portn de entrada de vehculos de la casa. Una joven con uniforme de servicio corri presurosa a abrir el portn y el coche penetr, se detuvo, de l baj un anciano alto, algo encorvado, con un sombrero encasquetado hasta las cejas, que se dirigi a la casa con paso algo vacilante. El coche volvi a moverse, penetrando en el garaje. Par el motor, el chofer descendi, le vi poner la llave, encaminarse de nuevo al portn, y cerrarlo con otra llave que extrajo de su cinturn despus de salir afuera. Camin en direccin a m, y no dejaba de mirar con cierta cautela a ese hombre que a las diez de la noche estaba inmvil en la vereda. Decidi que no era peligroso, o que yo era de la mitad de su tamao, o tena mucho amor propio, y no cruz a la otra acera. Le dirig la palabra.
- Seor... Es Ud. el chofer del Dr. Ortiz?
Se detuvo y pregunt a su vez: 
- Qu hay? -pareca del tipo que no teme a la pelea.
- Mi padre me dio su nombre, y lo olvid, le traa un mensaje.
- Entonces dgame el nombre de su padre.
- Juan de Dios Arzamendia.
- Es mi amigo. Fuimos camaradas en... Qu mensaje trae?
- Nada. Como suele referirse siempre a Ud., pens que deba avisarle que est muy enfermo, en el Hospital de Clnicas. Pero el mdico dice que se le pasar.
- Si yo puedo ayudar en algo...
- Si pudiera visitarlo le ayudara mucho.
- S, s. Claro, en mi primer tiempo libre...
As establec el primer contacto con el Dr. Gilberto Ortiz. El chofer, Marcelo Soto, era de la edad de pap, pareca mucho ms joven y tena un fsico poderoso. No viva lejos de all y le acompa hasta su casa. Dijo que era soltero y viva solo. Yo le dije que era estudiante de Derecho, que las ciencias jurdicas me apasionaban y resultaba que su patrn, el Dr. Gilberto Ortiz, era para m poco menos que un semidis.
- Anda un poco enfermo el viejo -me cont-. Pero tiene el coco de un mita- de 30 aos.
- Con quin vive en la casa?
- Con una hija. Ella es separada y vive para su pap. Diamantina, Diamantina es la mucama-cocinera, me suele decir que la seora Elena se separ de su esposo por su pap.
Cuando llegamos a la pensin donde el buen hombre (?) viva, l me volvi a reiterar su disposicin de ayudar a pap. Le agradec el gesto con una expresin de un buen-hijo-preocupado, y de improviso, lleg la pregunta clave.
- Y vos en qu trabajs?
- Ando buscando trabajo.
- Le voy a hablar al patrn. Por ah tiene algo.
Ah estaba de nuevo la mano maligna que pareca organizar todo. 
Marcelo Soto no podra declarar jams que lo us para introducirme en el torno del Dr. Gilberto Ortiz, porque era al revs, l me estaba ofreciendo la entrada del Dr. Gilberto Ortiz en mi entorno.
- Le agradecer mucho, don Marcelo -dije, poniendo la cara de contento que la ocasin requera, y me pareci que Natalia poda estar orgullosa de su discpulo en el arte de manipular gente.
Con ella precisamente estuve la noche siguiente. En la misma sala, con los mismos faunos persiguiendo a las mismas ninfas. El caf, el licor de ans y las luces veladas. Pero esta vez, Natalia tena el cabello suelto, y vesta bata y zapatillas. Pareca mucho ms vieja, sin maquillaje. Ya no necesitaba seducirme porque ya estaba seducido.
- Suponiendo que acepte el trabajo, Natalia, necesito un adelanto. Mi padre est enfermo.
- Ni un centavo. Scate de la cabeza.
- Est bien. No me pongas condiciones del modo en que va a morir.
- Me basta que sepa que va a morir y por qu muere. Tienes un arma?
Estuve a punto de decirle que tena una mquina de matar llamada Valentn. Y posiblemente un cmplice llamado Sergio.
- La tengo -dije-. Me hablaste de transferir bienes.
- Y bien? -alz las cejas, o el sitio donde deban estar las cejas cuando existan.
- Qu garantas tengo? Y no me digas mi palabra, que no creo en absoluto.
- Es sencillo. Te doy un poder general para disponer libremente de una lista de bienes inmuebles y de cuentas bancarias. En la lista figurar todo, menos esta casa y una cuenta de ahorros.
- Un poder por escribana?
- As es, Erasmo.
- Y si uso el poder en vez de cumplir mi compromiso?
- No podrs, porque el poder empieza a tener efecto el 30 de Agosto de 1989.
- Y por qu esa fecha?
- Porque el 29 el viejo asesino cumplir 81 aos, y el 30 deber estar muerto. Si no est muerto, revoco el poder.
- Lo mismo podrs revocarlo si est muerto.
- No podr hacerlo, Erasmo, porque tendrs una carta ma reconociendo mi calidad de autora moral.
- Si la uso me hundo como autor material.
- Nos hundimos los dos. Tal es la garanta mutua que tenemos.
Haba logrado que por desconfianza recproca, fuera necesario tener confianza recproca. Muy digno de su viejo cerebro retorcido. Pero haba cosas que escapaban a mi comprensin.
-Natalia -le dije- quizs nadie en el mundo sepa tanto sobre vos como yo. Me dijiste de tu juventud viciosa, de tu gusto por los patanes, de tu perversidad para usar a la gente, como a mi padrino... y a m.
Call, esperando una reaccin. Solo cruz las piernas bajo su bata, y se arrebuj ms en ella, como si tuviera fro. Su cara era una mscara.
- Qu sigue? -dijo.
- Pues siendo como eras, no podas amar tanto a un hombre como a tu  teniente.
- Te equivocas. No sabes nada de la vida, ni de la mujer. Aun mientras era su novia, con l encerrado en su Escuela, yo andaba saltando de desvaro en desvaro. Tena un fuego interior que apagar da a da. 
Pero me cas y todo cambi. Fue en la Catedral, l hermoso y apuesto con su uniforme de gala, y sus camaradas haciendo un arco triunfal de espadas. 
Me sent otra, en un nuevo comienzo.
Se sirvi una copita de ans y palade intensamente la bebida, con la misma delectacin que paladeaba los recuerdos.
- Todo ese esplendor de una boda suntuosa me embriag de orgullo. Y de ambicin. Era esposa, era una seora, mi esposo tena la estampa del ganador. Sera Presidente de la Repblica, y yo estaba destinada a ser la Primera Dama de la Nacin, sera la reina de las recepciones en el Palacio, presidira comisiones de ayuda a los pobres, entregara medallas a los niitos aplicados de las escuelas. Entonces am como loca al hombre que me iba a ofrecer todo eso, me arrepent de mis pecados y me dispuse a ser la esposa modelo de un gran hombre. Pero cuando mataron a mi marido, me mataron a m. Mataron a lo que iba a ser yo. Mataron las dos terceras partes de mi vida. Y no empieces a decir que era joven, que poda rehacer mi vida. Eso no corre conmigo. La nica vida digna de ser vivida se fue a la sepultura con mi marido. No aceptara otra. Solamente esta vida de espera -suspir, tintine la copita contra el cuello de la botella, y agreg- y de venganza.
- Por qu has esperado tanto?
- Porque tardaste en llegar. Supe que eras el hombre indicado cuando tu padrino me habl de vos. Un tipo que se alquila da para todo.
Se levant y dijo:
- Te espero el lunes -y se march dejndome solo. Beb su ans de la botella, sent un gran calor descender a mi estmago, y me fui con intencin de ir a casa, no sin antes pasar por el taller de Ren, que me recibi con desconcertante frialdad. Atribu esa conducta a que ya le haba extrado dos prstamos de urgencia para los remedios de mi padre, y pensaba que iba en busca de un tercero. Se mostraba excesivamente atareado sobre un motor, y como no Consegua llamar su atencin, le dije hasta luego.
- Adis -dijo sin volverse a m-. Y me haras un bien si no vienes ms por aqu.
- Qu ests diciendo?
Se volvi, mirndome con desprecio.
- Que no vuelvas por aqu.
- Pero qu hice? -l se encogi de hombros y volvi a su motor-. 
Pero te debo dinero.
- Cuenta cancelada -murmur sin dejar de hacer girar una tuerca.
- Si me dieras una explicacin, Ren, somos amigos.
- Soy amigo de Sergio, tambin. Y l no es tan bestia como crees.
De modo que Sergio haba hablado. Me dije que no importa, porque solo haba mencionado la muerte de una persona sin nombre para l. Y cuando don Gilberto Ortiz llegara a morir, nadie le vinculara conmigo, porque no lo matara yo, sino Valentn.
Sin embargo, vala la pena ver enseguida a Sergio, a decirle que che mir que tomaste en serio una broma o algo parecido. Pero cuando llegu a su casa, l no estaba. Su madre s. Al sonido del timbre acudi hasta el portn de entrada, seguida por el perro, que mene el mun de rabo que tena.
- No est -me dijo la seora.
- Entonces perdn, vendr maana, seora.
- Tampoco estar. Se va a Pars, como parece que le recomend un amigo. Fue Ud.?
- S, seora, pero no fue muy en serio.
- No importa, porque ha seguido su consejo y a m me parece bien. 
Necesita cambiar de aires, encontrarse a s mismo, tal vez. Trato de convencerme de que ese es su motivo, pero no lo consigo del todo. Soy su madre y tengo la sensacin de que huye de algo. Tiene Ud. idea de qu lo atemoriza?
S, yo.
- No imagino nada que pueda atemorizarlo. Y disculpe la molestia, seora, buenas noches.
- Venga a visitarme.
- Lo har con mucho gusto.
- No le estoy pidiendo un cumplido. Le pido que venga a visitarme.
- Para qu?
- Ud. es amigo de Sergio. Creo que lo conoce mejor que su madre. 
Quiero saber... cosas.
Le promet visitarla y camino a casa, en el mnibus, no quera creer que hubiera asustado tanto a Sergio, aunque asustado no es la palabra, es ms bien tentado. Se sinti tan tentado a acompaarme en mi mortal aventura, que se asust de s mismo, habl con el que menos debi hablar, Ren, y se march a Pars. Curiosamente, yo le haba ofrecido una aventura lrica en broma y otra sangrienta en serio, y prefiri la primera. All l. Terminara durmiendo bajo los puentes, podra apostarlo.
Ese fatigoso da no haba terminado an, porque cuando llegu a casa estaba estacionado enfrente un Chevrolet negro y lustroso, de diez aos por lo menos. Era el auto barato que haba comprado el padre de Rafael mientras no terminaban de componer el maltrecho BMW, y pens que Rafael me estaba esperando, pero no era l, sino su padre, que estaba sentado en una silla, en el corredor, con el aire de De aqu no me muevo mientras no aparezca el tipo ese. No me dio tiempo ni a saludarlo. Se haba puesto de pie.
- Dnde est mi hijo?
Le contest que no tena idea de dnde poda estar su hijo, ni de la razn por la que me preguntara a m. Entonces sac un papel del bolsillo y me lo tendi.
- Dej esto para Ud. Erasmo Arzamendia -era una carta, pero el sobre estaba abierto. Violado, pero pas por alto una minucia as. La carta era breve. Amigo Erasmo, me llevo todo lo que dijiste, pero hice trampa, porque llevo tambin dinero. Rafael.
- Hice averiguaciones sobre Ud. -estaba diciendo aquel flaco, rico y desgraciado seor-. Hay un amigo de Uds. que se va a Pars y se neg a hablar de Ud., como si yo fuese un polica. Y el otro, el del coche Packard, alemn o no s qu se apart de su nombre como de la lepra. 
Tampoco estudia nada, ni tiene trabajo, me lo dijo su madre. Qu estn tramando? En qu ha metido a mi hijo? Qu significa esta carta que parece una clave?
Agitaba los puos ante mi nariz. Y me dispuse a decirle la verdad, nada ms que la verdad. Tena el papel en mi mano. Me llevo todo lo que dijiste, significa que se lleva una mochila con algo de ropa. 
Posiblemente una bolsa de dormir y va calzado con zapatones de soldado, como Rambo. Creo que tambin lleva una guitarra, y dinero que no debi llevar para ser el perfecto mochilero.
- Dijo... mochilero?
- Eso mismo. Mochilero.
- Pero adnde va?
- Un mochilero que se respeta nunca sabe adnde va. En todo caso, est tratando de poner la mayor distancia posible en l y Ud. o entre l y su madre.
- Solo porque no le permit usar el Chevrolet?
El ver semejante padre que no vea ms all de sus narices, considera que el mo era una joya. Despus, no le pude dar ms precisiones, filosof para l entre la poca diferencia de hacer nada encerrado en un casern y hacer nada caminando, y le dije que manejara con cuidado, porque temblaba de pies a cabeza.
Cuando se march apareci como por ensalmo mi madre de adentro de su dormitorio, donde se haba mantenido silenciosa y con los odos alertas. 
En sus manos traa una plancha elctrica, que deposit en las mas.
- Tienes que arreglar esto para maana. Pero antes debes repintar el nmero.
- Qu nmero, mam?
- El de nuestra casa, all, al lado del portn.
- Pero si all no existe nmero, mam.
- Existe. Si se mira bien se ve el 549. Es nuestro nmero. Quiero que lo pintes bien, como para que el cartero no pase de largo.
Claro. Las cartas de Luca desde Pars.
- Voy a pintar maana nmeros grandotes, mam.
- Buen hijo -me dijo y me bes, aunque de paso me dio un golpe en las costillas con el yeso que se haba vuelto rooso.
- Aunque no creo que Luca escriba muy pronto. Vos sabs, mam. Tiene que adaptarse y todo eso.
- Eso mismo pienso yo. Debe andar muy ocupada. Y despus de todo -llorique- la madre es la ltima en ser recordada. -Se sec una lagrima-. 
No es porque Luca sea mala hija -aclar- sino porque los hijos son as.
Despus cambi bruscamente de tema:
- No me engaaste con lo de tu pap. Estuvo a punto de morir y se salv mediante el remedio ese...
- Qu remedio?
- Qu se yo cmo se llama. Pjaro bobo y todo, tu pap tiene amigos.
Lo que deca mam era extrao para m. Al parecer pap tena amigos que haban proporcionado alguna medicina cara. Bien podra ser Marcelo Soto, el chofer. Lo averiguara al da siguiente. Fui a acostarme en la cama de Luca, y poco despus, mam entraba con un plato. Tres sandwiches o como se llame el pan partido en dos, y adentro rodajas de cebolla frita, aceitosa. Despus de ese men, se abra el territorio del hambre. As estbamos. 


Captulo XIV
He estado releyendo mis apuntes, y aquella noche en que dorm oliendo el inagotable aroma de la colonia de Luca, tuve primero mi tambin infaltable hora de insomnio, aunque ya no lo recuerdo, habr llegado a la conclusin de que cierta predestinacin de soledad se estaba cerrando sobre m. De mis cuatro amigos solo me quedaba Valentn, ermitao completo. Ren me rechazaba, puritano an a pesar de su renuncia religiosa, al menos en cuestiones mayores, como posiblemente era tambin su hermana, la vikinga. Rafael se haba marchado de su casa, con la crcel metida en su alma y con su rechazo de todo lo que le rodeaba, empezando por s mismo. Sergio a Pars, huyendo de m como del diablo, y Sandoval, hasta aquel da, esperando la muerte con un continuado espanto tan femenino y tan cobarde. La Doctora ya no estaba, Luca tampoco. Si esto fuera una novela -ya me he convencido de que solo es una crnica- estara cometiendo el mayor disparate que puede cometer un novelista: quedarse sin personajes, ya que de hecho, solo, en ese momento, me quedaba mi madre, con su vitalidad, su inocencia y su niez inagotable, y que de paso, unos das despus de haberme ordenado que repintara el nmero de la casa, molesta por el yeso que no le permita amasar la harina para bollos, se lo hizo sacar con un vecino armado de una gran tijera de podar dicindose mutuamente y a do que los mdicos son unos sinvergenzas. Tambin estaba mi padre, y en aquellas fechas an no saba que sobrevivira milagrosamente mediante la ayuda econmica de su amigo Marcelo Soto.


- Eran unas ampollas de no s qu que costaban 30.000 cada una; 12 ampollas -me explicaba mi padre con una vocecita que dramatizaba un poco, a mi entender, su estado de debilidad-. Me aplicaron una cada cuatro horas.
- No me hiciste saber nada, pap.
- De dnde ibas a sacar 360.000? -me pregunt con toda razn- hiciste bien en avisar a mi amigo Soto. Dnde lo encontraste?
- Por casualidad...
-Me alegro. l compr las ampollas. Es un buen amigo. Y pensar que en la Escuela de Artes y Oficios era el antiguo ms perro que poda pedirse -gorgote algo parecido a una risa, y agreg-. Dice que tiene trabajo para vos. No s de qu se trata, pero agarralo. Es mejor que esa locura de... 
Ya te dije, no hagas disparates. Ya ves que siempre se encuentra un amigo hasta en los peores momentos. 
Si le deca que la aproximacin de Marcelo Soto y su oferta de trabajo no me estaba alejando de esa locura de... sino me estaba aproximando a ella, mi padre no me hubiera credo.
Ese mismo medioda estuve esperando a Marcelo Soto frente a la casa del Dr. Gilberto Ortiz, su patrn, sentado en la acera y a la sombra de un yvapov en la entrada de coches. Previamente se haba acercado sin que yo llamara la mujer de servicio, una morena joven. Una de esas mquinas de servir que todava se vean en aquella poca. Entreabri el portn y me pregunt si era cliente, le dije que no y volvi a cerrarlo, con lo que deduje que la calidad de cliente (de qu?) me hubiera franqueado el portn.
Poco despus lleg el automvil conducido por Soto y reapareci la mujer a abrir. En el asiento trasero dormitaba el Dr. Ortiz, al fresco del aire acondicionado del vehculo. Soto me sonri al pasar, ayud a su ilustre patrn a descender, y dej el coche estacionado a la sombra de un naranjo.
Desde all me invit con seas a entrar, cosa que hice sin ninguna oposicin de la mujer, que terminaba de poner los cierres a la entrada de coches. Salud a Soto.
- Vamos a comer algo en la cocina -me dijo como si la cocina y la casa fueran suyas.
Lo acompa a la cocina, se lav la cara en la pileta y se sent en la mesa. La mujer haba puesto otro plato para m, con el aire ausente de quien est acostumbrada a dar de comer a extraos. Era la primera vez en das que coma tan abundante.
- La seora... -dije por la mujer.
- Ella es Diamantina -me dijo Marcelo.
- Me pregunt si era cliente Qu significa eso?
- Si le decas que eras cliente te haca pasar aqu a la cocina y te serva un plato de sopa. El patrn tiene muchos clientes que vienen de lejos. Gente pobre, y acostumbra a hacer eso. A veces tengo que dejar el coche afuera porque la gente se queda a dormir en el garaje.
Ya haba adivinado. Los mdicos dicen paciente. Los abogados dicen cliente.
- Todava va a los tribunales?
- Como l dice, para seguir moviendo los huesos. Se suele rer cuando dice que agarra solo clientes que no pueden pagar.
No les cobra, los alimenta y defiende sus flacos intereses en los tribunales. Querida Natalia. Ests segura que...?
- Te avis tu padre lo del trabajo?
- S, don Soto, por eso vine. Qu trabajo es?
- No s. Trabajo de gente leda, me parece. 
- Dnde?
- Aqu.
Apenas pude tragar el espeso arroz con poroto manteca. No poda ser verdad tanta suerte. O tanto infortunio. La vctima abra las puertas de su casa al verdugo. Cien repetidas escenas de televisin pasaron por mi mente. Un pequeo empujn en las escaleras y misin cumplida. Lo malo es que en la televisin el asesino siempre es descubierto, pero la televisin no es la vida. Que lo diga mi hermana.
- Maana no es da de los tribunales para l. Si te vienes a las 8 l te va a recibir.
Le agradeca todo y me despeda de l, que agreg finalmente, mirando mis vaqueros y mi remera:
- Con traje y corbata.
Media hora despus me encontraba en casa de Valentn. Quera alentarlo, o alimentar su fuego destructor, informndole que la presa estaba cerca. Su pieza ola mal, a comida rancia y a suciedad. El mismo Valentn, con su barba de meses y sus uas largas, pareca un habitante de las cavernas, o uno de esos hombres que de nios fueron criados por lobas, o por monas, que da lo mismo.
- Me visitas poco -me reproch.
- Solo vengo cuando es necesario. Vine a decirte que ya estoy a punto de conocer al malvado, y dnde vive.
- No me cuesta nada seguir esperando. Pero no falles, Erasmo.
- No te voy a fallar, est de por medio la sangre de mi hermana -dije dramticamente, y vi que Valentn se pona tenso.
- Vinieron pap y mam -me inform- quisieron llevarme a casa.
Creen que Luca me traicion y dicen que una mujer as no vale la pena. No les dije la verdad. Mam se fue llorando. Quiso limpiar la casa. 
Los ech a los dos.
- Bien hecho. El hombre debe estar solo con su dolor -me senta mal al decirlo, pero daba justo para la ocasin.
- Vino Ren -dijo Valentn- y logr que me asustara. Vio mi revlver y me pregunt para qu lo quera. Le dije que a l no le importaba. 
Despus me pregunt por vos.
- Por m? Qu le dijiste? -estaba realmente alarmado.
- Vos tambin cres que soy un torpe? Luca no pensaba as. Deca que hay cerebros lentos y cerebros rpidos. Eso deca. Y tena razn. A m me cuesta comprender, pero cuando comprendo es para siempre.
- Qu le dijiste a Ren?
- Que nunca apareciste desde que Luca... -mordi la ltima palabra.
- Bien hecho. 
- Ren no va a venir ms. Le dijiste que si volva le matara. Dijo lo que dijo mam, que Luca no vala la pena. Que l saba desde el principio que vos me queras enchufar una hermana puta. As dijo. Y que vos nunca fuiste un buen amigo. Y que no te haga caso en nada. Lo saqu a patadas.
En una lucha de ngeles, Ren era el ngel bueno. Estaba tratando de salvar a Valentn de algo terrible que empezaba a sospechar, y que Sergio haba plantado en su cerebro.
Fui a traer cerveza. Bebimos y nos animamos un poco. Abr las puertas y entr aire de renuevo, aunque era el caliente aire de fines de noviembre. Barrimos y desempolvarnos, cambiamos las sbanas de su cama y hasta logr que Valentn se baara y afeitara. En la maciza obscuridad de su pena se haba abierto paso un rayito de alegra. La presa estaba cerca. 
As era yo de nio, cuando crea que los Reyes Magos se venan acercando.
Algo ebrios, empezamos a fantasear.
- Qu vas a hacer despus, Valentn?
- Despus...?
- Despus de... ya sabes -no era nada nuevo en m. Le senta terror a lo que estaba haciendo. Miedo hasta de mencionarlo en voz alta.
- No hay despus -dijo Valentn.
- Est bien. No hay despus -le di cuerda.
- Ahora es despus -murmur luego de pensarlo mucho-. Todo lleg hasta Luca. Ya no est. Ya no hay nada -reflexion un momento, y por fin se decidi-. Hicimos el amor. All en la Estancia.
- Como consuelo vale -le dije con aire contrito.
- Ella me oblig -continu sin orme-. Deca que no iba a casarse con un impotente. Se rea y me deca ven, ven, y no estaba ms que con una bombacha, y me abra los brazos. Nunca cre que hacer eso fuera tanto, como infierno y cielo fundidos. Cmo va a existir despus, despus de todo eso?
- Solo una vez?
- Muchas, pero todas las veces pareca la primera vez. Era tan... 
viva. Tan ella. No puedo comprender la maldad de los que le hicieron todo eso. Merecen morir.
Empez a llorar. Y sal en puntillas a la calle, porque senta compasin, y no tena derecho a sentir compasin de alguien a quien estaba destrozando, usando.
En casa no encontr ms alegra. Como siempre, mi madre tena untada la pierna varicosa con una grasa animal, de lagarto o cocodrilo, no recordaba bien, y sentada en la cama, la sostena alta con el cajn vaco de cerveza. La pierna ola al misterioso ungento, es decir, heda. 
Adems me reproch que no haba almorzado y encontr en mis bolsillos dinero suficiente para comprar dos milanesas y pan que nos pusimos a compartir sentados en su cama. Comer milanesa oliendo grasa de cocodrilo no es precisamente el colmo del buen gusto, pero me andaba resultando grato castigarme de vez en cuando. Me daba coraje, como de beber alcohol.
- Luca tarda en escribir -dijo cuando consumi hasta la ltima miga de su tardo almuerzo.
- Mam, encontr trabajo con un abogado.
- No te olvides de firmar un contrato. Los abogados prometen y no pagan nunca.
- Este es un buen seor.
- Entonces me vas a comprar un televisor nuevo. Blanco y negro, no importa. Me contaron que Rosa Salvaje est embarazada.
Feliz mi querida mam-nia que nunca ira ms lejos de la inmediatez de los pequeos disparates que adornan la vida de la gente. Su marido en el hospital, sanando lentamente. Su hijo encontraba trabajo. Su hija estaba en Pars, y su brazo fracturado no funcionaba bien en el codo. Pero las varices pasaran, acababa de comer, estaba satisfecha y pronto tendra televisor. Am su inocencia como odi la ma, perdida para siempre. Odi a Noelia, que me hizo hombre y se qued con mi dinero. Odi a Ren, que no tena derecho a interponerse en mi camino. Y odi a Natalia, que usndome me enseaba a usar a los dems.
Sacud el traje y aire la camisa que usara al da siguiente, y ya al anochecer sal sin rumbo y sin dinero. Descend por 15 de Agosto hasta desembocar en la Plaza Italia. Algunos veteranos de la guerra dorman en los bancos; en otro banco, tres haban hecho fuego y tomaban mate; ms alejado estaba uno ms, dormitando en el banco. Me sent a su lado. Era pequeito, pero de esa pequeez de hombres grandes que se van achicando con los aos, barba gris y crecida, la ropa oliendo a tiempo y mugre y solo un par de dientes en la boca.
- Mba'eicha pa che r? (Cmo est, padre mo?) -le dije.
- Che rech pa ma (Ya me ves de cuerpo entero) -respondi-. Qu quiere? -agreg.
- Preguntar.
- Qu?
- Sobre la guerra donde estuviste.
- Me vas a pagar?
- No.
- Entonces no me acuerdo de nada. 
- Dice un compaero tuyo que solo los cobardes no quieren recordar.
- Ascend a Sargento en el campo de batalla! -chill y empez a sacar de un sobre unos comidos documentos que de todos modos, no podan leerse en la obscuridad. Le ped disculpas y se guard los documentos. 
Pero lo haba irritado de veras. Se haba puesto de pie, me apuntaba con el dedo y me deca:
- Soy un hroe, pendejo de porquera!
Trat de calmarlo. Me pidi un cigarrillo.
- No tengo cigarrillos, che r.
- Qu clase de periodista sos vos? Ni cuadernos, ni grabador, ni cigarrillos.
- No soy periodista.
- Si sos maricn ya no doy para eso.
- No soy maricn. Soy un pendejo de porquera que quiere aprender, mi Sargento.
El tratamiento militar le abland.
- Qu quieres aprender?
- Cmo se mata.
- Eso no se aprende, se mata o te matan.
- Vos mataste, che r?
- Por eso me ascendieron. Con mi grupo de fusileros capturamos un lanzallamas boliviano. Nos arrastramos hasta un nido de ametralladora y les quemamos vivos. Salvamos al regimiento de muchas bajas. Eso fue solo el comienzo, porque cuando nos toc la defensa de Toledo, donde muri el Teniente Fernndez estbamos...
- No es eso lo que quiero saber -le interrump-. Quiero saber qu se siente cuando se mata, cuando se mata a un hombre.
- En la guerra no se mata a un hombre. Se mata a un soldado que quiere matarte.
Me resign a no penetrar jams en la profunda conciencia de aquel viejecito que mat y se justific, y no era eso lo que quera saber. Me pona de pie para irme cuando se me ocurri una pregunta.
- Tomaste prisioneros?
- Muuuuchos.
- Ya no eran soldados. Eran hombres. Mataste a alguno?
- Nunca! -su respuesta fue tajante.
- Cul es la razn?
- No eran soldados. Eran hombres. Yo era soldado, no asesino.
Me inund una rabia terrible contra ese despojo humano que se daba el lujo de tener dignidad. Acerqu mi rostro a su rostro hasta sentir su agrio aliento. No se inmut.
- Te voy a contar un secreto -gru-. Voy a matar a un hombre que  nunca me hizo nada.
- Y viniste aqu a aprender? Te equivocaste, pendejo drogadicto. No somos los restos de una banda de asesinos. Andate a Tacumb. All estn tus maestros -me dio un empujn inesperadamente enrgico-. Y que Dios se apiade de tu alma, si la droga te dej alma, pendejo degenerado.
Me dio la espalda y fue a unirse a los camaradas que tomaban mate.
Camin demasiado rpido, hasta que me di cuenta de que estaba huyendo. Me detuve en seco, queriendo saber qu me estaba persiguiendo; acaso la dignidad que haba olvidado y que ese Sargento mantena viva en su ancianidad. O podra ser que nada me persiguiera, sino que algo me empujara, algo como la vergenza de ser un tipo tan insignificante de 25 aos frente a un despojo tan seorial de 80 aos.
De pronto estaba en Coln y Palma. Galeras. Japoneses, chinos, coreanos ofertaban todo lo que hace buena la vida. Felicidad electrnica, bienandanza computarizada. Cmaras Cannon, Nikkon, Olimpus que piensan solas y vuelven artista al ms idiota. Torres de sonidos para ahogarse en inundaciones sinfnicas; disquitos metlicos tocados por la varita de los rayos lser y guardan ochenta micrfonos atentos a ochenta instrumentos; grabar imgenes, beber colores, regrabar sonidos, despertar con msica, con campanitas de oro, con trinos; telfonos sin telfono, estereofona, llaveros que cuando se pierden avisan, lpices que son radios y radios que son lpices, televisores con mando para acallar desde la cama los anuncios insoportables; relojes que dicen la hora, el da, el mes, la presin sangunea y el ritmo cardaco. Un milln de cosas que tener, usar, olvidar, esperar el modelo nuevo, comprar y volver a tener, el mejor, el ms ntido, el ms potente, el ms sabroso bocado para el apetito sin fin de poseer, usar, mostrar, exhibir. Cunto cuesta este? El oriental ya no usa el baco, sino la maquinita de calcular que pone al deseo la barrera inapelable del dlar. Querer tener, ansiar tener, tropezar con el cambio, mirar con deleite la Cueva de Al Bab electrnica, sin palabras mgicas que la abran porque ya no funcionan las palabras mgicas, sino los nmeros mgicos, escondidos tras el signo cabalstico del $, o acaso del U$S. Y salirse de las galeras iluminadas, marcharse con pena, sin Nikkons ni Sonys ni Nationals que comprar, tener, mostrar, exhibir, desechar y volver a tener; marcharse al fin con el alma vaca del marginado de la Era electrnica, del pobre moderno hambriento de microchips, hasta llegar en el escape de tanta tentacin asitica a la esquina sepulcral del cine  Roma, donde una viejita pintada y repintada como un personaje de Fellini trata de ver adentro atravesando con la mirada los cristales polvorientos de los que cuelga el anuncio del ltimo xito cmico de Lucille Ball y Desi Arnaz, pero no ve nada la pobre viejecita que mueve los brazos, tintinean sus pulseras y se vuelve a m con su cara de loca mansa fugada de la vigilancia familiar y me pregunta a qu hora abren para la funcin familiar; entonces le estoy diciendo que el Cine Roma est muerto, pero ella re del chiste y dice que desde nia ha venido al Cine Roma y que adentro le esperan sus amigos con su elegancia de seccin familiar. Me penetra el deseo de burlarme de esa ancianidad parecida a la del excombatiente harapiento.
- El Cine Roma est muerto, y sus amigos tambin, seora ma.
Ella re de ese joven pintoresco y tonto que pretende decretar la defuncin de su alegra y de su contento.
- No sea loco, joven. Hoy dan una musical de Nelson Eddy y Jeanette McDonald. Qu va a saber Ud. de Nelson Eddy y Jeanette McDonald? l es Polica Montado del Canad y aprende un llamado de amor indio y lo canta en medio de la nieve. Ella aparece cantando en su trineo arrastrado por perros de ojos oblicuos y... Pero qu sabe Ud., loquito? No estuvo la semana pasada? S, yo estuve, oh Paul Muni sufriendo la agona del submarino. Y antes Douglas Fairbanks espadachn esbelto, qu prisionero de Zenda, Jess mo. Y Greta Garbo, Dama de las Camelias, o Ninoclika o Anna Karenine muriendo de amor o de tisis o de soledad, y Claudette Colbert y... A qu hora abren para la funcin familiar?
Golpea con los puos impacientes lo que fue puerta de lo que fue boletera, como si llamara a una tumba para convocar espectros, pero no tiene dolor en la cara, sino espera, contento de pronto va a empezar la funcin y me sentar a suspirar con Errol Flynn y comiendo chocolate.
Me rebasa y me da escalofros esa alegra vieja frente a la sepultura de un cine, y camino por calles de silencio hasta tropezar con el Hospital Militar, sintiendo que perd el rumbo, o que debo estar enfermo o acaso loco.
Entonces aquella Asuncin nocturna que estoy recordando desde esta altura del tiempo se abre toda entera para ser el gran territorio de mi desvaro y de mi pena. Ya no hay (las hubo?) calles medievales de tu estampa colonial. Acaso en un oxidado cofre guarde sus viejos diplomas de madre de ciudades y no las saca y desempolva porque mejor es olvidar que amamant con sangre y no con leche. Papotn Recalde, poeta irredento de bellos poemas, cuyo peor poema fue su vida, la llam Ciudad Viuda en un tiempo en que su viudez tena la calidez del cansancio y la modestia de una abuela, pero entonces iba yo descubriendo su viudez pattica que intenta mimetizarse joven y se pone ruleros de cemento y cristal y encima una corona de tubos de luces nen, y sacude su vieja alma y sus secos huesos al ritmo del rock y de la cachaca. Y ya entonces don Villagra Marsal no quera caminar por sus calles ni asomarse al balcn porque senta la ira de aquel que siente que le robaron su ciudad, y don scar Ferreiro con su alma de mensurador de soledades rehusaba la lisura caliente del asfalto y se iba a vivir en la selva defendiendo su atalaya de voces antiguas y purezas perdidas tras un laberinto de senderos mentirosos y callejones sin nombre, mientras Ana Iris, compaera y cmplice, tecleaba la mquina de escribir contando sus cuentos amables y difanos, con sus mujerucas dolientes y sumisas y sus familias de jardines sombros, celosas cerradas y encajes, abanicos y pianos, instalados en islas del ayer donde el hoy no penetra. Caminando voy por una de esas calles que han cambiado de nombre tantas veces como cambian de humor los ilustres y me instalo en el alma iluminada y beoda de Carlos Miguel Gimnez para marchar con la mente abierta a todas las luces y los ojos muertos a todas las visiones del mundo por el centro de la calzada, haciendo ma su esperanza de que un camin me atropelle y me mate en el mismo instante en que vislumbro el parto de la Patria soada. Y all est el muro envejecido, trinchera en escuadra de una esquina domesticada por el semforo, la casita encogida de doa Josefina Pl, reducto, retn, fortn, ermita que fabrica su propia y pobre soledad, refugio ltimo y simblico de la inteligencia que se alimenta de pan duro y se ilumina con el aceite del genio que sobrevive a la mediocridad. Me parece or el acento hispano de Josefina y el vozarrn de Prez Maricevich que sabe dnde abrevar sabidura. Y sigo mi camino y me detengo en una esquina de barrio con piso de tierra y huellas de carreta que permanece en el pasado porque espera un reencuentro imposible que Romero Valdovinos se llev a la tumba.
Fue esa la Asuncin de aquellos aos de mi fenomenal estupidez juvenil? Yo al menos, la recuerdo as. Y he llegado hoy al punto en que me he encogido tanto sobre m mismo, que lo nico vlido son mis recuerdos. Y son ellos los que me conducen por el itinerario de aquella noche en que las telaraas de las circunstancias me atrapaban y las araas del desvaro me chupaban los sesos.
Asuncin fue el escenario de mi tragicomedia y esta crnica no estara completa sino describiera el escenario, o por lo menos mi escenario.
Y sin que me describiera a m misino, en aquella noche de desconciertos, de ser yo, de no ser yo y de ser todos al mismo tiempo, hollando calles empinadas. mnibus tardos con choferes adormilados y pasajeros con cara de susto, el olor asqueroso de una puta gorda que me sigue a lo largo de Benjamn Constant tironeando de mi camisa y tratando de llegar a mi bragueta. Pero me escapo y por el camino abierto de mi repugnancia vuelve el delirio que me instala el golpe en esa plaza rodeada de casas hmedas y viejas donde el busto de Rodrguez de Francia frunce el ceo y me mira con enojo. Me disculpo con l: No se las tome conmigo, don Gaspar. No tengo la culpa de que Usa tenga tanta gloria y tan poco bronce. Ni que San Martn tenga 10 toneladas y Artigas cinco. Y si vamos al caso, Usa tiene suerte con sus cinco kilos de bronce y su monumento de extramuros porque mire si le ponan sobre un superlativo caballo de calesita como al pobre Mariscal. Sus huesos de paradero desconocido hubieran temblado, don Gaspar.... El dilogo se interrumpe porque un marinero armado, ms corto de estatura que el largo de su fusil viene a comprobar si estoy profanando a don Gaspar, y me voy con prisa. Calles, olor a orina y a fritura tarda, un coche encadenado a una columna, el monoblock al fin, y la puerta de Noelia.
- Erasmo! -es Noelia que parece salida de un sueo-. Sucede algo malo?
- Quiero mi dinero. Quiero mi parte de Sonys, de Citizens y de Pentax! Sin mi dinero estoy perdido.
- Erasmo. Ests borracho?
- Huele mi aliento, Noelia.
- Drogado, Erasmo!
- No. No. Solo es necesidad de mi dinero, angustia de mi dinero. Mi madre amasa harina para el bollo, y su brazo roto qued corto. La masa le sale coja, mi madre-nia llora. Necesita una cocina como en la televisin con licuadora batidora que corta, pela, exprime, amasa, licua, pica, muele, mezcla y empasta, y un horno de microondas con su mando para pollitos, pollos, pavos, lechn y ternera y ollas que silban que ya est y sartenes que no engrasan y cafeteras que hacen caf del caf. Tambin mquinas que lavan platos, secan, airean, repasan y apilan y...
- Erasmo, me asustas! -veo solo la cara borrosa de Noelia, y me pregunto cmo vine a parar aqu, y me contesto que vine por mi dinero, porque es un caso urgente tener mi dinero.
Entonces veo dos Noelias, que no son dos Noelias sino Noelia y Ruth, su cuada, rubia juda y bblica, que dice parece enfermo y me lleva con gentileza a un silln, me sienta, se arrodilla como una cortesana de Jerusaln, me quita los zapatos, me calienta las manos entres sus manos y dice a Noelia que traiga caf. El calor de sus manos me rescata. 
Su cabeza rubia cerca de mis rodillas y sus ojos antiguos son el sueo de un enamorado. Bebo el caf caliente que trajo Noelia, y algo de m regresa a m.
- Te sientes mejor? -pregunta Ruth.
Comparo a las dos. En Noelia veo molestia, irritacin, vergenza. En Ruth compasin. Noelia me debe dinero y se retrae. Ruth no me debe nada y me entrega compasiva algo de s misma.
- S, me siento mejor, juro que no tom un trago.
- Fumaste...?
- Marihuana? No. Ni siquiera cigarrillos. No comprendo qu me pas. 
Es que necesito mi dinero. Hoy, ahora. Es urgente. Maana tengo un nuevo empleo y voy a empezar a morir y tengo un miedo atroz.
No s en qu momento ha aparecido tambin David, que interroga a todos con la mirada y nadie le responde.
- Dios sabe que Noelia no puede devolverte el dinero -me dice Ruth.
- Entonces que Dios le pida un prstamo a Jehov.
David se sobresalta, se irrita, imagino que va a golpearme, pero se interpone, gallarda, Ruth.
- Est enfermo -le dice.
S seor, me siento enfermo, mal, dbil, machucado, y estoy bajando por la escalera ayudado por Ruth. Desciendo queriendo que la escalera conduzca al pozo de la eternidad, para seguir bajando para siempre oliendo a cedro, canela, incienso y mirra de la piel de Ruth. Estamos en la calle. 
Ruth me dice que espere, se va y vuelve manejando un escarabajo que extrajo de algn agujero del monoblock. Me siento a su lado. Pero ella no mueve el coche. Me mira y pregunta cundo com la ltima vez.
- Hoy, desayuno, almuerzo y cena, una milanesa con grasa de lagarto.
Hizo un gesto de asco y arranc. Par frente a una parrillada.
- Creo que necesitas una buena cena.
- No tengo dinero.
- Yo s.
Ya casi haba olvidado el espectculo del asado de rabadilla con su guarnicin de grasa crocante, y la rica insipidez de la mandioca tierna. 
Ruth pidi solamente un choricito picante y lo fue comiendo de a poquito, hacindolo durar y mirndome pensativa.
Las cosas a mi alrededor volvieron a su lugar. Yo volv a mi lugar. 
Hasta senta la vergenza del macho a quien la mujer le paga la comida. 
Sus ojos me invitaban a preguntar.
- Por qu lo haces, Ruth? 
- Porque necesitas ayuda.
- Gracias.
- Adems sos muy parecido a Simn. Es mi novio. Fue a Israel a estudiar, y decidi quedarse. Quiere que me vaya.
- No te vayas.
- Me das una razn?
- Los rabes de aqu son mansos.
- Te ests burlando?
- No. No quisiera que te pase nada. Por qu no se va tu hermano? 
Tiene la pinta del hroe.
- Pareces celoso.
- No parezco. Lo estoy. Estaba sucediendo algo hermoso con Noelia y l se interpuso.
Me mir con lstima.
- Voy a dejar que pienses eso.
- Si estoy equivocado corregime.
- Noelia nunca pens en vos como...
- Como qu?
- Digamos galn. Vamos?
Me llev en su cochecito hasta casa, par el motor y le di las gracias.
- Quieres besarme? -ms que pregunt, pidi.
La bes largamente. Ella cerraba los ojos y estuve seguro que viva la pequea fantasa de que la besaba Simn. Y entonces su boca dej de tener sabor a frutilla. Mi destino pareca ser usado, hasta para besar por delegacin.
- Adis, Ruth.
- xito, Erasmo.
- Qu?
- En tu nuevo empleo.
El coche arranc disparando humo. No parara hasta Israel. Buena suerte, Ruth. Y para m, xito en mi nuevo empleo. La irona de la inocencia es la ms amarga. 


Captulo XV
Marcelo Soto ya me estaba esperando cuando a las 8 en punto, con traje y corbata, me present a la casona del Dr. Gilberto Ortiz, y me condujo a una gran sala de estar de pesados muebles y las paredes llenas de fotografas de grandes grupos de gente de alcurnia que eternizaban congresos, seminarios, simposios y Dios sabe cuntas reuniones ms de cerebros privilegiados. Diplomas con sellos de lacre, cintas y con acadmicas firmas en tinta china. Alcanc a ver denominaciones de ciudades como Madrid, Pars, Copenhague, Bruselas, Berln y logotipos seoriales de herldicas jurdicas en los que campeaban la clsica imagen de la Justicia ciega con la balanza y la espada. Mucho mundo, mucha ciencia, mucha Ley analizada, exprimida, comentada, comparada, replanteada y actualizada, clavada en las paredes que compriman todo el saber y todo el andar del Dr. Gilberto Ortiz, en este mundo que pronto iba a abandonar.
En esa sala donde no entraba luz acaso porque la luz se lleva los colores de los sellos, los pigmentos de las tintas y los contrastes de las fotos en blanco y negro, se respiraba un aire pesado de museo, se senta un silencio de museo, y hasta el peso del tiempo cargado de sabiduras en majestuoso reposo.
- Seor Arzamendia? -una voz femenina me trajo de vuelta a la llana Tierra.
- Servidor, seorita.
- Seora.
- Perdn, seora.
- Sintese, por favor.
Se sent frente a m. Era una dama joven, pero trataba por todos los medios de mostrarse solo dama y nada joven. El peinado liso y tirado atrs, con los cabellos negros formando un pico sobre la frente ancha. Un vestido gris, funcional, con puos blancos que me hicieron pensar en una mucama, o en una institutriz. Zapatos de taco bajo, las piernas recatadamente unidas. Si pretenda tener un aire de severidad, lo consegua muy bien. Me recordaba cuando de nio fui tembloroso a recibir una reprimenda en la sacrosanta Direccin de la Escuela.
- En su nuevo empleo, solo tratar conmigo, incluso en lo que se refiere al sueldo -me dijo, y adivin en ella la postura severa de la hija precavida de un pap indiferente al dinero. Luego me inform del monto de mi sueldo mensual, mi horario, y que en lo posible, vistiera con formalidad. Esto ltimo, lo dijo mirando con desaprobacin mi nico traje y el cuello de la camisa.
- Cul es la naturaleza del trabajo, seora? -inquir modosamente.
- Venga conmigo -me dijo y camin detrs de ella por un largo corredor. Linda silueta, juvenil contoneo, despus de todo.
Entramos a una habitacin que ella abri con una llave, y nos sali al encuentro el olor inmemorial del papel viejo. La habitacin era bastante grande, y se veran algunos muebles si no estuvieran cubiertos por carpetas, cartapacios, archivadores de todas las formas, con cierres de metal, de carey, de tiras de cordel, con cintas. Pilas de diarios de los que sobresalen, algunos rtulos como lenguas de ahorcado. Paquetes fuertemente atados de legajos con un mismo color de tapa, ms all con distinto color de tapa; amarillentos recortes de diarios amontonados en cajas de cartn, enormes libros negros que parecen de contabilidad y resultan al fin copias al agua de aquellos lpices-tinta que algunos abuelos acaso recuerdan. Papeles, paquetes de papeles, montones de papeles dejando estrechos desfiladeros entre paredes y paredes de papel.
- Esto es su trabajo -me dijo la mujer, con un aire de que yo no veo la necesidad de hacerlo y Ud. se lo busc.
- Entiendo que se trata de seleccionar lo importante y descartar...
- No hay nada descartable -me cort-. Hay que clasificar todo. Es el deseo de mi padre -sonri por primera vez, pero con algn retintn de burla-. Tiene trabajo para mucho tiempo.
- Hasta jubilarme -quise ser gracioso, pero no le caus gracia.
Ech una mirada circular como evaluando el trabajo que me esperaba, y sali dejndome librado a mi suerte.
Me aburr toda la maana explorando aquella montaa de papeles, tratando de establecer un mtodo de trabajo que ayudara a dar credibilidad a mis tareas, y la nica conclusin que saqu es que todos los papeles sueltos, recortes de diarios, diarios, carpetas, archivadores y cajas se referan a cuestiones jurdicas. Cuando lleg el medioda, haba resuelto adems que empezara por lo ms fcil, clasificar por fecha.
Sala de la casa sin despedirme de nadie porque nadie mostraba mayor inters en mi trabajo y menos en mi persona, cuando encontr a Marcelo terminando de pulir el automvil. Acept su invitacin a almorzar porque ya tena referencias de que all se coma bien, y en casa comera mal, o no comera.
Nos sentamos en la cocina. Diamantina nos sirvi una espesa sopa de locro, y sorbamos en silencio nutritivas cucharadas cuando o pasos en la escalera, y apareci de nuevo la hija de mi reciente patrn, que sin consideracin alguna a la cortesa y a mi digestin, aclar rotundamente:
- Su trabajo no incluye la comida.
Si quiso humillarme lo consigui totalmente. Es brusco el trnsito entre el gusto de comer con apetito y la informacin de que no se tiene derecho a comer lo que se est comiendo. Marcelo se puso rojo de vergenza. Diamantina sufri un sobresalto.
- Seora Elena, le invit yo. No cre que...
- Lo que crea el chofer no tiene importancia. Adems debo ser consultada en todo. Y no est sucediendo as, Marcelo. Primero el prstamo que pidi a mi padre para su amigo enfermo. Despus el empleo para este joven, que supongo es el hijo de su amigo enfermo. Y ahora... esto. Si quiere hacer beneficencia, hgala a su costa, Marcelo.
- Pero si siempre estamos dando de comer a los clientes del seor. 
-intervino tmidamente Diamantina.
Una dura mirada de Elena bast para que la fmula perdiera todas las ganas de argumentar. La hija del patrn hizo una pausa algo teatral, dej bien sentado que haba humillado a tres personas, y abandon la cocina.
Sal a la calle y como mi horario inclua ms trabajo de tres a seis, fui a sentarme a la sombra de un naranjo en una solitaria calle de la amargura, esperando la hora de volver.
Solo all ca en la cuenta de lo grotesco de mis reacciones. Estaba penetrando en una casa con un pual asesino al cinto, y me daba el lujo de ser melindroso. Exiga respeto, pero traa la muerte en mis manos. Usaba al noble bruto de Marcelo, converta a Valentn en mi mquina de matar y me ofenda la insolencia de una mujer altanera, a la que convertira en hurfana.
- Es que nunca lo hars -me dije a m mismo.
- No he llegado hasta aqu para... -me repliqu.
- Has llegado solo por inercia. Has llegado empujado, y cuando te toque tomar la iniciativa te enfrentars a algo demasiado grande para tus fuerzas.
- Eso solo lo sabr cuando llegue el momento.
Ms tarde volva mi trabajo. Solo vi a Diamantina. Nadie me recibi ni me vio trabajar, ni me despidi cuando a las seis, con los ojos irritados y la nariz cansada de estornudos, di por concluida aquella melanclica jornada inaugural.
En casa me encontr con la novedad de que mi padre haba vuelto. No me dijeron, pero adivin que quien lo haba trado a casa fue Marcelo con el auto y con la nafta de su patrn. En su papel de ngel bueno y buen amigo, Marcelo ya estaba resultando empalagoso. Hasta en el pollo a la parrilla y la mandioca que mi madre estaba sirviendo, se notaba la impronta de Marcelo.
Mi padre comi acostado, ayudado por mi madre, inesperadamente diligente y cariosa. Tal vez la proximidad de la muerte contenga algn elemento qumico que reconcilia a las parejas.
Me ba, me puse mi uniforme de vaquero, remera y zapatillas de tennis, y fui a rendir mi informe a Natalia, que por primera vez me recibi en su dormitorio, porque estaba enferma de veras, tomando mucha limonada, los ojos llorosos y un humor de perros. Si se alegr de que su verdugo ya haba penetrado en la fortaleza de su vctima, no lo demostr. 
Solo extrajo de debajo de la almohada un sobre de papel madera y me lo entreg. Palp. Papeles.
- Ah estn. El poder general y mi carta. Y ahora te vas. No te vendra mal un bao y un desodorante -dijo, y esturnud en su pauelo-. 
No los vas a mirar? -pregunt.
De ninguna manera -le contest mentalmente-. Vieja perversa, no te das cuenta cmo me siento. Qu miedo. Abrir este sobre es un acto terminal, como convocar a los demonios y no saber cmo enviarlos de vuelta. Con el sobre cerrado todava conservo mi inocencia. Todava no soy todo tuyo, bruja.
- Lo mirar despus -le dije y me dispuse a marcharme.
- Jabn y desodorante -repiti cuando sala de esa habitacin recargada y como lista para contemplar una lujosa agona.
El empleo no incluye la comida. Scate ese olor animal. Las mujeres de mi vida no me haban tratado bien ese da. Solo falt que apareciera la vigorosa hermana de Ren y me atropellara con su moto. Pero no fue la vikinga sino Ruth, que llegaba a casa en el mismo momento que yo, conduciendo su escarabajo.
- Hola.
- Hola. Te crea manejando hacia Israel.
- No es momento para hacer gracias. Tu amigo muri.
Pobre Sandoval. Muerto. Increble. Hasta la muerte le quedaba mal.
- Dnde lo velan?
- Ya no lo velan. Lo enterraron con alguna prisa.
Llevado a la tumba en un atad apestado que nadie quiere tocar. Otra vez pobre Sandoval. Mil veces pobre Sandoval. Suerte mierda la tuya, mi pobre Sandoval.
- Lloras?
- S, y que te sirva de entrenamiento, porque en tu pas vas a ver muchos hombres que lloran. 
- Te dej una carta. Vine a trartela porque Noelia no tuvo valor.
El sobre estaba dentro de una bolsa de plstico rigurosamente sellada, como para no dejar escapar la peste. La tena en mis manos, y Ruth me miraba con sus grandes ojos claros, curiosos ojos de nio contemplando al comando valiente que desactiva una bomba. Romp el plstico con los dientes, extraje el sobre y lo apret contra mi corazn.
- Mi ltimo homenaje el amigo muerto. Gracias, Ruth.
- Puedo quedarme contigo un momento?
- No tengo una silla que ofrecerte.
Y yo no tengo donde ir.
- Adems me parezco a Simn. Creo que mi destino es parecerme a alguien, nada ms. Pas.
Mi madre interrumpi su tarea de dar cucharadas de sopa a mi padre cuando su amado y escurridizo hijo Erasmo entraba con una rubia, delgada y esbelta. Pero como era su costumbre, hizo lo posible para no hacerse notar. Desde que tena varices, aquello se haba exacerbado aun ms.
Ruth se sent en la cama de Luca. Yo, en homenaje a su salud, en el suelo y bien lejos de ella. Abr la carta.
- Leo en voz alta?
- No es necesario.
- No lo digas con ese tono de no me meto en las cosas ntimas. No hubo cosas ntimas.
- Ya lo s. Si lo creyera no hubiera sido tu amiga.
La carta de Sandoval deca: Querido Erasmo. Ahora que ya no tengo esperanzas, siento por fin que tengo paz y se me fue el miedo o me quitaron el miedo con alguna inyeccin milagrosa. Te reprocho que no me hayas visitado. El nico que lo hizo fue Sergio. Me cont tu propuesta de la gran aventura y me dijo que se iba a Pars porque tema ceder a la tentacin de acompaarte. Sent unas ganas tremendas de estar sano para armarme de puales, bombas y pistolas y lanzarme contigo al ataque, porque solamente una cosa as poda redimirme de esta larga vergenza de la que al fin no tengo la culpa. Vergenza de ser payaso, el que les divierte y les da asco, aunque me quieren y me tienen lstima. Yo tambin siempre me tuve lstima porque no soy un payaso-payaso sino un payaso gentico, o un payaso hormonal. Siempre tuve conciencia de que soy un error de la naturaleza que se equivoc conmigo y me conden a esta ambigedad doliente. Ustedes rean cuando yo me lanzaba detrs de un conscripto y yo no poda sino rer con Uds. aun sabiendo que iba a buscar mi placer en el cliz del horror. Me he puesto a soar y aparecas vos preguntndome si era capaz de matar, y en mi sueo despierto me sobresaltaba porque la misma pregunta me haba hecho y o mil veces, pero con una sola variante, no matar, sino matarme, no por lo que soy sino por lo que no soy. La tentacin de morir no pasa por el trasero sino por el alma, mi querido Erasmo. La tentacin de matar tambin, y ahora que te escribo estas ltimas lneas, sin ninguna razn ya para mentir, te confieso que s matara a un hombre. Matamos al pjaro porque envidiamos su vuelo, derribamos el rbol porque nos irrita su perennidad. Yo matara a un hombre porque me ofende su hombra. Y solo despus de hacerlo acaso viviera en paz con mi alma. No s qu impulsos te lleva a cometer el horror que piensas hacer. Pero si no lo llevas hasta el final, nunca sers ntegro. Te he amado mucho, Erasmo, y no me avergenza decirlo porque es parte de esta comedia que termina. Adis.
Inciner el papel y el sobre, y si tenan virus, bien merecan morir en la pira por lo que le hicieron a mi amigo. Fui al taller y traje una botella de nafta con la que me lav las manos. Lo mismo hizo Ruth, que callaba, supongo que pensando que una mujer debe callar respetando el dolor de un hombre. Con todo, ese momento nuestro era indito, ella reclinada en la cama de Luca y yo abrumado porque no poda sentirme de otra manera. El sobre de Natalia que tena en el bolsillo y la ltima voluntad de Sandoval me decan: mata. Y all donde la gentil Ruth vea un dolor, no haba dolor, sino desazn y miedo, viviendo un drama que me estaba sobrepasando, como escrito por otro para que yo la sufriera sin remedio. Otro, otros, eran las palabras claves. Otros me empujaban, otros me vivan, o vivan por m. La misma Ruth estaba ah porque me pareca a otro.
- Ests muy tenso. Puedo hacer algo por vos? -me dijo Ruth.
- Puedes, pero no debes.
Ahond su actitud femenina de abandono, de promesa.
- Y si quiero?
- Porque me parezco a Simn?
Me sent en la cama. La colonia Charpentier de Luca se haba disipado. Olamos a nafta.
- No es porque te pareces a Simn, sino porque soy una chica que se siente sola y no sabe qu hacer.
- Formamos la pareja perfecta. Yo soy un hombre que se siente solo y no sabe qu hacer. No, querida Ruth, digo mal. Debo hacer algo que no debo hacer.
- Entonces hagamos lo nico que est a nuestro alcance -dijo y se corri en la cama ofrecindome espacio.
Los ms melindrosos lo describen como el abrazo amoroso. Los ms desinhibidos hacer el amor. Los religiosos fornicacin y los cnicos coito. Pero ninguna de esas palabras define el intercambio de una furiosa y doliente soledad que se repiti una y otra vez a lo largo de una noche en que la cama de la pobre Luca qued devastada.
Estaba dormido cuando ella se march tan silenciosamente que no despert. A la maana siguiente persista un leve olor a nafta, como prueba de que aquello haba sucedido realmente, y me daba una oportunidad de asirme de algo -amor?- y escapar de la espiral de la locura. Fue la razn por la cual escrib la carta que al da siguiente deposit en el buzn del departamento en que viva con su hermano. Ruth. Necesito desesperadamente saber el significado de lo que pas. No exagero nada al decirte que si soy amado estoy salvado. Contstame. Erasmo. Su respuesta, casi inmediata. Erasmo. Dices que si yo te amara ests salvado. El caso es, mi querido, que si yo te amara, estoy perdida. Estamos perdidos, porque hasta el amor debe tener sentido. Qu sentido puede tener un amor nuestro? Con perdn, querido mo, nunca sers el hombre ideal de ninguna mujer. No obstante, s, estoy enamorada, pero ese mismo sentimiento, es una cuestin mnima dentro de una gran cuestin: que estoy predestinada a marcharme a Israel porque es el mandato de mi raza, gentico, como el de la golondrina que lleva grabada en la memoria las rutas del regreso. 
Suerte, Ruth.
Pobre Ruth. Ella tambin, con esa manera ampulosa de su carta, no dejaba de ser prisionera del pasado. 


Captulo XVI
Terminaba el ao 1988 cuando por fin, despus de 4 semanas de trabajar en la clasificacin de papeles, adquiriendo de paso un molesto catarro, tuve contacto directo con el Dr. Gilberto Ortiz, que entr inesperadamente en la habitacin.
- Cmo va ese trabajo? -su voz ya tena el timbre ronco de las cuerdas vocales oxidadas (34).
- Avanzo de a poco. Cre que clasificar por fechas...
- Y cmo va Ud.?
- Doctor?
- Su padre san?
- S, Doctor. Gracias.
- Me alegro.
- Doctor, quera su opinin sobre la clasificacin por fechas.
- No tiene importancia. Basta que haya un poco de orden y que Ud. se gane su sueldo. Pero no se sienta muy involucrado. Si encuentra un trabajo mejor, no me morir de pena si esto queda as.
- Me hace sentirme intil haciendo esto.
- No me diga que lo hara toda la vida. No tiene aspiraciones?
Esper el repetido sermn de que hay que estudiar para ser alguien y ahorrar para tener algo, pero dijo otra cosa completamente distinta:
- Esto es pasado, muerto -abarc con la mano toda la habitacin y su abigarrado contenido-. No sirve para nada. Deberamos hacer una gran fogata y quemarlo. Y no me mire as. El pasado sirve cuando sirve al futuro. Esto no sirve para nada. El futuro ya empez, es hoy. Es un enigma para Ud., joven, y la solucin no est en estos papeles. La parezco un viejo loco? -ri finalmente.
- No, Doctor. Solo que me resulta algo sorprendente que un... hombre de su edad reniegue del pasado.
- No reniego nada! Solo que el pasado es mo, y no tiene por qu ser el suyo. Entiende? Tengo alguna experiencia en este asunto. Somos una raza sujeta a una extraa condena. Buscar errores en el pasado para repetirlos. Vivimos enamorados de los errores. Mitificamos los errores. Le ponemos sabores nuevos a los errores viejos para seguir gustndolos. Eh, eh, qu me dice, joven? -su mentn le temblaba. Pareca realmente enojado.
- Perdone, Doctor, pero no puedo digerir la idea de que el pasado est lleno de gente torpe que solo nos legaron errores.
- Ah est, ah est, ah est! -su flaco esqueleto pareca sacudirse con una gran violencia interior-. La gente torpe somos nosotros! Grandes hombres nos legaron grandes ideas! Y qu hicimos? 
Convertimos las grandes ideas en minsculas pasiones y a los grandes hombres en santones de palo para pasear por procesiones pueblerinas! -ri con tanta fuerza que la risa se ahog en una tos que le sacaba los ojos de sus cuencas-. La parezco pedantemente oratorio? -pregunt al final, y sin esperar respuesta continu-: este aire mohoso mata a cualquiera. Ya desayun? No importa. Venga a desayunar conmigo.
Goc de indescriptible placer al ver la consternacin y la furia de Elena cuando su padre me sentaba a su mesa, y le ordenaba otro servicio para m. Nada suntuoso, apenas aguado t con leche, tostadas y mermelada, pero tena sabor a victoria.
- Esto se har costumbre, pap? -pregunt con aire irritado.
- Costumbre qu?
- Que el empleado desayune contigo. Es para tomar las providencias.
- Providencias para un desayuno de fakir como este? Desayunar conmigo cuando me d la gana. Estamos?
- S, pap.
Su derrota fue completa, pero no tanta, porque an no conoca la razn de su hostilidad hacia mi persona. La haba visto preocuparse personalmente de la alimentacin del pobrero que recurra a la sabidura judicial de su padre, y hasta era generosa con esa gente. Pero yo era la peste. El viejo instinto de conservacin del animal hembra?
- En qu estbamos? -inquiri mientras humedeca las duras tostadas en el t y se llevaba a la boca.
- En que el futuro es ahora -dije por decir.
- Exacto, dijo. Y empezar ya a enterrar las hachas de la violencia -hizo una pausa para beberse el resto del t-. Ya hubo mucha violencia. Y est all, como herencia. No la acepten.
Qued repentinamente callado, mirando una mosca que se posaba en los restos de la mermelada, rememorando violencias que no eran vlidas como herencia, como aquel ao de 1947 en que l mismo era todo violencia y asfixiaba a un joven oficial hacindole tragar sus propios testculos.
Quise saber cmo algn muchacho que fue llega a esa barbaridad, y cmo despus de hacerla se la puede enterrar en el olvido y volverse faro de sabidura.
Como adivinando mi pensamiento pareci ensoarse aun ms y dijo algo como que la niez y la juventud deban prepararse siempre para lo inesperado. Que l haba sido adolescente, y joven, y estuvo en la inesperada (para l) guerra del Chaco, como oficial de Intendencia en la retaguardia (gracias a Dios).
- Pero, antes de la guerra, Dr.?
- Antes de la guerra, y despus, nio adolescente, joven, viv mi cuota de realidad y de poesa.
Cerr los ojos y modelaba con los dedos una miga de pan, y abri las compuertas de su memoria:
- ...Ir a baarse al arroyo Ferreira, fumar Popular, Sublimes o Alfonso XIII, visitar el mandarinal de la calle General Santos para hartarse de mandarinas doradas, esperar el camin de pasajeros en una esquina apostando a que viniera traqueteando sobre el empedrado el Oroit, Golondrina, Primavera, Suba y Vamo con sus grandes letreros de Pinoz-Puero. Viceversa. Soportar la mnima polucin sonora de los carros de reparto con llanta de hierro tronando sobre las piedras con su tiro de cinco mulas y llevando a los almacenes las mercancas de Cazenave Hnos., Buongermini Hermanos, Zanotti Cavazzoni, Billi y Compaa, Miguel Vera, y poco despus el carro aguatero y el carrito de panadera con su mulita nica y paciente. En los das de viento giraban enloquecidas las aspas de los molinos que extraan agua de los pozos artesianos y suministraban el lquido en poderosos chorros a los carros, agua para las familias, porque el agua para el pobre se llevaban los chicos en burritos de la Laguna Pyt de Pinoz, en latas que fueron envases de nafta y llevaban un alto relieve de la swstica nazi, porque la nafta en latas vena de Alemania. Sobre las casas pudientes vean alzarse las antenas de las radios Philco o Telefunken cuyas lmparas eran a los aparatos como los rubes a los relojes, ms poderosas las radios cuando ms lmparas tenan y ms finos los relojes cuando ms rubes ostentaban como cojinetes para sus ejes. Qu ms puedo decirte? Ah s, los naranjos florecidos o fructificados en las aceras que emitan en las noches silentes el penetrante perfume nupcial del azahar o desparramaban sus rotundos frutos dorados sobre el empedrado azul. Ahora que lo pienso, esos naranjos que despus pasaron al repertorio de nuestros mitos poticos, elevaron al procerato inolvidable al Intendente que tuvo la idea genial de arborizar la ciudad con esos naranjos, don Bruno Guggiari, sin sospechar que aos despus, en 1946, en un da de agosto, un ilustre pariente suyo que regresaba del exilio y quiso ir directamente del Puerto al Panten Nacional, don Jos P. Guggiari, fue rechazado por una multitud que lo acribill con los mismos naranjos que su hijo, nieto o sobrino o primo haba plantado, con lo que culmin una carrera de injustificable tragedia personal, porque recuerdo que fue Presidente de la Repblica, y dicen que era un hombre bueno, incapaz de matar una mosca, hasta que la malignidad de aldea que presumo ms txica que la perversidad de la gran urbe le atribuy una esposa con una enfermedad incurable que solo poda tratarse con sangre de nios con lo que se cre una generacin infantil presa en despavorido celo maternal, apenas caa la noche propicia a las andanzas de los siniestros hombres de la bolsa. Pero su infortunio no termin ah, porque segua siendo Presidente cuando un 23 de octubre de 1931, las ametralladoras del Palacio dispararon contra una manifestacin estudiantil, matando gente, con el resultado de que su nombre se lapid, la prensa lo ahog en tinta, convirti el Jos P. en sinnimo de lo macabro y de lo maligno y de lo perverso, y eso que entonces no se conocan palabrejas como ahora, como manipulacin poltica, desinformacin y sicologa de masas, pero se las practicaba por instinto, ventajismo u oportunismo. Si quieres que te diga, el Dr. Jos P., nombre que el vulgo guaraniz para convertirlo en Josp (Jos Chato, sabes), hombre de misal y confesin, amigo de pasear por la fronda de su casa-quinta en piyama, para el goce inocente de or a los pjaros, ver madurar los mangos y los aguacates y solazarse con el zumbido de los moscardones entre las campanillas, en fin, un hombre de laboriosa lectura de cdigos y de poesa, nunca pudo ser el que dio la orden de fuego! ni el menos marcial de mteme unos cuantos de esos atorrantes bullangueros. Creo que su culpa fue no conocer al paraguayo, hijo, y permitir ametralladoras sobre el Palacio. Al paraguayo se le da mujer y no est contento hasta embarazarla, y se le da un arma y se siente castrado si no la dispara. 
Espero que las cosas hayan cambiado.
Me gusta tu odo tan atento, hijo. Siempre me gust orme hablar, que acaso sea una forma inofensiva de narcisismo, siempre que no sea una suerte de verborragia insulsa y obligatoria para algn tipo de audiencia cortesana y torpe.
Me gusta adems tu silencio, hijo. Me recuerda -ya que estamos en eso- el silencio superlativo de la ciudad de mi niez y de mi adolescencia. Argentina, neutral en dos guerras mundiales, y proveedora de carne y de trigo a los combatientes, granero del mundo, tena su Buenos Aires fastuosa. Montevideo, seorial y puerto de peregrinos, era la perla de un Uruguay empeado en parecerse a la Grecia antigua y a la Suiza moderna. Nuestro Paraguay tena a su Asuncin y Asuncin tena su silencio. Un silencio elaborado y asumido, silencio de caminantes sin dilogos, de transentes de pies de felpa, de ventanas cerradas con discrecin para que esa misma discrecin se vuelva silencio, la vida en sordina y hasta el escndalo susurrado, porque hablar en voz alta era de mal gusto o peligroso. Caminar por las calles era caminar por las vas del silencio, sentarse en una plaza empaparse de silencio. El silencio estaba cerca y en la lejana al mismo tiempo, se arrebujaba en los zaguanes de mrmoles frescos, se haca ms denso despus del lejano silbato obligatorio de los agentes de polica en la profundidad de la noche, cuando tambin el lamento del ltimo tranva lo desgarraba para llegar hasta a Clorinda y posarse en los odos del exiliado y fundirse en una nostalgia llorada.
El reloj de la Catedral daba las horas para las callejas de arena de Vista Alegre y para los senderos espesos de Tuyucu con sus campanadas navegando en la cresta del silencio. Te aburro, hijo?
- No, seor. Pero me parece que Ud. no recuerda, sino suea.
- Es que la vejez viste al recuerdo con el ropaje del sueo, hijo. 
Pero puedo darte un testimonio de la existencia de un silencio perdido. 
Las guaranias, las primeras, soadas por Ortiz Guerrero y recogidas por Flores. Escchalas, Mburica, Nde Rendpe Ay, India, son msicas venidas del silencio para convocar al silencio y reinar en l. Por eso ya no se las oye. Vivimos en la era del ruido y desde el ruido no se oyen las voces del silencio, el recogimiento es una leyenda y la meditacin un lujo. 




Captulo XVII
En la vspera de Navidad de 1988 sucedieron muchas cosas, desde la maana temprano. Cuando sala rumbo a mi trabajo encontr que me esperaba en la calle Valentn. No haba aliviado el tiempo ni su ceo tozudo ni la animal intencin de acabar con todo lo que haba acabado con el sentido de su vida.
- Ya est pasando demasiado tiempo -me dijo sin ceremonias.
- Hay que tener paciencia, Valentn.
- Quiero acabar con todo de una vez. Estoy harto de los sermones de Ren. Y ahora tambin su hermana. Dicen que cualquier cosa que est ocurriendo, vos sos mi perdicin. A m no me importa la perdicin. Solo pienso en lo que sufri Luca. Y lo que pasa en m. Nos bamos a casar y ni siquiera s dnde est sepultada.
- Yo tampoco.
- Me mientes.
- No te miento, Valentn. No s qu hacen de los muertos sin nombre en el Hospital de Clnicas.
Se le proyect a travs de los poros el dolor de que Luca fuera un muerto sin nombre. Mi mquina de matar no haba perdido compresin.
- Me voy a mudar, Erasmo.
- Por qu?
- No quiero or ms a Ren ni a su hermana.
- Hacs bien.
Me pas un papelito con una direccin.
- Aqu voy a vivir desde maana.
Sin despedirse subi a su Oldsmobile y parti.
En el trayecto a mi empleo tambin iba haciendo mi propia composicin de lugar. Por donde se mirara, mi estpido plan de verdugo a sueldo estaba lleno de agujeros. Vi a Valentn entrar como un vendaval en la casa del Dr. Gilberto Ortiz, y disparar contra l. No querra huir, no necesitaba huir porque con esa muerte terminaba su papel en el mundo. La Polica lo interrogara:
- Por qu hiciste esa barbaridad?
- Mand matar a mi novia.
- Cmo lo sabs?
- Me cont su hermano, Erasmo Arzamendia.
Y a m:
- Es cierto eso, seor Erasmo Arzamendia?
- No tengo idea de lo que est diciendo ese hombre. 
Y a Ren:
- Dice Ud. que tiene informaciones sobre este caso?
- S. Me consta que Erasmo Arzamendia intent complicar a otro amigo en un atentado para matar. Aqu est su nombre y su direccin en Pars.
- Y cree que hizo lo mismo con el homicida?
- Sospecho que s.
- Tiene pruebas?
- No. Pero escriban a Pars.
Escribiran a Pars, y me citaran de nuevo.
- Su amigo ha contestado. Confirma que Ud. le indujo a matar.
- Hablamos de eso como una hiptesis. Juegos mentales. Cmo se sentira uno matando? Qu se sentira despus de violar una monja? No pas de eso. Dar por hecho supuestos imposibles.
- Por qu cree que el homicida mat precisamente a su patrn?
- Tengo algunas ideas al respecto. El pobre Valentn, digamos un fronterizo mental, era virgen de cuerpo y alma cuando conoci a mi hermana. Se enamor de ella. Y ella, una bala perdida, vio su oportunidad porque los padres de Valentn son ricos. Creo que hasta pasaron una luna de miel algo loca, donde el varn perdi su virginidad. Entonces Valentn quiso casarse y sospecho que la idea no sedujo a mi hermana. Exprimirle plata s, casarse no. Entonces mi hermana se mand mudar, no s dnde est. Mi madre dice que est en Pars, y supongo que tiene razn, porque le sac mucho dinero a Valentn. Valentn no acept la fuga de su amada. 
Empez a desvariar, ley algo en el diario sobre una mujer desconocida muerta en el Jardn Botnico y la identific con Luca. Se le meti entre el jopo y la ceja que Luca haba sido asesinada y jur vengarla. Me lo dijo a m. Ignoro la razn por la cual asign la culpa al Dr. Gilberto Ortiz, pero sospecho que pens que yo saba que el Dr. Gilberto Ortiz era el que orden matar, y que este haba comprado mi silencio con un empleo. 
Un razonamiento tonto, demente si se quiere. Verdad?
Si el Oficial Acua estaba presenta, tal vez se sonrojara, pero callara.
Al descender del mnibus, tena ms o menos la impresin de que saldra bien librado. A quin sino a un demente se le ocurrira vengar a una muerta que no exista? Adems, caba otra posibilidad. Que Valentn se suicidara despus de su venganza. Entonces solo quedaran las sospechas de Ren. Pero quin cree a un ex-menonita?
Haba riesgos, pero analizados, no tan agudos. Y pasada la tormenta, la riqueza. Haba abierto el sobre de Natalia. All estaban el poder general y su carta que era una completa confesin de autora moral. 
No tena la opinin de un abogado, pero hasta donde poda juzgar, esos papeles funcionaran. Solo faltaba que el Dr. Gilberto Ortiz muriera en la vspera de su cumpleaos, o antes. Pero se alzaba una condicin: que yo tuviera el coraje de hacerlo. Y empezaba a penetrarme la idea de que tendra coraje, si me convenca que el Dr. Gilberto Ortiz mereca morir. 
Curioso que tan brillante hombre de leyes tuviera en m un juez tan inepto, pero as es la vida. Con una sensacin algo demencial de que Dios haba puesto en mis manos su espada vengadora, entr en la casa.
- Hoy no se trabaja -me dijo el Dr. Ortiz apenas entr-. Pero puede ayudar a Elena a montar su pesebre. A propsito, hoy necesitar un poco de dinero -y me pas un sobre.
- S, Doctor. Y gracias.
Elena haba conseguido ramajes de ca'av ve'i y estaba instalando un pesebre en el extremo de la galera frontal de la casa.
- Su padre quiere que la ayude, seora.
- Muy bien. Entonces desaparezca. Ser de gran ayuda.
- Y el espritu de Navidad?
- Qu dice?
- Se supone que en Navidad la gente es menos hostil. Los enojos se olvidan. Se canta villancicos... ha nacido el Amor, etc...
Ella estaba arrodillada esparciendo arena fina que se ondulaba ascendiendo hasta lo que se supona que era un establo. Por primera vez la vi sonrer.
- Est bien, en esa caja hay unas guirnaldas elctricas que no s si funcionan.
Abr la caja y me puse a la tarea de substituir bombillitas quemadas y desenmaraar finos cables.
- Esto va a quedar bien.
- El qu?
- La guirnalda, se cambian los foquitos quemados y todo el resto funciona.
- Su ayuda no incluye la charla. No es necesaria.
- Perdone -dije contrito.
Siempre arrodillada, se sacudi arena de las manos y se volvi a m.
- No es nada personal -me dijo.
- Entiendo -dije sin entender.
-Es una cuestin de principios -agreg.
- Se refiere a su disgusto conmigo?
- A eso. No me gusta Ud. porque no tiene dignidad. Acepta un trabajo intil que es un modo de disfrazar una limosna. Y Ud. lo sabe, y lo digiere. Es joven, podra ser ambicioso, pero acepta cnicamente la caridad.
- Su padre me tiene aqu por caridad? Por qu?
- Porque l es as. Bast que Marcelo le dijera que ese joven est sin empleo y tiene el padre enfermo, para que l le inventara un empleo. 
Le angustia la gente que carece de medios y se cree un substituto de Dios para dispensar gracias.
- Eso no es nada reprochable, seora.
- No reprocho a mi padre, sino a Ud., que se aprovecha de l.
- Sera ms amable si le prometo buscar otro trabajo?
- Me demostrara que estoy equivocada. Que Ud. tiene algo de decencia.
- Entonces le prometo.
- Gracias. Quiere alinear en crculo esas macetas?
Hice lo que ella me peda.
- Quiere mucho a su padre?
- Mucho.
- O que abandon a su marido por...
- Asuntos personales no, joven! -se irrit.
- Perdn -murmur.
- Amar a un padre y estar orgullosa de l me hace feliz -dijo sin dirigirme a m, sino a s misma-. Mi padre es un gran hombre, porque est por encima de todo. Cambian los hombres, cambian las ideas, el que es un personaje hoy es un desplazado maana. Unos suben, otros trepan, se cae, se asciende, se aferra, se pierde pie, uno se ahoga y le tiran un salvavidas con agujeros.
Tena el Nio Jess en la mano y pareca hablar con l.
- Ms all de ese portn solo hay mareas que traen y llevan gente, vida, carreras, ambiciones -continu-. Pero no a mi padre. Permanece y prevalece -se diriga a m-. No lo respetan por decreto, sino por algo ms profundo. Mi padre ya no es un hombre, es un smbolo. Aprendi a superar las pasiones y quiere ensear a los dems a hacer lo mismo. Ve que no merece su burla?
- Mi burla?
- Se burla de su bondad. No es decente. Y si funcionan las guirnaldas vyase. Vaya a acompaar a su padre enfermo.
Al marcharme Marcelo lavaba el auto y el Dr. Ortiz tena una tijera de podar y observaba atentamente una rosa.
- Feliz Nochebuena, Doctor.
- Venga, venga, jovencito -me llam-. Vio alguna vez una rosa negra?
- No, Doctor. 
- Ah est, ve? Hermosa, no?
- No es negra. Es negruzca.
Evidentemente ofendido esgrimi la tijera como para darme un golpe, cuando intervino Marcelo.
- Patrn, la radio dice que se firm la paz entre Irn e Irak.
Marcelo sola lavar el auto poniendo la radio del vehculo a todo volumen, una de las libertades que se daba. Efectivamente, el noticioso radial anunciaba la firma de la paz.
- Gracias a Dios -dijo el anciano-. La guerra es la aberracin ms grande de la naturaleza humana.
Sobre todo cuando nos lleva a castrar a un pobre diablo, pens.
Olvidado de su rosa negra, el anciano murmuraba, paseaba y gesticulaba como un profesor impaciente frente a un aula atestada. Marcelo me deca con la mirada que siempre es as, despus de todo es un viejito algo chocho.
- La nica guerra vlida que se puede declarar es la guerra a la guerra!
- Se diriga a un auditorio de rosas- La guerra es un gran crimen intil! En Troya se mataron por una adltera. Se mata en nombre de Dios, de Jehov, de Cristo y de Mahoma! Guerras de conquista, guerras polticas, guerras por territorios, por el rescate del sepulcro de Jerusaln y por la gloria del Islam. Comunistas contra capitalistas, liberales contra totalitarios, protestantes contra catlicos, reformistas contra conservadores, judos contra gentiles, cristianos contra moros, guerras de todos contra todos para que las industrias de guerra sigan funcionando, mejores tanques, ms misiles, guerra econmica, guerra ideolgica, guerra bacteriolgica! Padre nuestro que ests en los cielos, le creaste a un planeta hermoso una enfermedad llamada hombre!
Se detuvo jadeante, tratando de recuperar la respiracin y apretndose el pecho. Me miraba fijamente.
- Menos mal que ya no estar aqu para ver el Apocalipsis -dijo finalmente.
- Se dira que Ud. vivi las atrocidades de la guerra, Doctor.
- Estuve en todas las guerras y sufr y mor en todas las guerras. 
Trat de encontrar algo de cordura en la razn de todas las guerras. Y no la encontr.
- Ni en la guerra civil del 47?
- Qu pasa con eso en especial?
- Qu piensa de ella?
- Que no debi suceder. No fue necesaria. Los colorados ganaron a los liberales, pero eran colorados de formacin liberal que hasta 1954 cometieron todos los errores de sus maestros. Pero apareci el General y dijo aqu pongo orden, y lo puso. No soy lo que se dice un stronista, Dios me libre, pero no me siento su juez. Es tan difcil de juzgar como el Dr. Francia y as ser en el futuro, porque hubo paz a costa de sufrimiento y de grandes claudicaciones humanas. Pero una cosa es cierta: no hubieras nacido tal vez si en 1954 Stroessner no hubiera dicho basta. Hubiramos vivido saltando de revolucin en revolucin. No se si es justo, mucha gente pag la tranquilidad de otra mucha gente.
- Particip en la guerra civil?
- Qu loco! No estaba en el pas, y si hubiera estado me hubiera escondido en un aljibe, mocito!
- Que no estaba en el pas, dijo?
- Tena una beca de la Fundacin Ford para investigaciones jurdicas referidas a la colonizacin espaola y me pas todo 1947 en los Archivos de Indias, en Sevilla. Qu le pasa? Se ha puesto plido. Vaya a tomar un vaso de leche en la cocina.
Desde ese momento, recuerdo haber vivido en un estado cercano al sonambulismo, anonadado por la falta de sentido de todo, que no era siquiera falta de sentido, sino falta de cordura, una larga demencia en la que fui trado y llevado, arrastrado y arrancado como una hoja seca en un remolino interminable. Si mi memoria no falla, pas por un supermercado donde compr manjares navideos para mis padres, algunas botellas de sidra y golosinas envueltas en celofanes con cintitas plateadas. Mi madre daba saltitos de alegra, deca que solo falta una tarjeta de Navidad de Luca, y mi padre contemplaba maravillado el medio lechn asado en que haba gastado casi todo mi dinero. Despus ya no estuve all, sino en la calle, en una ciudad navidea que encenda en las casas ms luces que de costumbre, y haba ms ruido, ms risas, ms msica y muchos petardos. 
Ventanas abiertas sobre las calles de salas donde fulguraban arbolitos navideos de plsticos con nieve, o jardines iluminados para exhibir mejor el pesebre exhalando el penetrante (35) olor de flor de coco, con sus pepitas amarillas estallando esencias nostlgicas. Televisores a todo volumen endiosando cervezas con msica de villancicos o recreando el Nacimiento del Nio en un cajn de un Whisky providencial destilado por monjes reverentes. Pero yo no estaba en condiciones de separar el espritu de Navidad del delirio de Navidad, porque haba llegado a la casa de Natalia. Ella me reciba vestida a toda gala como para pasar una Nochebuena entre una muchedumbre muda de admiracin por su peinado de plata, su collar de perlas, su vestido verde esmeralda de perfecto corte con un tajo revelador al costado; sus zapatos de altsimos tacos estilizados como floretes, y su espeso maquillaje de rojos ardientes en los labios, rubores rosados en las mejillas, marmolina azul en la ancha frente, sombras verdosas sobre los prpados, y trazos sabios de negros toques que agrandaban sus ojos y le daban el definitivo toque de una Cleopatra avejentada. A su mirada interrogante solo pude responder con lo que tena adentro desde aquel casi medioda:
- No fue l.
- No fue quin?
- El Dr. Ortiz. No estuvo en la Revolucin. No mat a nadie, no castr a nadie. Estaba en Sevilla, revolviendo papeles.
- Sos un idiota!
- Lo soy, pero eso no hace un monstruo al Dr. Ortiz.
La ira empez a fulgurar en sus ojos. Apretaba los puos, temblaba, las ventanas de la nariz abiertas como se las ven en los caballos excitados.
- Tu trabajo solo consista en matarlo!
- Reuna coraje... y tropec con la verdad. No fue l.
- Pero note das cuenta, imbcil? Tiene que ser l! Tiene que ser l! Y no tienes derecho a venir aqu a interferir en los designios del Cielo, pedazo de cretino! -gesticul con tanta violencia que una pulsera sali despedida de su mueca y fue a estrellarse contra un pesado reloj de pndulo.
De un puntapi se despoj del zapato derecho, y el izquierdo de otro y se derrumb en el silln, con un esfuerzo supremo de calmar sus nervios y razonar con un idiota. Con voz paciente, contenida, susurrada entre los dientes, me dijo:
- No te das cuenta de que no puede ser otro? Piensa, piensa, piensa, Erasmo. Crees que voy a morir en paz pensando que mi amado sufri una muerte grotesca en manos de milicianos desdentados y borrachos? No. No. Mi amado mereci morir una muerte romana, heroica, en manos de un asesino ilustre que al derramar su sangre desafiaba a los Dioses y alteraba la armona del universo.
Dios Todopoderoso -me dije-. Est loca.
- Entonces la cuestin no fue nunca quin lo mat, sino quin mereca el honor de matarlo -se puso de pie. Descalza, no perda cierta majestad trgica-. Y encontr al hombre, con algo de guila, de pureza de alma, de Maestro, sumo sacerdote y guerrero, admirado, seguido, venerado, que era el verdugo que mi amado mereca. Era l, el Dr. Gilberto Ortiz, el de la palabra definitiva, el hombre superior a su tiempo y a sus semejantes, el bronce vivo. Solo quitndole la vida, la muerte de mi amado tendra sentido. Comprendes ahora, Erasmo?
- S, Natalia, lo comprendo -dije con nimo de apaciguar. 
- Y sabes lo que ocurrir cuando el Dr. Gilberto Ortiz muera? Se desatarn tormentas.
Mi padre es un smbolo, haba dicho Elena. Basta destruir un smbolo para que las Furias despierten, haba dicho no saba quin, ni dnde, hablando de violencias soterradas prontas a estallar. La mujer poda estar completamente loca, pero saba lo que quera, lo estaba mascullando demencialmente, sin zapatitos de gala ya, con su casco de plata flameando suelto, con su collar de perlas esparciendo bolitas cantarinas por la sala; quera sangre, sangre joven, sangre torrencial en el altar de su culto macabro. Quera otro 1947, y saba cmo desencadenarlo.


A pesar del tiempo transcurrido, no se me borra de la memoria aquella Nochebuena de hondos conflictos interiores. Un hombre de 25 aos, que nada haba hecho y todo tena por hacer, que nada tena y todo lo quera, con una desesperanza interior que creca con la conviccin de su inutilidad, cado en las redes de una demencia senil rayana en el genio superior del Mal, encontraba en esa misma demencia que rechazaba visceralmente, la realizacin del sueo larval en todo ser humano, riqueza y poder. La riqueza en el desprendimiento enloquecido de Natalia Valois, y el poder que de pronto estaba en mis manos de tapar la luz del sol con las humaredas del incendio, borrar del mapa a los Toribios y a las Sixtas, viudas locas y curas libidinosos (36), la parafernalia electrnica y la lobreguez de un cine muerto, la marea de angurrientos que viene y la marea de decapitados que va, la cerveza entronizada y el Whisky elaborado para las papilas de Dios y del rico, el protagonismo del glteo televisado y la muchedumbre devota de Rosa Salvaje, la mesa ilustre del San Roque desbaratada (37) por un borracho...
Acabo de echar una mirada a mi celda de donde saldr el 2018, atemorizado por un siglo nuevo que no vi nacer, y la circular pregunta vuelve a girar en mi mente: Hice lo que deba?
Pero acabemos con esta crnica.


En febrero de 1989 fue derrocado el General Stroessner, y el pas que tena 1.400.000 strosnistas se llen de 1.400.000 estupefactos. Curiosa la poltica. Pero en todo caso, los paraguayos no la inventamos sino nos sumergimos con alegra infante en sus torbellinos que creemos de agua fresca y descubrimos que viene manchada de sangre. 
Se produjeron grandes cambios y grandes desconciertos. Un sistema de 34 aos acababa en 18 horas. El viejo y retorcido edipismo por el que todo el mundo haca, deca, construa, inauguraba, escriba, peroraba y pontificaba era en funcin de que le guste al Rubio -xito- o que no le guste al Rubio -peligro- desapareci de la noche a la maana. El Gran Pap se fue y un pueblo sali de una larga adolescencia y pretendi volverse adulto en horas. No s lo que pas despus, porque desde agosto de aquel ao, me exiliaron del mundo.
En Marzo de 1989, yo haba vuelto al principio, es decir, a vivir de las changas de mi dudosa habilidad manual. Consecuencia de su enfermedad, o de las poderosas drogas que le haba aplicado, mi padre iba perdiendo paulatinamente la vista y era desgarrante verlo llorar como un nio aterrado. Marcelo Soto, embebido de su papel de ngel de la guarda, amobl el cuartucho que fue de Luca e hizo construir un bao con ducha, y se mud a vivir con nosotros, asumiendo feliz el rol de generoso proveedor de comida, y sospecho (pobre mam, cmo te fall) en el tercer vrtice de un tringulo casero. Sola traer tambin revistas que seguramente hurtaba de sus patrones, y en una de ellas, espaola y cortesana, mi madre lea la crnica ilustrada de la visita de los reyes de Suecia a los reyes de Espaa cuando de pronto lanz un grito. Haba reconocido a Luca en una de las damas de la comitiva de la reina sueca. Desmelenada y como poseda corri por el barrio mostrando la fotografa, sin cesar de repetir jubilosa que ya lo deca yo, ya lo deca yo. Cuando por fin la tranquilic y la sent en su cama, me tenda la revista, y sus grandes pechos vibrantes suban y bajaban.
- Ves, ves? Es ella, no? Me vas a decir que no es ella?
- Claro que s, mam, es ella.
- Est ms delgada, ves?
- Y cambi de peinado, mam.
Mi madre frunca el ceo.
- Pero cmo fue a parar a Suecia?
- Se habr casado con un cirujano plstico sueco, mam, el que la mantiene tan bonita a la reina. Un cirujano real, ser.
Mi madre, plena y feliz, apretaba la revista contra su seno y yo deca gracias Dios mo por la gracia de tu mansa locura.
El primero de abril, por la noche, recib la ltima visita de Valentn. Ya me haba acostumbrado a ellas. Llegaba en su ruidoso coche, enfilaba derecho al taller y se sentaba a mirarme en silencio, en paciente y animal espera. Tena un extrao parecido al Doberman de Sergio que se sentaba con los msculos tensos a la espera de la orden de matar. El primero de abril su rutina tuvo una variante. No se sent, ni se qued. Dej un deforme paquete sobre mi banco de trabajo y se fue. Abr el paquete. Era el poderoso revlver de la venganza. Esa misma noche, Valentn se ahorc.
Nunca quise, ni pude, profundizar la razn de su decisin. Acaso acumul tanto odio que ya no fue capaz de cargarlo, pero no quise cavilar ms sobre el asunto, porque cualquiera fuera el motivo del pobre Valentn, ya no me sacara jams de la conciencia la sensacin de culpa, y la fatalista presuncin de que de algn modo tendra que pagarla.
El hecho de que me dejara el revlver tena significados que me resista a desentraar. Podra ser un reproche, como el de que aqu tienes otra mquina de matar, pero de hierro. Lo rechazaba porque una sutileza as no caba en la mente de Valentn.
El 22 de abril sucedieron dos cosas de distinta importancia. Recib una carta de Ruth, muy formal y muy amistosa. Y una fotografa suya dando clases en la escuela de nios de un Kibutz. Se la vea a ella; y detrs el pizarrn, y a la vera del pizarrn colgando una metralleta. Hoy me pregunto si la hermosa Ruth sobrevivi a la aplanadora rabe de 1990. Lo otro fue una resea periodstica en el diario de la tarde que Marcelo deposit con orgullo perruno en mis manos. Se refera a su patrn, que acaba de recibir la comunicacin de que haba sido nombrado Miembro de la Academia de Ciencias Jurdicas de Francia.
Vivamos entonces (no s ahora) en un pas hambriento de nombrada, en relacin directa a la sensacin frustrante de que nadie nos conoce a pesar de nuestras borracheras de glorias histricas. Un equipo de ftbol, una Miss algo, un ajedrecista, una cantante que ingresaba al coro de la Opera de Miln, un animador de televisin que se codea con la mayscula holgazanera del Jet-Set, o un arpero o rabelero estrechando la mano de Frank Sinatra, servan de deleitoso oxgeno a nuestro asfixiado ego mediterrneo.
La distincin recada en el Dr. Gilberto Ortiz provoc ros de tinta y coros de alabanza y aleluyas. Demostraciones de alto nivel, calificaciones periodsticas como hombre superior a su tiempo, modelo de saber y cordura en una Sociedad desgarrada por el sectarismo, faro que ilumina a las jvenes generaciones para un necesario intento de rescatar la tica, Maestro cuya ctedra no debe caer en surcos estriles, abanderado de la ciencia y la decencia, talento iluminador alzado sobre la mediocridad reinante, alimentaban el jbilo de la gente pensante y de la hinchada emocional que comprenda poco, pero se dejaba arrastrar por la euforia de mostrar que el bendito y querido pas poda mostrar algo superior a Romerito y Cabaas.
No pude sustraerme a aquella fanfarria colectiva, y alcanc a convencerme de que ciertamente, la muerte violenta de aquel hombre rompera diques y deflagrara enardecidos, sangrientos fanatismos, violencia suicida; los canibalismos despertaran incontenibles.
Pero tambin llegu a la conclusin de que su vida era mi cataclismo personal, mi infierno y mi condena a la mediocridad y a la existencia descolorida, castigo a mi cobarda de no haberme atrevido dar razn a la locura, sin atreverme a la valenta del hroe enceguecido que comprende, acepta que la sinrazn de una demente era la razn de mi vida.
En los primeros das de abril hice mi ltima visita a Natalia Valois. 
Descubr que ciertas formas de demencia pendulan entre la furia y un profundo sosiego, y en este estado de nimo la encontr, vistiendo una modesta bata y con sus pies de pjaro enfundados en una zapatilla de felpa.
No s, aun ahora, si lo que me llev a su casa fue la curiosidad o la compasin. En aquellos das tonantes del 2 y 3 de febrero los caones y las metrallas acaso hubieran clamado, o colmado, sus ansias de venganza. 
Tuvo la sangre que quera, la muerte y el holocausto, la noche acribillada de granadas y el amanecer iluminado por las lenguas de fuego de los tanques.
- Tu teniente ya est vengado, Natalia -le dije.
- No, Erasmo. Yo no quiero sangre de soldaditos. La quiero de milicianos desorbitados y violadores. Quiero que todo el pas tiemble aterrado por el castigo divino, o infernal, si prefieres. Quiero una pira donde arda todo... todo. No quiero una guerra mirada por televisin sino que los televisores escupan fuego a la cara de los que cuentan los estampidos como si fuera un programa ms. Que la cuidad arda, raudales de sangre arrastrando automviles destrozados, con cadveres adentro.
Viste? La pequea violencia ha llegado, asoma una mecha como un brote de espino. Es hora de darle fuego, con la muerte de Gilberto Ortiz.
Estaba loca, pero tena razn, los das erizados de febrero y marzo contenan un irremediable sentimiento de miedo a violencia... que me empez a enamorar, contagiado en mi inocencia por la pasin demencial de Natalia.
Acaso lo que yo no era, lo que mi madre y mi padre no eran, no reclamaban violencia? No mereca mi hermana tambin un funeral de caones?
Quizs la violencia sea la respuesta de los valientes, pero tambin es el sueo de los cobardes y de los viciosos que cantan aleluyas magnificando su frustracin y su reproche en el estampido de las bombas.
Entonces empez a corroerme el odio. Un odio intil porque era el deseo de matar que nunca llegara a su culminacin, por la absoluta certidumbre de mi cobarda, por el temor de hormiga ante la enormidad de la tormenta. Aliment mi odio con una comedia grotesca. Le segua los pasos al Dr. Gilberto Ortiz, tomaba apuntes de sus actividades, interrogaba a Marcelo, llenaba carpetas con recortes de diarios que se referan a l, daba bienvenida al insomnio porque me daba todo el territorio de la noche para urdir mis trampas, tender emboscadas, disponer bombas en ejercicios macabramente placenteros.
Lleg agosto. El Dr. Gilberto Ortiz debera morir antes del 30. Vea discurrir los das con una angustia creciente, y llegu a sospechar que estaba loco porque mi erizada expectativa no llegara nunca a nada, pero yo esperaba la fecha como quien espera una noche de bodas, triunfal, definitiva, puerta abierta a una felicidad infinita.
Dios sabe que solo quise llegar hasta el lmite extremo, antes del disparo mortal. Gozar de la sensacin de tenerlo a mi merced, de hacer pagar al mundo con sangre y desesperacin el haberme ignorado y condenado a sobrevivir arreglando tostadoras y planchas. Por eso fui aquel viernes 29 de Agosto al Unin Club, donde el Dr. Gilberto Ortiz daba una conferencia sobre el Derecho Espacial a la luz de los avances de la tecnologa moderna.
Llevando bajo el saco el revlver de Valentn.
La sala estaba atestada, con dos bloques de asientos separados por un pasillo central estrecho, pero haba espacio entre los extremos de los bloques y la pared y en l se apiaba una multitud de pie. El Dr. Gilberto Ortiz ya haba comenzado su exposicin, y lentamente fui abrindome paso entre la gente apostada contra la pared fingiendo la prisa de un coordinador o algo parecido. Llegu tan adelante que vea de perfil al viejo maestro, y solo bastaba un paso para estar en la tarima. Mi corazn lata, el negro acero del revlver de Valentn tambin pareca latir en mi cintura. Haba llegado donde quera. El Dr. Gilberto Ortiz estaba a mi merced, la suerte del pas estaba en mis manos, pero creca en m como un desencanto de acto sexual inacabado. El peso de una conviccin infinitamente triste me abrum como me abrum mi destino de llegar siempre a los umbrales de la vida merecida de vivir, y no atravesar nunca la puerta.
Y entonces mat. Mat en un momento mgico, irrepetible.
Mat a Natalia Valois, que estaba en primera fila, con su perfecto casco blanco y su mscara de colores, con la mano enfundada en blancos guantes que se introducan lentamente en la gran cartera, empuaba sin ninguna crispacin algo de brillo azulado y pareca que lo iba extrayendo lentamente. Le dispar antes de que sacara el arma.
El juicio fue rpido. Nadie crey mi historia. Los diarios decan que era un delirio de paranoico. Exhib los documentos de Natalia y resultaron una burda falsificacin.
La primera gran irona es que el Dr. Gilberto Ortiz muriera de un ataque cardaco a fines de setiembre, y no se produjo cataclismo alguno, porque muri en su cama. Y la otra, fue que en el curso de las investigaciones, nadie supo explicarse por qu la vctima tena un arma descargada en la cartera.
Yo s supe explicarme. Tambin Natalia, en su demencia, viva una ilusin de venganza que se detena en el borde de la realidad.
Marcelo Soto fue a trabajar a Pedro Juan Caballero. Mi padre est ciego y mi madre jura que yo estoy en Estocolmo donde el marido de Luca me consigui un puesto en la Corte. Viven de la caridad de Noelia.





